Vigencia de las tradiciones hispánicas
en La Rioja de hoy, en el pueblo de Sañogasta
Centro
de Estudios del Mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta
Ponencia de Luis María Mesquita presentada en:
Jornadas de Hispanidad organizadas por
el Instituto Argentino de Cultura Hispánica de Córdoba Casa de Trejo Facultad de Derecho 3,4 y 5 de julio de 2003
Hacienda de la Candelaria, Sañogasta. Junio del año 2003. Hora de recogerse junto al hogar.
Mientras las llamas ejecutan danzas de misteriosos claroscuros, las luces intermitentes
de las brasas hacen soñar con ciudades perdidas,
como la que los de antes decían que se proyectaba en el firmamento sobre las cumbres inaccesibles del Famatina.
Cerro que tiene su historia pues fue explotado por las pequeñas comunidades diaguitas, que
aprovechaban sus minerales para labrar bonitas joyas y sus cazaderos de guanacos
y venados. La fama de sus tesoros y hierbas salutíferas atrajo la atención del
Inca que lo ocupó militarmente durante más de medio siglo[i], dejando recuerdo de su paso en la Pampa de Tamberías, el Cerro Colla y el Camino del Inca, que vinculaba esta parte del
Imperio con las capitales del Tahuantinsuyo.
Luego llegaron los españoles, que pusieron fin a la dominación incaica, y desde el Perú y
Charcas comenzó la exploración del Tucma y el admirable proceso de fundación de ciudades en la segunda mitad del siglo XVI.
Se dio entonces un acontecimiento trascendental: llegaba a La Rioja la civilización cristiana traída por una España bendecida
por el Vicario de Cristo y en proceso de convertirse en el más vasto Imperio de la Historia, al servicio de la cruz redentora,
bajo el patrocinio de la Virgen.
...No estamos dando una visión romántica
de la historia de España sino apuntando a sus aspectos más altos...
También dejaron en la toponimia del Famatina huellas de sus pasos, en el Real Viejo, las
Cuevas de Noroña, el Río del Oro. Y así mineros españoles, criollos, ingleses
y chilenos, probaron su suerte en él, mediante emprendimientos de variada envergadura,
desde el solitario pirquinero a las sociedades mineras de los siglos XIX y XX, de las que resultó la construcción del cable carril Chilecito - La Mejicana, uno de los más largos del mundo [ii].
A muchos les ocurrió lo de la Zamba:
La zamba de los mineros , tiene sólo dos caminos
Morir el sueño del oro , vivir el sueño del vino.
Y así, como dice esta otra:
Viento blanco, fiel custodio , de tu riqueza escondida;
Allí quedaron tapados, juntos el minero y el oro.
Pese a que pocos hallaron tapaos,
o cavernas resplandecientes del luminoso mineral, los oreros siguen lavando oro
a la vieja usanza, y no ha de ser en vano.
El cerro alberga otros tipos humanos. El cazador, con sus extraños ritos; el criador de cabras
y ovejas, que vive en sus cuevas y corrales que a lo lejos semejan ciudades en ruinas.
Otros crían en las pampas ganados mayores, en puestos de sugestivos nombres como El Altarcito,
La raspa del estribo o Pisco Yaco. A veces, todos estos tipos humanos se encuentran en una misma persona [iii]
El cerro sigue encerrando enigmas y tesoros, invitando al hombre a la aventura de lidiar
con sus cumbres, a 6250 m.s.n.m.
Me asomo al valle. La luna otoñal baña las copas de los nogales, cuyo precioso fruto cae
en estuche verde y carnoso, que encierra la perla vegetal, bañada en líquido cristalino y misterioso, como salida de un manantial.
¡Quién diría que con ella se tiñe la lana de las majadas, coloreando las mantas para las frías noches estrelladas del cerro!
Lana y tintura infaltables en las artesanías caseras, donde lo hispano y lo autóctono se
entrelazan en simbiosis perfecta y que subsisten por su utilidad y calidad, y
por amor a la continuidad.
