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Presentamos algunas notas sobre la Reina Isabel la
Católica, con motivo de la conmemoración del V Centenario de su muerte, que se cumple en noviembre de este año 2004. Las notas
no constituyen una investigación histórica exhaustiva sino una modesta obra de divulgación, basada principalmente en
el libro "Isabel, la Cruzada", del historiador católico William Thomas Walsh. El contenido de las notas sigue una línea de
pensamiento propia y es responsabilidad del autor, que agradece desde ya los comentarios y las críticas fundadas para enriquecer
el trabajo y hacer que sea más conocida la figura de esta gran Reina a quien debemos la existencia de la Civilización Cristiana
en América, el "Continente de la Esperanza", como la llamó Pío XII.
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ISABEL LA CATOLICA, PILAR DE LA CRISTIANDAD IBEROAMERICANA
Por Luis María Mesquita Errea
Notas basadas principalmente en la obra de W. Th. Walsh, "Isabel la Cruzada"
1. ISABEL, A LOS 10 AÑOS
Queridos amigos:
Envío aquí una notas
sobre la infancia de la Reina que espero les gusten o al menos sean de su interés. Creo que es un buen tema para que todos,
o los que puedan y se sientan con deseos de escribir, hagan sus aportes, para que la conozcamos mejor, en base
a los diversos autores y el enfoque personal de cada uno.
Isabel era de un franco tipo norteño, con cabellos de
color cobrizo claro, mentón algo acentuado, y en sus ojos azules brillaban verdosas luces con destellos de oro.
A
los diez años la vemos en viaje por Arévalo, acompañada por su amiga, Beatriz de Bobadilla. A esa edad se enseñaba en
Castilla cuáles eran los deberes para con una princesa de sangre real. Isabel vivía con su madre, la reina viuda,
en situación económica apremiante, casi olvidada por su medio hermano Enrique IV
La caracterizaba una serena gravedad,
rara en una niña Más que hablar, gustaba de escuchar, y cuando hablaba lo hacía con pocas palabras. Siendo entonces
una niña, conservaba una majestuosa prestancia que no sorprendía pues descendía de Alfredo el Grande, Guillermo el Conquistador,
los reyes ingleses Plantagenet, San Luis, rey de Francia, y San Fernando, rey de Castilla. No obstante, parecía inverosímil
que un día llegara a ser reina.
Texto basado en W.T. Walsh, "Isabel la Cruzada", 4ta. ed., Espasa-Calpe,
Colecc. Austral, cap. I
2. ISABEL NIÑA, CUANDO LA CIVILIZACION PARECIA
SUCUMBIR
VIDA DE ISABEL EN EL CASTILLO DE AREVALO - ESTUDIOS
- UN ALMA CON ARTE Y POESIA De semejante rey, como era Enrique IV de Castilla, no extraña que ella y su madre carecieran
de alimento y vestido, obligadas a vivir sin el esplendor que su condición requería. Hablaba castellano con armoniosa
elegancia y entre sus estudios se contaban la pintura y la poesía, la historia y la filosofía de Santo Tomás de Aquino, que
resultaría preciosa para su vocación de reina. Bordaba telas de oro y terciopelo, confeccionaba estandartes para su capilla e
ilustraba con extraordinaria habilidad los pergaminos.Tenía sentido musical y poético. En esos cantos y cancioneros
que le gustaban a su padre aprendió la historia épica de sus antepasados cruzados. Estos elementos constituyen
trazos de un conjunto que iba madurando; lo veremos aflorar a su tiempo. EL PELIGRO MUSULMAN Toda Europa sentía al
vivo la amenaza de invasión de los desalmados bárbaros que perturbaron la paz y prosperidad de Occidente durante mil años.
Los fanáticos musulmanes habían llegado al Danubio y devastado Grecia, enseñoreados de Constantinopla, la llave de Occidente. Tal
vez al lector de la era posmoderna pueden sorprenderle las calificativos que W. T. Walsh da a los bárbaros y a los musulmanes,
como así también sus referencias claras a las actitudes de ciertos judíos. Sin embargo, se trata de un autor católico
muy bien documentado y equilibrado, que no oculta lo que ha concluido de sus investigaciones y por eso nos pareció conveniente
mantener su lenguaje, pues nos ayuda a entender la vida y obra de nuestra gran Reina, que tuvo que luchar contra tantos
y tan poderosos enemigos, muchos de ellos "lobos con piel de oveja", como dice el Evangelio. También esa realidad nos
permite entender por qué los pontífices instaban a los cristianos a unirse en defensa de la civilización cristiana, aunque
la reacción estaba adormecida por la crisis moral que trajo la ruptura con el espíritu medieval y la vuelta a los
criterios y costumbres de los tiempos de Roma y Grecia paganas. Para entonces, la Cristiandad había sido golpeada por
la bofetada de Anagni, que causó la muerte por indignación ante el ultraje insólito al Papa Bonifacio VIII. Luego
de este atentado (1308) -que para mí marca el fin de la Edad Media-, los Papas son llevados al "cautiverio de Avignon"
y pronto vendrá el gran Cisma. Isabel sabía que España se había desangrado más de siete siglos bajo la opresión musulmana.
Y que "algunos judíos españoles que odiaban a la cristiandad y deseaban ver destruida su influencia" los indujeron a
apoderarse de las tierras de los cristianos. La Península fue arrasada por el fuego y la espada del infiel. Unos judíos
abrían las puertas de las ciudades al invasor, mientras otros se encontraban en las filas de los ejércitos cristianos.
(Otros se convertirían y serían santos -o antepasados de santos, como el abuelo de Santa Teresa de Avila). En los
cancioneros admirados aprendió también a conocer la intervención de la Providencia en la historia de su reino; pues evocaban
al caballero apóstol de Cristo, montado en un caballo blanco, que se apareció a los destruidos ejércitos cristianos
en Clavijo y los condujo a la victoria sobre las hordas musulmanas. Era Santiago, “el matamoros”, el hombre
del sí y del no, que predicó en España el Evangelio, cuyo cuerpo, encontrado milagrosamente, se venera en Compostela. “Luz
y espejo de las Españas”, como rezan las actas fundacionales de La Rioja y Jujuy, los cristianos corrían a la
batalla al grito de guerra “¡Por Dios y Santiago!” LA NECESIDAD DE UN BUEN REY El poder político de los
musulmanes se concentró en el rico y poderoso reino de Granada, amenaza constante de los reinos de Castilla y Aragón, que
en cualquier momento podía atraer de Africa nuevas hordas de fanáticos. Era urgente la necesidad de un rey fuerte que
uniera los estados cristianos y finalizara la reconquista. Y sobre todo, de un rey cuya fortaleza residiera en la fidelidad
al espíritu católico. Pero el cetro de San Fernando había caído en manos del medio hermano de Isabel, conocido como
Enrique el Impotente.Su aspecto era chocante, afín con sus costumbres. Calzaba borceguíes moriscos, siempre cubiertos
de barro. Su mirada daba miedo. La princesa portuguesa madre de Isabel le tenía aversión y desconfianza. Era bella,
de voluntad enérgica, decididamente anclada en los principios católicos de gobierno. Su influencia sobre su esposo
Juan II había librado a Castilla de la tiranía del favorito, don Alvaro de Luna, a quien hizo decapitar. Como la
mayoría de la Nobleza, la reina viuda lamentaba que Enrique, de quien el pueblo esperaba la liberación de la amenaza mahometana,
fuera un cristiano tibio. Forzado por el clamor popular, condujo en 1457 su ejército de 30 mil hombres contra los
moros, de un modo tal que todos pensaron que se había entendido con ellos en secreto. Se declaraba pacifista, síntoma de
corrupción moral para los nobles en el rey llamado a encabezar la lucha. Judíos y conversos, principal pero no exclusivamente,
apretaban a la gente con impuestos y usuras que arruinaban a agricultores, comerciantes y nobles. Salteadores de caminos
robaban, mataban y cometían violaciones. La civilización parecía sucumbir bajo el monarca vicioso. DOS AMIGOS DEL REY Eran don Juan Pacheco, marqués de Villena , y su hermano, don Pedro Girón. Del origen más
oscuro se habían encumbrado al poder más alto. Descendían del judío Ruy Capón, mas se declaraban católicos. Los había introducido
en la corte Don Alvaro de Luna. Villena era simpático, elegante y perfumado con ámbar. Se hizo retratar en piadosa oración,
con expresión angelical. Su hermano, don Pedro Girón, era meloso, sensual y de mala fama. Sin mérito alguno por la religión
católica, había obtenido el cargo de gran maestre de la Orden de Calatrava. Este hombre indigno se permitía fijar sus
miradas en la pequeña y bella princesa Isabel. Su madre, que lo despreciaba, hubiera preferido verla muerta antes que
casada con este libertino. Entre tanto, el rey había empezado a trazar planes sobre el futuro de Isabel.
Texto
basado en W.T. Walsh, "Isabel la Cruzada", 4ta. ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. I
3. PLANES EN TORNO DE ISABEL En su aislamiento de Arévalo, la princesa Isabel era considerada como una pieza de
ajedrez en la política de Europa por el marqués de Villena, virtual soberano de Castilla. El poderoso advenedizo no buscaba
favorecer los intereses del reino sino los propios. El Rey Enrique se había casado por primera vez a los 14 años con
la gentil princesa Blanca, hija de Juan de Aragón, matrimonio que debió ser anulado por impotencia. En 1455, buscando
Villena alianza -por conveniencias personales- con Portugal, llegó de allí a Córdoba una encantadora princesa, ocurrente
y vivaz: doña Juana, hermana del rico y caballeresco rey Alfonso V. Le tocó a la nueva reina llevar una vida desgraciada
con su disoluto marido. Lo hacía con gran paciencia, hasta que empezó a cortejar a ojos vistas a doña Guiomar de Castro.
Esto fue demasiado. Un buen día le pegó en la cara con el abanico ante toda la corte y el rey tuvo que sacarla de allí. Tenía
otra amante a la que puso de abadesa del convento de San Pedro de las Dueñas, de Toledo, intentando que esta mujer de
mala fama hiciera una reforma en una venerable comunidad monástica. Estos hechos son propios de la crisis que vivía
la Cristiandad, a la que aludimos en nota anterior, en un tiempo que continuaba el “mal siglo” al que se refiere
Pemán. El Arzobispo de Toledo don Alfonso Carrillo, primado de España, reprochó al rey su vida y sus escándalos. Enrique,
en respuesta, se burló de él y de las ceremonias de la Iglesia. El prelado favoreció entonces a un grupo de nobles que
se unían para librarse de la tiranía del marqués de Villena. Su jefe, don Fadrique Enríquez, , Almirante de Castilla,
era intrépido y su prestigio de grande había aumentado por el casamiento de su hija Juana Enríquez con el rey
Juan de Aragón. Vemos así que un sector ponderable de la Nobleza española cumplía su misión específica de luchar por el
bien común de la sociedad. Villena intentó ganarse a un hijo del rey de Aragón, el príncipe Carlos de Viana,
con la promesa de darle en matrimonio a la princesa Isabel. Esto contrariaba los planes de doña Juana Enríquez, cuyo gran
proyecto era que la princesa se casara con su hijo Fernando de Aragón. Los reyes intentaron encerrar al príncipe Carlos
por un tiempo para evitar peligrosas facciones, pero era tan querido que los catalanes obligaron al rey a ponerlo
en libertad. La fuerza del pueblo, en la sociedad medieval que decaía, era muy grande, y se hacía sentir en los acontecimientos,
aparte de estar representado en las Cortes. Como enseña Pio XII, el pueblo vive de su propia savia y tradiciones.
El absolutismo, que con el tiempo destruiría la sociedad orgánica, recién comenzaba a insinuarse con desigual poder sobre
los diversos estamentos. Padre e hijo se reconciliaron; pero al tiempo el príncipe murió, despertando sospechas
que nunca se comprobaron. También murieron sus dos hermanas, lo que dejó libre el camino al pequeño príncipe Fernando
de Aragón. Su padre, el anciano rey aragonés, para hacer frente a la oposición, pidió ayuda a Luis XI de Francia quien,
en garantía del préstamo que le hizo, le exigió Cerdaña (en los Pirineos) y Rosellón, futura manzana de la discordia. En
Castilla, el rey Enrique, que se estaba sintiendo perdido, recuperó sus fuerzas. Así las cosas, su preciosa mujer dio
a luz una niña, en circunstancias que provocaron murmuraciones. Pues se decía que el favorito del rey, Beltrán de la
Cueva, que aparecía frecuentemente en público con los reyes, había ganado el afecto de la reina. Era un típico
caballero de los tiempos pre-renacentistas, de buen aspecto y diestro con las armas, pero no para servir a Dios, como
un cruzado, sino para el goce egoísta de la vida: estaba siempre pronto para un lance de amor. Actuaba en palacio
como irascible dueño y señor. Este tipo de caballeros ampulosos, sensuales, exhibicionistas y temperamentales prestaron
un gran servicio para el desprestigio de la Nobleza. Un día cerró el camino a los propios reyes; había instalado un
“campo de honor”, y desafiaba al caballero que pasara a combatir con él una justa o pasar por cobarde.
Lo hacía, según sus dichos, para homenajear a su dama. El rey dispuso que en conmemoración del hecho se edificara
allí el monasterio de San Jerónimo del Paso (de Armas). El desprestigio del rey iba en aumento pues se calculaba que
la dama en cuestión no era otra que la reina. Después de seis años de esterilidad, ésta dio a luz una niña que llevó
su propio nombre, Juana (marzo de 1462). Los cortesanos la llamaban la Beltraneja (hija de Beltrán). El bautismo
se hizo con la pompa y magnificencia acostumbradas. El marqués de Villena y la princesa Isabel –grave y resulta
niña de 11 años- fueron los padrinos. Las Cortes fueron convocadas; luego que los representantes de diecisiete ciudades
prestaron el juramento de fidelidad como heredera del trono de Castilla, Isabel fue la primera en besar la mano de la
pequeña princesa. Pasados estos serios acontecimientos volvió al Castillo de Arévalo, a continuar su educación
junto a Beatriz de Bobadilla, ejercitándose en montar bien a caballo y aprendiendo a cazar liebres y jabalíes. Por entonces
tuvo la gracia de hacer su primera comunión; como su madre, era una princesa fervorosa y católica sincera. Su vida
parecía encaminada a una existencia calma, sin grandes horizontes. Pero poco después, una bomba vino a turbarla: un mensaje
del rey le ordenaba a la reina viuda que enviara a la princesa Isabel y a su hermano, el príncipe Alfonso, a la corte,
para educarlos bajo su cuidado personal. La Reina, madre de Isabel, sabía que la corte era pésima, con el rey y sus amigos,
y la guardia mora, responsable de desórdenes y aun de violaciones de mujeres y niñas. “Los vicios anormales de los
moros y los del mismo rey y de algunos de sus cortesanos, eran objeto de comentarios públicos. Ninguna madre podía
desear que su hija viviera en tan execrable compañía. Con todo, la autoridad real era absoluta”. Los príncipes
abandonaron con tristeza a su madre y en ese estado de ánimo cabalgaron por el camino de Madrid, en dirección forzada
a la Corte.
Texto basado principalmente en W.T. Walsh, "Isabel la Cruzada", 4ta. ed., Espasa-Calpe, Colecc.
Austral, cap. I
4. RESISTENCIA HEROICA AL AMBIENTE, REACCIONES Y UNA TERRIBLE ENCRUCIJADA
EN EL AMBIENTE DE LA CORTE DECADENTE, INTENTOS DE CORRUPCIÓN DE
LOS PRINCIPES Azorado, el buen pueblo de Madrid veía pasar una bulliciosa tropa de damiselas de la Corte, que dejaban
mucho que desear en vestimenta y actitud. La ciudad vivía una pre-renacentista fiebre de bailes, torneos, espectáculos,
comedias, corridas de toros, intrigas y escándalos. Los pobres niños Isabel y Alfonso venían del ambiente austero de Arévalo
a encontrarse en medio de la atmósfera de blasfemias y situaciones indecorosas. Por una protección especial de la Virgen,
vivieron en ese medio sin contaminarse y “salieron de ella con un odio, para toda su vida, contra la inmoralidad
reinante y sus causas, entre las cuales reconocían la influencia de los moros y judíos”. Odio y resistencia al
mal y al pecado, virtud olvidada... La reina Juana tuvo la audacia de instar a su joven cuñada a participar del libertinaje
de la corte; la princesa, golpeada por la propuesta, rompió a llorar con su hermano Alfonso. Este, que tenía sólo catorce
años, se dirigió resueltamente a la reina y le prohibió que en lo sucesivo causara daño alguna a su hermana. Después
increpó a algunas damas de compañía, amenazándolas de muerte si en adelante intentaban corromperla. En otros aspectos,
la educación de los niños estaba siendo acorde con su situación, pero a don Alfonso le dieron un preceptor, que realizó
sin éxito esfuerzos para corromperlo.