El nogal, importado, según la tradición oral,
por los esforzados Padres Jesuitas, sigue siendo fuente de recursos y bienestar para incontables familias y deleitando la
vista en las noches luminosas y en los días soleados, cortando a todos los vientos
con los filosos floretes de sus ramas los aires puros que cantan en su permanente ir y venir del Famatina al Velasco, murallas
protectoras erguidas entre el exuberante litoral al naciente y las profundidades infinitas del Pacífico al poniente, que encierra
misterios de migraciones precolombinas[iv]. Del Mar del Sur, ganado para la Corona de Castilla y para América por el viajero
más audaz de la historia[v], el hidalgo portugués, Almirante de Su Sacra Majestad Cesárea, Don Hernando de Magallanes y Mesquita[vi].
Y no está de más mencionar a estos míticos capitanes del Imperio Español, que en sus idas
y venidas, cumpliendo previsoras disposiciones reales, se embarcaban con estacas, plantines y plantas que traían el milagro
del árbol frutal a una tierra que no lo tenía, sentando las bases de una economía que
hoy, cuatro siglos después, continúa produciendo y sirviendo de sostén a La Rioja. Economía cuyos cimientos pusiera el gran
fundador, don Juan Ramírez de Velasco, de la que pudo decir un historiador, que
ella vivió y aún con prosperidad- durante todo el período hispánico, sin necesitar ayuda de afuera[vii].
Felices tiempos a los que es preciso volver, no en lo accesorio, pues la Historia nunca vuelve
atrás, sino a los principios de la civilización cristiana hispanoamericana, principios de orden, de trabajo, de generación
de dirigentes auténticos en todas las capas sociales, que impulsen a la sociedad al esfuerzo, a la honestidad, a la fe, a
la cultura.
Entrecerrando los ojos, veo las murallas imponentes del cerro Velasco, que en las tardes
se colorea de cuarzo suave. A medida que el sol se pone, una capa de sombra azulada lo va cubriendo, sangre azul de sus bosques
de milenarios retamos, aliloros, tuscas y garabatos de flores nevadas, vasallos
fieles del algarrobo rey. Es la roca viril que lleva el nombre del gran Ramírez de Velasco, primero en concebir la Argentina
actual en el remoto siglo XVI[viii]. Digno monumento natural a aquel hijo de la Rioja española que cruzó el Océano para servir al Rey, atrayendo las bendiciones
de todos los Santos para esta Rioja Nueva, que fue un padre para pobladores y naturales, como ellos lo expresaron[ix]... .
Al amparo de las murallas de este castillo de piedra, se extienden los viñedos y los olivares
que, con el nogal, constituyen los célebres cultivos bíblicos riojanos. Aquellos cultivos que trajo la Madre Patria con esperanzas
de verlos prosperar.
Al brotar los primeros olivos, las primicias de los brotes inocentes fueron llevadas en la
procesión del Santísimo, al pie de la custodia de plata[x]. El fruto de las vides, los árboles de Castilla , dio la sustancia embriagadora que, por efectos de la consagración sacerdotal, se transformó en la Sangre preciosísima.
Qué alegría poder evocar hoy, en el siglo XXI, aquellos nogales de plata que trajeron los
Jesuitas; aquellas viñas que trajo el Padre Cedrón gracias a Francisco de Aguirre y a don García Hurtado de Mendoza, Gobernador
de Chile[xi]; aquellos olivos para trazar con indeleble tinta ambarina sobre la frente del castellano o del diaguita la señal del cristiano...
y para alegrar la buena mesa argentina, como canta la copla cuyana del Cochero:
Allí le iremos pegando
a la cazuela, empanadas,
tortita con chicharrones y aceitunitas sacadas,
a los huesitos picantes el vinito y la pichana.
Aquellos tesoros vegetales no son meros recuerdos entrañables. Son una realidad magnífica
que, a pesar de todas las dificultades, siguen apuntalando la existencia y el progreso de toda esta provincia, cuyas nueces,
aceitunas y vinos están a la altura de los mejores y alcanzaron reconocimiento internacional.
Sigamos observando la vida cotidiana del riojano de esta zona rural sin ninguna pretensión
de abarcarla. Como si estuviéramos frente a una fuente de las de Zurbarán, llena de naranjas, granadas, damascos, albarillos,
uvas y otras exquisiteces; o parados frente a una vitrina donde relucen objetos interesantes, sin saber cuál elegir. Pues
toda nuestra cultura está penetrada de la tradición hispánica. Las culturas hispanoamericanas
son ramas de un mismo tronco, por ellas corre la misma savia, mezclada con lo autóctono en una fusión indisoluble, coronada
por la misma fe y expresada en la misma lengua.