VAIVENES, ESPERANZAS, REACCION Nobles y pueblo empezaron a vislumbrar
la posibilidad de oponer a ambos príncipes a la Beltraneja ilegítima. La situación del rey se complicó pues removió
al príncipe Alfonso del cargo de gran maestre de la Orden de Santiago, reemplazándolo por don Beltrán, a pesar de no ser
príncipe. A Villena también le molestó, pues quería ese honor para él, enojo que creció al enterarse de las tratativas
para casar a doña Isabel con el rey Alfonso V de Portugal. El rey se quedó tan prendado que le ofreció a la princesa castellana
de doce años ser reina de Portugal. Isabel le agradeció el honor pero le contestó hábilmente que, de acuerdo a las
leyes castellanas y el mandato que le diera en vida el rey su padre, no podía contraer matrimonio sin la aprobación de
los tres estados castellanos reunidos en cortes. Una elocuente muestra de que el estado medieval estamental y orgánico
aún estaba vigente. A la vuelta a Madrid, dolorosa sorpresa: su hermano había sido secuestrado por el rey y encerrado
en el Alcázar, interrumpiéndose toda comunicación. Don Alfonso se las ingenió para pedir ayuda al Arzobispo de Toledo,
hombre de su época, más guerrero que sacerdote. El arzobispo encabezó un grupo de nobles y guerreros dirigiéndole al
rey sus memorables “representaciones” públicas, censurándolo por su conducta y sus blasfemos compañeros,
reprochándoles “pecados...que son ... mancha de locura en la naturaleza humana”, causando “la ruina
de los reinos”, como violaciones de la guardia mora no sólo a mujeres sino aún a hombres. Acusaban al rey de
“haber destruido la prosperidad de las clases trabajadoras cristianas al permitir a moros y judíos explotarlas”,
dañar la justicia y el gobierno y permitir que quedaran sin castigo horrendos crímenes; y de haber “corrompido
a la Iglesia al remover de sus sedes a buenos obispos, reemplazándolos por hipócritas y políticos”. Denunciaban
la influencia del favorito Beltrán y abiertamente le decían al rey: “Doña Juana, la que llaman la princesa, no
es vuestra hija”. Finalmente acusaban a don Beltrán de tramar el asesinato de doña Isabel y don Alfonso para
asegurar la ascensión al trono de su hija la Beltraneja. Admirable esta viril reacción de la Nobleza española. Veamos lo
que pasó... La reacción dividió los campos pero no faltaron aquellos que ponían la legitimidad formal del Rey por encima
del derecho de Dios y del reino a que se pusiera fin a semejantes desórdenes. Lamentablemente, entre éstos se contaba
el anciano Obispo de Cuenca, que incitaba a la guerra contra los resistentes. Como el rey era pacifista, recurrió a
los buenos oficios del intrigante marqués de Villena, promovido al puesto clave de mediador. La fuerza de la
reacción se plasmó en el Acuerdo de Medina del Campo: Enrique repudiaba virtualmente a la Beltraneja al reconocer a Alfonso
como príncipe de Asturias y legítimo heredero del trono de Castilla, y se comprometía a confesar sus pecados
y recibir la sagrada comunión. El rey confió la custodia del príncipe al marqués de Villena, dándole así una enorme
ventaja. A pesar del acuerdo, con el Arzobispo Carrillo y el Almirante de Castilla proclamaron a don Alfonso rey de Castilla. Para
ello se dirigieron hacia Avila, donde el pueblo los seguía en caravana gritando “¡Larga vida tenga el rey Alfonso!”. En
una vega se había instalado un trono con una efigie de trapo del rey Enrique IV, con corona, cetro y la gran espada de
la justicia real. Luego de la misa, se le quitó la corona y las insignias y se hizo rodar el maniquí por el suelo.
El príncipe Alfonso fue conducido al torno y coronado rey de Castilla.
ENCRUCIJADA Y ANGUSTIAS El hecho provocó
una reacción a favor del desgraciado rey, que se lamentaba entonando tristes canciones bíblicas. El pueblo veneraba la
monarquía y se sintió chocado. Villena aprovechó la coyuntura para ofrecer sus servicios y formular una propuesta
maquiavélica: que el rey desterrara a don Beltrán y casara a la princesa Isabel con su hermano, el marqués Pedro Girón;
él se encargaría de custodiar al príncipe Alfonso. “El rey escuchó fríamente esta propuesta del marrano (judío
converso dudoso) de pésima reputación que quería unirse a la realiza castellana, y dio su consentimiento”. En
años anteriores se habían tejido proyectos de casamiento para la joven Isabel: Fernando de Aragón, Carlos de Viana, Alfonso
V de Portugal, el futuro Ricardo III de Inglaterra. Que eran príncipes de sangre real, con cualidades reconocidas,
todo lo cual le faltaba al pretendiente Girón. Se da ahora uno de los hechos marcantes de su vida: Podemos imaginar
la aflicción y alarma de Isabel que, desprovista de todo auxilio humano, recurrió a la ayuda de Dios. Se encerró en su
cuarto, ayunando tres días. Tres días con sus noches los pasó de rodillas ante el crucifijo, “suplicando fervorosamente
a Dios que le mandara la muerte a ella o a don Pedro Girón”. Su amiga Beatriz de Bobadilla, blandiendo una daga,
proclamó que antes mataría a don Pedro que permitir el casamiento: “¡Dios no lo ha de permitir, ni tampoco yo!”
Texto
basado principalmente en W.T. Walsh, "Isabel la Cruzada", 4ta. ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. III.
5. DE PELIGRO EN PELIGRO
SE HACIA LA NOCHE PARA DON PEDRO GIRON Los caminos próximos a
Villarreal ven pasar una comitiva a pendones desplegados que indicaban la presencia de alguien importante. Era don Pedro
Girón, impacientado porque se hacía la noche y quería llegar a su destino. Lo esperaba, pensaba él, una real novia
que abriría las puertas de un alto porvenir al descendiente de Ruy Capón. Gran Maestre de Calatrava, una de las gloriosas
milicias ecuestres de España, parecía estar a cubierto de las contrariedades del común de los mortales. Mas aquella
noche se enfermó gravemente. Pareció como que una mano invisible fuera estrangulando por momentos al enfermo. Finalmente,
se enteró que su mal no tenía cura y le ofrecieron el remedio de las horas supremas que abre las puertas de la felicidad
eterna. Al proponérsele llamar un sacerdote que le diese los Sacramentos dejó de fingirse cristiano y rehusó recibirlos
o rezar. Tres días después de su partida moría blasfemando contra Dios por rehusarle unos días más para disfrutar
de sus frustradas bodas reales. Pero no omitió disponer de sus bienes, que dejó en herencia a los hijos bastardos que
tenía.
GRATITUD DE ISABEL – LUCHAS CONFUSAS “Doña Isabel recibió la noticia de su muerte con lágrimas
de alegría y gratitud, y se dirigió apresuradamente a la capilla para dar gracias a Dios”. No era para menos
en aquella a quien Dios llamaba a ser “la Católica”, la Madre de un Nuevo Mundo que nacería a la Fe gracias
a ella –como instrumento de altos designios providenciales-, a quien se pretendía unir en matrimonio con un
pérfido enemigo de la fe. Al rey Enrique y al hermano del muerto la noticia les cayó como rayo. Villena abandonó al
rey y se pasó nuevamente al campo de quienes le resistían. Este, que contaba con fuerzas numerosas, se dispuso esta vez
a resistir. Verano de 1467. El reino de Castilla se encontraba en estado lamentable con asaltos, incendios y asesinatos
diarios. En Toledo guerreaban los “marranos” o conversos dudosos y los cristianos. Los judíos habían adquirido
los derechos sobre el impuesto al pan, que aquejaba a los pobres. Los marranos atacaron en la Catedral a los cristianos
viejos; la sangre corrió a torrentes en el lugar sagrado. Vinieron refuerzos de los pueblos vecinos, los cabecillas
marranos fueron colgados de la horca. En esas horas turbulentas y confusas llegó a Toledo el príncipe Alfonso, de catorce
años, con Villena y el Arzobispo Carrillo. Los cristianos viejos le ofrecieron su apoyo a cambio de aprobar la matanza
y otras medidas que pensaban tomar contra los conversos, que no contaron con su aprobación: “Dios no querrá que
yo apruebe tal injusticia –dijo decididamente el príncipe. Aunque ame el poder, no deseo comprarlo a tal precio”. El
Marqués de Villena trataba de aumentar su influencia sobre el pretendiente. ¡Cuántas veces en la historia los “Villenas”
de toda laya se ubicarían junto a altos personajes de la Cristiandad! Sería interesante investigar el rol de los Necker,
los Aranda, los Godoy y tantos otros en las horas cruciales de las grandes crisis, torciendo el rumbo hacia el abismo. Ambos
ejércitos se enfrentaron. El príncipe Alfonso, el Arzobispo y su enemigo, don Beltrán de la Cueva, de varias maneras demostraron
su coraje en esa triste batalla cuya victoria se adjudicaron ambos bandos. Isabel permanecía en Segovia con la reina
Juana y la Beltraneja. Repentinamente, su hermano se enfermó. Cuando llegó la princesa, lo halló muerto. No hay certeza
sobre las causas.
SE PERFILA UNA REINA Después del funeral se retiró al convento cisterciense de Santa Ana. El Arzobispo
Carrillo le ofreció la adhesión de los rebeldes y su apoyo para su pretensión al trono de Castilla contra el rey Enrique.
Contestó que su hermano era el legítimo rey por haber recibido el cetro de su padre Juan II y que nunca intentaría
llegar al trono por medios ilegítimos: no fuera que haciéndolo perdiera la gracia y la bendición de Dios. A los ruegos
de Carrillo respondió con suave pero firme negativa. Hay en esto un estilo y un perfume que atraen. Faltos de un
príncipe por cuyos derechos luchar, los caballeros debieron envainar momentáneamente la espada. Los términos del Tratado
de Toros de Guisando que firmaron con el rey resultaron muy favorables para Isabel, pues su real hermano la
reconocía como heredera, comprometiéndose a convocar las Cortes para ratificar el título y a no casarla sin su consentimiento.
Después de firmar el acuerdo la abrazó afectuosamente, y los bravos nobles se adelantaron a besar su mano.
DUELO
DE VOLUNTADES Pero pronto se vio que, instigado por el impenitente Villena, estaba haciendo un doble juego. Disolvió
las Cortes sin ratificar el tratado y dispuso casar a la princesa con Alfonso V, quien envió una embajada encabezada
por el Arzobispo de Lisboa para obtener el consentimiento de doña Isabel. La princesa tenía ahora tres pretendientes
contando al Duque de Guyenne, hermano de Luis XI de Francia, y al príncipe Fernando de Aragón, a quien había sido
prometida en su niñez. Secretamente envió a su capellán a París y a Zaragoza para que los observara de cerca. El informe
fue que el francés era débil y afeminado –no parecía de la raza de San Luis- y que Don Fernando era proporcionado,
de rostro bien compuesto, ojos rientes y buena complexión. La opción era evidente y el Arzobispo la apoyó, previendo
que el casamiento con Fernando haría de los grandes reinos de Castilla y Aragón una nación poderosa. Esto bastaba
para que el rey Enrique se opusiera. Isabel dilató las cosas prudentemente, obligando a Enrique a pedir a Roma una
dispensa para el proyectado casamiento con el rey Alfonso de Portugal. Aplicaba el precepto evangélico de ser inocente
como la paloma pero también astuta como la serpiente, aunque sin su malicia. Enterado el rey por Villena de estas maniobras
defensivas, ordenó el arresto de su hermana. Pero había un pueblo... que enterado de la orden se opuso armas en mano.
Hasta los niños tomaron parte en la manifestación popular, enarbolando los pendones de Castilla y Aragón, entonando
cantos por Isabel y Fernando. Isabel se dirigió a Madrigal de las Altas Torres, el pueblo de nombre musical que la
viera nacer. Esperaba mensajeros. Las noticias no eran buenas. Fernando estaba complicado con rebeliones de catalanes
alentados por Luis XI y no podía dejar el reino. Pero había firmado su compromiso matrimonial y enviado como dote
y prueba un collar bellísimo de perlas y rubíes, que junto con otros fondos hacía unos 50 mil florines de oro. Ante
la insistencia de los mensajeros de don Alfonso V respondía con evasivas que revelaban un designio firme y una gran Fe.
Les decía que: “Antes que nada, debo rogar a Dios en todos mis negocios, especialmente en éste..., que muestre
su voluntad y me haga seguir aquello que sea en su servicio y bien de estos reinos”. La voluntad de Dios sobre
la princesa y el reino, la clave de una monarquía cristiana... Villena, enterado por sus espías del compromiso y de
las características del collar, estaba furioso de frustración y envidia, que contagió al rey. Salen fuerzas de caballería
para intentar una vez más arrestar a la princesa. Isabel esperó profundamente preocupada. No sabía dónde estaba el aguerrido
Arzobispo, que le prometiera protección. Se oyeron gritos, corridas y sonido de cascos de caballos en el empedrado.
La princesa se puso de rodillas y comenzó a rezar.
Texto basado principalmente en W. Th. Walsh, “Isabel la
Cruzada”, 4ª ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. IV.
6. LA UNION AMENAZADA
V Centenario de la Reina Isabel – Notas sobre su vida (nota 6, Cap. V)
AZARES
DE FERNANDO PARA CASARSE CON ISABEL Minutos después se hacía presente el Arzobispo Carrillo, todo “bardé de fer”
–según la gráfica expresión francesa- cubierto de hierro con su armadura toledana. Era una extraña mezcla de
sacerdote y soldado, guerrero y hombre de corte, que buscaba los favores reales para distribuirlos entre sus partidarios.
A pesar de sus grandes recursos andaba siempre pobre por estos menesteres y la razón por la que se había demorado era
la dificultad en reunir fondos para pagar a los soldados. Isabel recorrió veinte leguas a caballo en su compañía hasta
Valladolid. El Arzobispo consideraba que, a pesar de las aclamaciones de la población, las fuerzas no bastaban para
defenderla del rey Enrique, a menos que el príncipe Fernando cruzara desde Aragón por tierras de los Mendoza, adictos
al rey, a formalizar el casamiento. Esto, llegado el caso, le permitiría huir a dicho reino. El príncipe les
hizo decir que intentaría pasar sin ser notado. Poco después salía disfrazado de arriero con una pequeña caravana de mercaderes,
lo más de prisa que las mulas y burros cargados lo permitían, andando de noche por caminos solitarios. Poco acostumbrado
a su disfraz y preocupado por la situación, don Fernando se impacientaba. Luego de cruzar la zona peligrosa llegó al Burgo
de Osma. Confundidos con una tropa de ladrones les arrojaron piedras. “¿Queréis matarme, locos? –gritó-
soy don Fernando, dejadme entrar”, para gran apuro del alcaide del castillo, que al día siguiente lo acompañó al
palacio de Juan de Vivero a encontrarse con doña Isabel. La princesa tenía dieciocho años, era de cuerpo robusto y
de finas proporciones, graciosa y distinguida, de rasgos puros, gestos bellos y armoniosos, voz clara, suave y musical.
Era prima segunda de Fernando quien, como ella, descendía de Juan de Gante, de la casa de Lancaster. El príncipe parecía
tener más que sus diecisiete años reales. Su frente ancha denotaba tendencia a la calvicie, y sus ojos eran penetrantes
bajo las cejas pobladas. Sencillo y sobrio, siempre dueño de sí mismo, era siempre el príncipe. Su sonrisa era agradable;
su voz dura y autoritaria, aunque sabía caer bien cuando se lo proponía. Isabel lo amó desde el primer momento. Al
día siguiente le escribió al rey Enrique anunciándole su intención de casarse con Fernando, pidiéndole su bendición. Estaba
decidida a dar el paso pero prefería hacerlo con consentimiento. Obstáculo más serio era la necesidad de dispensa. El
padre de don Fernando había hecho confeccionar un breve de dispensa. Esto calmó los escrúpulos de la princesa, que ignoraba
su inautenticidad, por lo que más tarde, al enterarse, no descansó hasta obtenerla. El arzobispo celebró el matrimonio
seis días después.
ISABEL ASEGURA LOS DERECHOS CASTELLANOS Para proteger Castilla de una eventual agresión aragonesa,
Isabel insistió en que Fernando jurase formalmente respetar todas las leyes y costumbres de Castilla, fijar allí su
residencia y no abandonarla sin su consentimiento; no hacer nombramientos sin su aprobación, dejar en manos de ella
los de eclesiásticos, continuar la guerra santa contra los moros de Granada, proveer lo necesario a su madre, en Arévalo,
y tratar al rey Enrique con respeto y devoción como legal gobernante de Castilla. Todas las ordenanzas reales debían
ser firmadas conjuntamente por Isabel y Fernando, y si Isabel sucedía a Enrique, ella sería la indiscutida soberana de
Castilla usando Fernando, por cortesía, el título de rey. Era característico del recto y lúcido entendimiento de Isabel
dejar claramente establecidas las cosas desde el principio con estas murallas protectoras de los fueros castellanos y
los suyos propios. No por el afecto que los unía dejaban de ser muy diferentes. Isabel tenía mejor educación, un
espíritu más elevado y magnánimo y convicciones sólidas. Detestaba a los libertinos, charlatanes, bribones, adivinos,
acróbatas “y otros vulgares fulleros”. Le gustaba la poesía y la música, la equitación y la caza, y la
conversación elevada. Los dos tenían mucha fe, lo que les servía para allanar las diferencias. Ella asistía a misa
diariamente y rezaba oraciones especiales , aparte de “muchas privadas y extraordinarias devociones”.
RUPTURA
CON EL REY – ANGUSTIAS Y ESPERANZAS El rey no envió su consentimiento y la trató de rebelde, rompiendo el tratado
de Toros de Guisando. Al año, dio a luz la primera hija, Isabel. Poco después tomo la pluma ofreciéndole nuevamente su
lealtad a su medio hermano, pero le manifestaba que si persistía tratándola como enemiga, tomaría todas las medidas
que creyera convenientes, apelando a la justicia de Dios. Este gesto guarda afinidad con otros que ya hemos comentado. Enrique
resolvió hacer la guerra a los príncipes, prometiendo a su hija, la Beltraneja, al Duque de Guyenne para atraerse la alianza
del poderoso Luis XI de Francia, con el apoyo del Papa Paulo II (decisión política que obviamente se situaba fuera
del campo de alcance de la infalibilidad papal que, conforme a la doctrina católica, abarca únicamente a las definiciones
doctrinales universales en materia de fe y moral). El reino de Castilla se hallaba en caos durante aquel duro invierno.
Los caminos infestados de ladrones, la moneda desvalorizada, la población presa de hambre y necesidades y las campanas
doblando por los muertos de la peste. La primavera trajo, junto con la sonrisa de la naturaleza, un vuelco providencial.
Dos provincias se pronunciaron a favor de Isabel. Aranda de Duero la aclamó como soberana. El Duque de Guyenne murió repentinamente
rompiéndose la estratégica alianza francesa. En el verano de 1471 también llegó la noticia de la muerte de Pablo II.
Los ojos de Isabel se fijaron con esperanza en la ascensión de Sixto IV, un sabio y devoto franciscano.
Texto
basado principalmente en W. Th. Walsh, “Isabel la Cruzada”, 4ª ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. V.
7. UNA SITUACION QUE REQUERIA SABIDURIA Y FORTALEZA
V Centenario de la Reina Isabel – Notas sobre su vida (nota
7, Cap. VI)
Una situación que requería sabiduría y fortaleza
SITUACIÓN GRAVE DE LA CRISTIANDAD – PROYECTOS
DEL PAPA Las noticias de Roma eran esperanzadoras. El Papa iniciaba su reinado con planes de reforma. La organización
eclesiástica “se encontraba bastante desquiciada” y así estaba la sociedad temporal. Había contribuido la
terrible peste negra que se abatió sobre Europa a mediados del siglo XIV –el “mal siglo” que comenzó
con la bofetada de Anagni. Veinticinco millones de personas murieron, pueblos enteros quedaron devastados. El clero estuvo
a punto de extinguirse; entraron a sus filas muchas personas sin preparación , vocación ni virtudes. El rey que
ultrajó el Papado lo puso bajo su dependencia en el cautiverio de Avignon -que duró siete décadas. Se diría que la
ruptura más o menos consciente de la sociedad con la era de San Luis y San Fernando, de San Francisco y Santo Domingo,
constituyó un pecado inmenso. Varias desgracias se abatieron sobre la Cristiandad. El exilio de Avignon produjo el
gran cisma. Los cristianos contemplaban azorados el espectáculo de varios pretendientes al trono de San Pedro. A pesar
de todo, la Iglesia continuó transmitiendo el tesoro de la fe que Nuestro señor le confiara. Proporcionó a toda Europa
una civilización y cultura comunes “que en el siglo XIII llegaron a un nivel nunca sobrepasado hasta entonces”. Ante
el peligro de las invasiones musulmanas, la voz de San Pedro convocaba al combate en defensa de la ciudadela cristiana.
Entretanto, los turcos avanzaban y devastaban vastas regiones y en 1453 tomaban por asalto Constantinopla. Otra
noticia alarmante fue la flota de 400 barcos enviada por el Gran Turco contra la isla de Eubea, que se consideraba inexpugnable.
El papa Pablo II logró unir a los príncipes pero su muerte, poco después, dejó a la Cristiandad en situación angustiosa. Al
sucesor le tocó hacerse cargo de dos graves problemas: creciente corrupción en la Iglesia e invasión de los turcos. La
vida escandalosa de muchos prelados dificultaba la convocatoria a la cruzada, y ésta consumía energías imprescindibles
para encarar la reforma. Consideró el Papa que la defensa de la Cristiandad era lo más urgente. Sus representantes
visitaron las cortes. A España se dirigió el Cardenal Borgia, vigoroso español de notables capacidades de gobierno, que
luego reinaría como Alejandro VI. Su vida privada tuvo episodios lamentables que caracterizan la honda crisis moral
del Renacimiento. No obstante, el magisterio pontificio, su aliento a la evangelización del Nuevo Mundo, sus intervenciones
mediadoras entre España y Portugal, y otras gestiones en el orden temporal de las naciones, fueron positivas para la Cristiandad. Su
misión como nuncio fue exitosa. Encontrándose el reino al borde de la guerra civil logró la reconciliación de Isabel
con el rey Enrique, a lo que siguieron los correspondientes agasajos.
MATANZAS DE CONVERSOS Y OTRAS CUESTIONES
GRAVES - LA HORA DE ISABEL En Alcalá se enteró doña Isabel de la “terrible matanza de conversos o judíos
encubiertos” en Córdoba. Al parecer un buen sector de estos cristianos nuevos concurría abiertamente a la sinagoga
por lo que habían sido excluidos de una procesión. Al pasar la manifestación de fe frente a la casa de un converso
famoso, arrojaron de su interior un recipiente de inmundicias sobre la Imagen de la Virgen. Esto desató la “sangrienta
matanza de judíos encubiertos”. Don Alonso de Aguilar, casado con una hija del Marqués de Villena, y su hermano,
Gonzalo de Córdoba (el futuro Gran Capitán) defendieron a los conversos. Esto no se apagó enseguida: el estado de guerra
duró cuatro años. Matanzas similares de “marranos” ocurrieron en otras partes; se agregó a la foja de
servicios del “cristiano nuevo” Villena ser responsable de una de las más brutales, ocurrida en Segovia en
1474. Allí había sido intenso el odio entre judíos y cristianos. A principios de ese siglo, un médico judío y sus secuaces
robaron una hostia consagrada y fueron ejecutados, como así también otros judíos intentaron envenenar al Obispo. “Y
cuando Isabel tenía siete años de edad, dieciséis judíos ... fueron acusados de haber robado un niño cristiano en Semana
Santa y de haberlo crucificado como afrenta a la memoria de Jesús” en un asesinato ritual. No fue el único
caso de asesinatos rituales. Ya las Partidas de Alfonso el Sabio, varios siglos antes, se refieren y condenan abominables
hechos como éstos. La trama de Villena estaba dirigida contra Cabrera, que era un auténtico converso, un católico
fiel, casado con Beatriz de Bobadilla, amiga de la infancia de Isabel –la que estaba dispuesta a ir hasta las últimas
consecuencias para librarla del casamiento forzado con el falso converso Girón.
Cuando Isabel y Fernando llegaron
a Segovia, el lugar hedía a incendio y muerte. Isabel felicitó a Cabrera por su valor en combatir las fuerzas de Villena
protegiendo a los conversos y censuró a los fanáticos instrumentos de éste. Poco antes había evitado una matanza similar
en Valladolid, lo que le costó perder muchos partidarios y verse obligada a huir con Fernando y el Arzobispo. Ahora
tenía el hecho espantoso frente a sí, pudiendo contemplar las consecuencias del odio entre cristianos y judíos. ¿Cómo
podía salvarse el país de la ruina y de una segunda conquista mahometana, deseada por judíos y conversos? ¿Cómo lograr
que no explotaran a los cristianos e hicieran prosélitos para destruir la Cristiandad? ¿Qué hacer para terminar con
las matanzas? Isabel y Fernando llegaron a la conclusión de que era necesario un gobierno suficientemente fuerte para
ser temido y respetado por todos. Los acontecimientos los favorecían. Su implacable enemigo Villena murió en el
mismo año. El rey Enrique se enfermó, y después de confesar sus pecados con el prior del monasterio que hiciera levantar
por las hazañas de don Beltrán, entregó su alma, negándose inflexiblemente a declarar si la Beltraneja era o no su
hija. Un final bastante triste, de acuerdo a su vida... Isabel recibió la noticia en Segovia. Vistió luto y fue a la
Iglesia de San Miguel a rezar por el alma de Enrique. Al volver al castillo, Cabrera y los grandes de Segovia le anunciaron
que al día siguiente, festividad de Santa Lucía, sería coronada reina de Castilla. El poder que desde niña soñara usar
en servicio de su alto ideal de sociedad cristiana le venía a las manos por esta serie de acontecimientos. De un reino
en caos iba a nacer una moderna España.
Texto basado principalmente en W. Th. Walsh, “Isabel la Cruzada”,
4ª ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. VI.
8. ISABEL DE CORONA... Y CORAZA
V Centenario de la Reina Isabel – Notas sobre su vida (nota
8, Cap. VII)
Isabel, de corona... y coraza
LA CEREMONIA DE CORONACIÓN EN EL CRISTIANO REINO DE CASTILLA
Sigamos
la colorida descripción de William Thomas Walsh de lo que ocurrió ese día:
“Una fría mañana del 13 de diciembre,
Isabel contemplaba desde el Alcázar de Segovia la ciudad llena de gente. Por las cuatro puertas de la severa ciudad construida
sobre un peñascal iban entrando nobles y comuneros de toda la comarca, ondeando los pendones y sonando las trompetas,
los caramillos y los timbales, porque no había en España ceremonia completa sin música. Se alzó una. atronadora gritería
cuando se abrió la puerta del castillo y salió doña Isabel montada sobre un blanco palafrén, a un lado, el gobernador
Cabrera y al otro el arzobispo Carrillo. Tenía entonces la reina veintitrés años; era de bella y majestuosa figura,
e iba vestida de blanco brocado y armiño desde la cabeza hasta los pies. Las gemas brillaban en su garganta, en las
hebillas de sus zapatos y en las bridas; y su caballo llevaba gualdrapas de paño de oro. Avanzaba lentamente a lo largo
de la estrecha calle de piedra, casi a la cabeza de una magnífica procesión: Delante de ella, en un gran caballo,
marchaba un heraldo sosteniendo, con la punta hacia arriba, la espada de justicia de Castilla, que brillaba amenazadoramente
desnuda a la luz del sol, símbolo de que aquella jovencita montada en la blanca jaca española tenía el poder de vida y
muerte sobre todos los que la rodeaban. Detrás del heraldo iban dos pajes, llevando sobre un almohadón la corona de
oro de su antepasado el rey Fernando el Santo. Seguían a la princesa prelados y sacerdotes con casullas trabajadas en
hilo de oro sobre púrpura de seda, nobles vestidos de ricos terciopelos deslumbrantes de pedrerías y con respIandecientes
cadenas de oro, concejales de Segovia con sus antiguas vestiduras heráldicas, lanceros, ballesteros, hombres de armas,
portaestandartes, músicos” y detrás el común. “¡Viva la reina! ¡Castilla por la reina doña Isabel! gritaba
el pueblo. Al llegar a la plaza, la reina se apeó, subió a una alta plataforma adornada con tapices de ricos colores
y se sentó en un trono. Entre gritos y toques de trompetas, le colocaron sobre el claro cabello castaño la gran
corona de sus antepasados. Las campanas de todas las iglesias y conventos de la ciudad comenzaron a sonar alegremente;
desde la guardia del Alcázar disparaban mosquetes y arcabuces y tronaban pesadas lombardas desde las murallas de la ciudad. Isabel
era por fin reina. Después que todos los nobles presentes besaron su mano y le prestaron juramento de fidelidad, Isabel
se dirigió a la catedral, donde se prosternó humildemente ante el altar mayor, dando gracias a Dios por haberla salvado
de tantos peligros y pidiéndole la gracia necesaria para gobernar con arreglo a la voluntad divina”.
“Pidiéndole
la gracia necesaria para gobernar con arreglo a la voluntad divina”: en esta sencilla frase se encierra todo el
programa, toda la grandeza de una Civilización Cristiana. Cuántas enseñanzas tiene esta ceremonia de coronación. Es
como para meditar cada pasaje y extraer de cada uno la esencia y el perfume de la Cristiandad. La grandeza de la ceremonia,
en proporción a la verdadera grandeza humana cristiana. La severidad de la justicia con la gracia de una princesa encantadora
y seria. La convivencia armónica y jerárquica de las clases sociales. Lo grave y lo ameno, los gritos del pueblo y la
gravedad de “Perlados” y Grandes, y todo ello en función de algo mucho más alto, la sociedad animada por
la Santa Iglesia, la Ciudad de Dios esbozada por San Agustín y llevada a la práctica –con las limitaciones
de lo terrenal- por Don Pelayo y San Fernando de Castilla y por generaciones de héroes, mártires, doctores
y hombres comunes, mujeres y niños del católico pueblo castellano.
FERNANDO DE ARAGON Entretanto Fernando estaba
en Aragón intentando poner en práctica el programa combinado con Isabel. Encontró a Zaragoza alborotada por la tiranía
del converso Jiménez Gordo. Fernando lo invitó a visitarlo, lo arrestó, le proporcionó un sacerdote para que tuviera
una buena muerte y lo hizo ejecutar ese mismo día. El cadáver fue expuesto en la plaza. Estas formas, que hoy ciertamente
chocan, eran propias de la época. Creemos que tenían una finalidad ejemplificadora: mostrar que el mal no quedaba impune
y que la justicia real era capaz de ponerle fin. Recuerda las palabras de San Pablo, de que el príncipe tiene la espada
para hacer justicia. Difícil es graduar hasta donde debe llegar el rigor y hasta donde la suavidad y la dulzura.
Ambos extremos se prestan para desequilibrios. Sólo la sabiduría cristiana y la gracia de Dios, que se obtiene por la
oración, más aún si se lleva una vida recta como la de Isabel, pueden inspirar las decisiones justas y las medidas
acertadas, o la aplicación de buenas leyes a los casos concretos. No le gustó a don Fernando enterarse de la coronación
de la Reina. A pesar de los claros términos que la previsora Isabel puso en la convención matrimonial esperaba ser
el verdadero rey de Castilla. Rumores corrieron velozmente y al llegar a Segovia ya había en la corte dos bandos que disputaban
sobre los méritos de marido y mujer. Intervinieron como mediadores el Cardenal de España y el Arzobispo Carrillo. Pero
fue Isabel quien, con tacto y dignidad, colocó a don Fernando en posición tan decorosa que no tuvo más remedio que aceptarla. La
Reina le hizo ver que “vos como mi marido sois rey de Castilla, e se ha de facer en ella lo que mandáredes; y estos
reinos, placiendo a la voluntad de Dios, después de nuestros días, a vuestros hijos e míos han de quedar”. Que
de otra manera podría darse que su hija Isabel viniere a casarse con un príncipe extranjero que pretendería apoderarse
de las fortalezas y patrimonios reales, cayendo el Reino en manos extrañas para gran cargo de conciencia de los Reyes. Conforme
Fernando con tanta lógica y tacto dispusieron ambos que no se hablase más de ello. A esta altura, la Reina había tenido
que sufrir varios disgustos: la dispensa matrimonial falsificada y la infidelidad conyugal –que dio lugar al
nacimiento de cuatro hijos de Fernando, príncipe renacentista a varios títulos. No obstante, Isabel lo quiso durante toda
su vida. Salvo excepciones, en los asuntos públicos actuarían como una sola persona: ambas firmas en los documentos,
ambas caras en las monedas. “Muchos trataron de separarlos, pero ellos estaban resueltos a no disentir”. Fue
Isabel especialmente un ejemplo de abnegación, de ofrecer situaciones desagradables para mantener la unión. Es
más, debían hacerlo ambos para cumplir la gigantesca obra que los esperaba: convertir la anarquía en orden, restablecer
el prestigio de la corona, recuperar tierras ilegalmente entregadas por Enrique a nobles usurpadores, sanear la moneda,
restablecer la prosperidad del campo y la industria, resolver el problema de judíos, moriscos y conversos, tarea casi
imposible para estos jóvenes reyes sin tropas ni dinero y rodeados de enemigos. “Castilla vivía en el caos”.
PRIMERAS
MEDIDAS DE ISABEL Y FERNANDO – DEFECCION DE CARRILLO – ALFONSO V Y LA BELTRANEJA Isabel comenzó su reinado
alejando a los parásitos heredados del anterior. Designó a hombres capaces y fieles como el Cardenal Mendoza, Canciller,
el Conde de Haro, Condestable de Castilla, y el tesorero Gutiérrez de Cárdenas. Los Reyes hicieron ejecutar a ladrones
y asesinos a diestra y siniestra hasta que ciudadanos, labradores y toda la gente común deseosa de paz “estaban
alegres e daban gracias a Dios”, y porque “los buenos les habían amor e los malos temor”. Los poderosos
que se habían adueñado del país no estaban dispuestos a entregarse. El joven Marqués de Villena amenazaba con proclamar
reina a Juana la Beltraneja si Isabel no le otorgaba el maestrazgo de la Orden de Santiago. El Arzobispo Carrillo,
enojado por cuestiones de tierras, se retiró de la corte y comenzó a dedicarse a la alquimia, actividad impropia de
un prelado. Ambos mantenían correspondencia con el rey de Portugal. El Cardenal Mendoza se ofreció a dar un paso atrás
para ganarlo al anciano Carrillo, cuyas respuestas evasivas despertaron sus sospechas. Para peor habían estallado
querellas entre los Grandes por cuestiones de intereses. La situación se agravaba: Alfonso V escribía a los Reyes que
proyectaba casarse con la Beltraneja, y que eso le daba títulos para llamarse rey de Castilla y León, jactándose del
apoyo de Carrillo y otros señores. “Isabel no podía creer que su viejo amigo Carrillo se hubiera pasado a sus enemigos”.
Dictó una carta al Prelado que no obtuvo respuesta. Quien lo tuviera de su lado ganaría, pensaban todos. Decidió entrevistarlo,
previo encuentro entre el Arzobispo y el Conde de Haro. El despecho y la soberbia de Carrillo hablan en esta frase: “La
quité (a la Reina) de la rueca y le di un cetro; ahora le quitaré el cetro y la volveré a la rueca”, dijo en
tono amenazador. Al recibir el informe del Conde, la Reina se puso pálida, llevándose la mano a la cabeza, permaneciendo
en silencio. Mirando al cielo se puso en manos de Nuestro Señor Jesucristo pidiendo la defensa de Aquel por quien reinan
los reyes (cf. L° de la Sabiduría) . Angustiada pero confiante montó a caballo y regresó a Toledo. No la esperaban
noticias agradables. Alfonso V había cruzado la frontera de Portugal con 20 mil hombres para encontrar a sus aliados castellanos
en Palencia. Se había casado públicamente con la Beltraneja, proclamándose rey y reina de Castilla y León. Fernando
cabalgó ansiosamente al Norte reclutando un ejército. “(...) Se había hecho impopular en Castilla después de su
intento de usurpar la corona, y ... cualquier llamamiento que quisiera hacerse debía partir de Isabel”. Parecía
claro que Alfonso V se apoderaría pronto de ella y de su reino. “La reina Isabel, vistiendo coraza de acero sobre
su sencillo vestido de brocado, apretaba silenciosa los labios mientras montaba a caballo y emprendía el camino del
Norte”.
Texto basado principalmente en W. Th. Walsh, “Isabel la Cruzada”, 4ª ed., Espasa-Calpe,
Colecc. Austral, cap. VII.
9. TORO
V Centenario de la Reina Isabel – Notas sobre su vida (nota
9, Cap. VIII)
Toro
ARENGAS Y CABALGATAS Alfonso V, en lugar de apoderarse de la Reina se dirigió a Arévalo,
en el corazón de Castilla, donde levantó su campamento con la esperanza de que la princesa no lograra reclutar un
ejército. “Fracasó en sus cálculos sobre la reacción del genio de Isabel, tan extraordinario como el de Santa Juana
de Arco”, y le dio lo que ella más necesitaba, que era tiempo. “Isabel sacó de éste el mejor partido. Para
ella no eran obstáculos las enfermedades, el mal tiempo ni los peligros de la región. Durante meses vivió casi siempre
a caballo, de un confín a otro del reino, pronunciando discursos, celebrando conferencias, dictando cartas a sus secretarios
durante toda la noche, presidiendo el tribunal toda la mañana, juzgando a algunos ladrones y asesinos merecedores
de la horca, recorriendo cien o doscientas millas por los fríos pasos de las montañas para suplicar a algún noble,
tibio en su lealtad, quinientos soldados”. Dondequiera que fuese inflamaba el ánimo de lucha de los castellanos contra
los portugueses. Terminaba sus arengas con una apasionada oración, pidiendo a Dios “que manifiestes tu voluntad
con tus obras maravillosas”, “porque con tu gracia pueda haber paz en estos reinos”. Mientras Fernando
reclutaba en el Norte, Isabel reunía miles de hombres en Toledo y se ponía a su frente vistiendo su armadura. Con enorme
esfuerzo reunieron 42 mil hombres mal disciplinados y armados. Fernando se dirigió a Toro, que se le rindió. Luego
halló cortadas las comunicaciones por la defección del gobernador de Castronuño. Hubo deserciones y hambre, y el ejército
se dispersó en gran parte.
LEALTAD DEL VALIENTE CARDENAL MENDOZA – EL CHOQUE CON EL ENEMIGO Pero Isabel no
se desanimó y se dispuso a mayores esfuerzos, estimulada por un valioso consejero, don Pedro González de Mendoza, el Cardenal
de España, hijo del marqués de Santillana, “sacerdote devoto, experto soldado y profundo hombre de Estado”.
Ante la situación extrema le sugirió una medida salvadora: pedirle al clero que haga aportes de las donaciones que había
acumulado durante siglos, lo que permitió reunir una gran suma para equipar las fuerzas leales. Cinco meses después
del fracaso de Toro había 15 mil hombres bien armados y adiestrados. Alfonso V ofreció retirarse a cambio de Toro,
Zamora y el reino de Galicia. A lo que respondió Isabel: que jamás entregaría una sola almena de los reinos de su
padre. Fernando debió dejar su ejército allí y dirigirse al Norte mientras Isabel galopaba a Toledo para conseguir
refuerzos pasando inmediatamente a León para rescatarla de un gobernador traidor, en un recorrido de 500 km a caballo. De
vuelta, envió al Conde de Benavente a lanzar un ataque nocturno contra los portugueses que se retiraron hasta Zamora.
El gobernador del puente zamorano quería entregarlo, pero requería envío de tropas. A pedido de Isabel, Fernando se
fingió enfermo para poder abandonar Burgos en secreto, cabalgando 100 km de noche por país enemigo a reunirse en Valladolid
con ella, que le tenía preparado un piquete de caballería. Alcanzó Zamora (80 km) a la noche siguiente y tomó posesión
del puente. Isabel lo seguía, iniciando su marcha de noche con pesados cañones. Alfonso se despertó rodeado de cañones
castellanos y se retiró a campo abierto; Fernando ocupó la ciudad, desde donde tuvo que resistir a los ataques del rey
portugués. Ante el peligro de una derrota, Isabel llevó el esfuerzo a límites sobrehumanos. Como hábil general advirtió
que era necesario atacar y dividir las fuerzas enemigas, organizando ataques contra flancos diversos y tomando con
la caballería una ciudad que –descubrió- estaba desguarnecida. Alfonso comenzó a retroceder y Fernando a perseguirlo.
El Cardenal Mendoza le informó que el enemigo estaba desplegado en orden de batalla, con el sol en contra. Había que
atacar. Las tropas se acometieron con furor en el quebrar de las lanzas, chocar de las armaduras y golpear de los caballos.
Los jinetes caían y quedaban allí o empuñaban la espada para enfrentar a los infantes que corrían con dagas y hachas
al grito de “Fernando!” o de “Alfonso!”. Donde ondeaban los estandartes de los reyes rivales la
lucha era más dura, en medio de gritos y derramamiento de sangre. El Cardenal de España, negro de sangre su
roquete de obispo, peleaba como un tigre derribando portugueses. Del lado enemigo tronaba la artillería de don Juan seguido
del estampido de la mosquetería. Seis escuadrones de caballería de gallegos y asturianos fueron descalabrados por
la aguerrida caballería portuguesa. Mientras el sol se inclinaba y la oscuridad invadía el campo ambos bandos seguían
combatiendo. El portaestandarte de don Alfonso hacía esfuerzos para alzarlo al viento. Una flecha castellana le hirió
el brazo que conservaba sano por lo que sostuvo la enseña con los dientes hasta caer acribillado. Mientras el Cardenal
de España se apoderaba de la bandera portuguesa, el valiente y obeso rey Alfonso caía por tierra peleando. La incertidumbre
se extendió por el campo lusitano, hambriento y cansado. Los batallones de jinetes asturianos y gallegos que habían
huido de la artillería de don Juan se reagruparon y cayeron sobre los desorganizados portugueses, que comenzaron a
retroceder. El Cardenal y el Duque de Alba los empujaban hacia el río a pesar de los gritos de guerra del rey y de don
Juan, como así también del valeroso Carrillo, ensangrentado de pies a cabeza y con la espada rota. Los vencedores
gritaban “¡Santiago!”, “¡Castilla para el rey Fernando y la reina Isabel!” Por la noche ordenó
don Fernando que cesara la matanza y dejaran de hacer prisioneros. La furia de los castellanos era tal que querían matar
a los cautivos, a lo que se opuso resueltamente el Cardenal Mendoza apelando a la hidalguía y varonilidad de
los soldados. Al amanecer envió Fernando un mensaje breve y afectuoso a Isabel comunicándole la victoria. Ella recibió
la noticia con gran alegría y ordenó al clero que fuera por las calles cantando el Te Deum. Entre aclamaciones del
pueblo, la joven reina salió del palacio descalza como promesante, caminando sobre las toscas piedras de la calle hasta
el monasterio de San Pablo. Rodeada por la multitud se arrodilló en el altar mayor con gran devoción y humildad dando
gracias por el triunfo al Dios de las batallas.
Texto basado principalmente en W. Th. Walsh, “Isabel la Cruzada”,
4ª ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. VIII.
10. ISABEL ENFRENTA A UNA MULTITUD EMBRAVECIDA Y RECUPERA SEGOVIA
V Centenario de la Reina Isabel – Notas sobre su vida (nota
10, Cap. IX)
ISABEL ENFRENTA A UNA MULTITUD EMBRAVECIDA Y RECUPERA SEGOVIA
La victoria sobre Portugal le permitió
a Isabel ser realmente Señora de su reino castellano, aquejado de graves desórdenes. Nadie pagaba sus deudas, el pueblo
se había acostumbrado a toda clase de desórdenes, los propietarios y labradores honrados no eran dueños de sus bienes,
no tenían ante quién recurrir ante los robos y violencias. Cuadro que nos hace pensar en los días que corren... La
principal tarea que afrontaron los Reyes fue restablecer el respeto a la ley, tarea indispensable ante la anarquía montante.
En Cortes convocadas en madrigal en 1476 tomaron medidas para restablecer la Santa Hermandad. Había sido ésta una
policía para defender las autonomías locales de los avances de la Corona, ahora serviría para aquellos altos fines y como
“instrumento de la autoridad real”. Cada cien cabezas de familia mantenían a un caballero bien armado y
equipado, dispuesto en todo momento para perseguir a un criminal. Sería interesante compararla con la Santa Hermandad
que funcionó en estas provincias en tiempos de la colonización. Los poderes absolutos de los alcaldes se veían atemperados
por el derecho de apelación ante el Obispo de Cartagena. Interesante interpenetración de funciones y “permuta
de buenos oficios” –al decir de los Papas- entre el poder temporal y el espiritual. En última instancia
se podía apelar ante los propios reyes. La pena de muerte era de aplicación frecuente y sin demora, facilitándosele un
sacerdote para que pudiese salvar su alma –como enseña Santo Tomás; también se castigaba con mutilaciones tendientes
a evitar que el delincuente pudiese seguir haciendo daño a personas y haciendas. “Para Isabel y Fernando y sus
contemporáneos, esta justicia dura y rápida era cosa natural. La simpatía que Enrique el Impotente había prodigado a los
asesinos la reservaban ... para la víctima, su viuda y sus hijos, para la mujer violada, para la familia que
había muerto quemada en medio de la noche por los bandidos”. Estaba conforme a los usos y costumbres de la Cristiandad
de entonces. Los Reyes iban de ciudad en ciudad, administrando justicia rápida y gratuita a sus vasallos. “La
joven reina oía demanda, procuraba reconciliaciones y restituciones, condenaba a muerte al culpable y cabalgaba luego
hasta el próximo lugar”. Esto produjo gran impresión, pues se sabía que era imparcial e incorruptible. Algunos
criminales ricos, como Alvar Yánez, un poderoso noble, intentaron comprarla ofreciéndole grandes sumas de las que tenía
necesidad urgente. Algunos consejeros le recomendaban que aceptara, pero ella prefería la justicia al dinero. Hizo
ejecutar al culpable sin dilación y no se quedó con sus caudales, aunque muchos precedentes la autorizaban a hacerlo,
distribuyendo los bienes del ajusticiado entre sus herederos. Es un síntoma de una justicia real que no se extralimitaba,
a pesar de que la política de los Reyes Católicos en general fue centralista. Hay autores que sostienen que la España
que ellos forjaron fue el primer estado absoluto de la época, tema sobre el que volveremos después. Ahora veremos a
Isabel en toda su estatura de Reina. En Segovia había estallado una revuelta amenazando a la pequeña princesa Isabel,
aprovechando la ausencia del Gobernador Cabrera y de su mujer, Beatriz de Bobadilla. La ciudad se dividió en dos bandos
armados en pugna. La mayoría se alió a los rebeldes, por odio al converso Cabrera, inclusive el Obispo don Juan Arias
de Avila, a pesar de ser él también un converso. La Reina estaba acompañada por el Cardenal Mendoza, su amiga Beatriz y
el Conde de Benavente. No había tiempo de reunir tropas y ella quería viajar rápidamente. Montó a caballo seguida
por ellos y cabalgó quemando etapas a Segovia, a veinticinco leguas de distancia, bajo un calor aplastante que, junto
a seis pulgadas de polvo, los cubría de blanco, cegaba y secaba sus labios. Nos recuerda ciertas cabalgatas por los
áridos guadales riojanos... Al amanecer (del día siguiente?) divisó las torres del Alcázar, levantándose sobre una
peña, como la proa de una galera, teniendo a su alrededor la campiña árida e inescrutable. Cuando la Reina se acercó
a la puerta, el Obispo y otros principales le pidieron que no entrara, porque se estaba combatiendo duramente, rogándole
que dejara afuera a la mujer de Cabrera y al Conde, “porque el populacho iba a enfurecerse si los veía. La joven
reina, con fría furia, cortó en seco sus ceremoniosas palabras” y les dijo: “Decid vosotros a esos caballeros
y cibdadanos de Segovia que yo soy reina de Castilla, y esta cibdad es mía, e me la dejó el rey mi padre, e para entrar
en lo mío no son menester leyes ni condiciones algunas de las que ellos me pusieren. Yo entraré en la cibdad por la puerta
que quisiere, y entrará conmigo el Conde de Benavente, e todos los otros que entendiere ser complidero a mi servicio.
Decidles ansí mesmo, que vengan todos a mí, e fagan lo que yo les mandare, como leales súbditos, e se dejen de facer alborotos
y escándalos en mi cibdad, porque dello les puede seguir daño en sus personas e bienes”. Así diciendo, Isabel
clavó sus espuelas a su cansado caballo y galopó al frente de sus tres amigos, “por entre el populacho rugiente”.
Sin temor a las espadas y lanzas avanzó hasta el patio. El Obispo la seguía tratando infructuosamente de aquietar
a la gente. Entretanto, se oían gritos contra Cabrera y proponiendo matarlos “a todos”. “La Reina,
silenciosa, con el macilento rostro lleno de polvo, sobre su caballo blanco les hacía frente”. Admirable el coraje
y la presencia de ánimo de doña Isabel! El Cardenal le pidió que haga cerrar la puerta del Alcázar para que no siguiera
entrando más gente, pero ella mandó abrirlas de par en par e invitar a todos a entrar. Gran sorpresa: ¡la Reina estaba
allí! El Cardenal la contemplaba con admiración y temor, sin pensar en su propia salvación. Cuando la muchedumbre
hizo silencio, habló con palabras claras y sonoras, que caían como flechas en la descontenta multitud. Les pidió que digan
lo que querían, “porque lo que a vosotros viene bien, aquello es mi servicio o me place que se faga, porque
es bien común de toda la cibdad”. El bien común, esa bandera de la civilización cristiana! Le dijeron que tenían
varias súplicas, la primera, que el mayordomo Andrés de Cabrera no continúe a cargo del Alcázar. “Esto que queréis
vosotros quiero yo”, “el mayordomo está destituido. Tomaré posesión de estas torres y muros y las confiaré
a un leal caballero de los míos, que las guardará con lealtad hacía mí y honor para vosotros”. Un rugido de triunfo
y de aprobación brotó de la multitud,: “Viva la reina!” gritaron. La devoción por su Reina cambió completamente
los espíritus y pronto empezaron a pedir la cabeza de sus enemigos, que comenzaron a huir desesperadamente. Hacia
el mediodía, las torres y murallas habían quedado libres de enemigos e Isabel se encontraba en plena posesión del Alcázar.
Tuvo el gozo de abrazar a su hija y después cabalgó triunfalmente a través de las calles al palacio seguida por una
multitud que la asfixiaba de entusiasmo y admiración. Desde las gradas les dirigió unas palabras, prometiendo protegerlos
contra la tiranía de Cabrera o de cualquier otro, pidiéndoles que regresaran pacíficamente a sus casas. Les prometió
poner remedio a sus quejas si le enviaban una delegación que le expusiera sus motivos de agravio. Recién entonces
pudo ponerse en cama y descansar, de qué jornada! Nos admira el coraje, la decisión, la sabiduría y capacidad de acción
de doña Isabel, que desarmó el descontrol de la multitud y supo despertar en ella la adhesión a su Reina. Su sentido
estratégico, que logró recuperar una fortaleza tomada por rebeldes. Nos encanta la relación directa con el pueblo,
pidiéndole una delegación que exponga sus quejas, sin trámites ni dilaciones burocráticas. Veamos su firmeza y sentido
de justicia: “Posteriormente, cuando examinó las reclamaciones que le hizo la delegación y las investigó a fondo,
repuso a Cabrera, por encontrarlo inocente de los cargos que se le hacían, aunque algunos de sus subordinados habían cometido
pequeñas arbitrariedades, y por considerar que gran parte de la animosidad existente contra él debía atribuirse a
la envidia de los que deseaban ocupar su puesto, o al fuerte prejuicio de los cristianos viejos, que le malquerían por
ser un converso influyente”.
Texto basado principalmente en W. Th. Walsh, “Isabel la Cruzada”,
4ª ed., Espasa-Calpe, Colecc. Austral, cap. IX.
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