Otro ejemplo: la actividad del hombre de a caballo, criador de hacienda. La ganadería de
los Nevados del Famatina es otro importante medio de subsistencia de las poblaciones rurales, como en toda La Rioja. Y es absolutamente impensable sin el caballo o la mula, para poder llegar a las alturas
de estos cerros, rejuntar la hacienda y perseguir animales ariscos, con la habilidad
y el coraje que nuestros camperos heredaron de los heroicos pioneros del pasado.
Cómo no pensar nuevamente en don Juan Ramírez
de Velasco y en los 800 caballos que trajo al fundar la Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja. Cómo no pensar también
en el General Pedro Nicolás de Brizuela, fundador, en el 1600, del 1er mayorazgo argentino que fue, posiblemente, el de mayor
perduración en Hispanoamérica[xii] . Los mayorazgos fueron otra institución hispánica de gran aliento que menciono de pasada, y que aquí permitió a los fundadores
establecer un tronco familiar que se proyectaría en la historia desde una pequeña y encantadora población rural. Don Pedro
Nicolás de Brizuela pobló los campos de altura con centenares de caballos, vacas, burros y cabras, debidamente inventariados
en oportunidad de redactar el testamento del matrimonio Brizuela y Doria y constituir el Mayorazgo, documento cuya copia agradecemos
al Lic. Moyano Aliaga. Esos hombres previsores aportaron medios inagotables como la vida misma.
Lejos de ser especialista en estadísticas, me atrevo a formular la hipótesis de que Sañogasta
es uno de los pueblos con mayor densidad de caballos por habitante. Aún hoy vienen aventureros del Viejo Continente a recorrer
largas distancias con nuevos Gatos y Manchas, y nunca dejan de hacer escala en Sañogasta[xiii]. Y nos dicen que vienen a la Argentina por ser uno de los países donde más abundan buenos caballos, buenos pastos y buenos
jinetes.
Basta recorrer las calles sinuosas del pueblo para descubrir en fincas y potreros a overos y zainos, a bayos y tostados, a
oscuros y moros, descendientes de esos fieles rocines guerreros y expedicionarios que inmortalizó Cunninghame Graham en Los
Caballos de la Conquista. Y a los que nombramos con antiguos términos castizos, hoy medio olvidados en la Península, como
dice Solanet en su estudio sobre El Caballo Criollo.
De aquellas tropillas y caballadas pudo el Gobernador don Ramón de Brizuela y Doria hacer
aportes a la causa de la Independencia que nos separó en lo político, pero jamás en lo religioso y cultural- y enviar 900
mulas al Ejército del Norte, y contribuir a fundar el regimiento de Húsares. Y su hermano entero y legítimo, Nicolás Dávila,
a quien la historia atribuye haber fundido con su padre, también gobernador, los
primeros cañones argentinos, organizar la expedición auxiliar a Chile y tomar Copiapó[xiv].
Es esta la tradicional actividad del gaucho que va al campo a vigilar las tropillas, ver
si los terneros se han librado del ataque del cóndor (el pájaro), y si al potrillo no se lo ha comido el león; a bajar la
hacienda arisca para señalar, marcar, partirse con el dueño, cuando son medieros. Que templa su dureza en alegres fiestas,
en torno a los grandes corrales de piedra o de palo a pique, con asado abundante y vino superabundante, mientras los niños
pillan terneritos y los jóvenes enlazan y pialan.
Toda esto tiene marcado carácter familiar, como en los troperos de Navarra que vinieron a
nuestro suelo. Son auténticas estirpes criollas, de nombres hispanos los Gutiérrez, los Bustos, los Argañaraz, los Pizarro-
, o indios como Caliva, Avallay,
Alives o Millicay- y de rasgos mestizos, donde la hidalguía hispana se combina con el don de observación, la agilidad y el
dominio de la naturaleza propios de la sangre diaguita.
De esos niños que ensayan a lomo de un torito o de una tamberita hasta enterrarse en un jarillal
saldrán domadores. La equitación de montaña es arrojada, como bien lo saben los ilustres amigos cordobeses. El futuro jinete
es sentado sobre el caballo a los dos o tres años por el padre o los hermanos
mayores. Tal vez un día hará prodigios en las jineteadas de Pinchas, Los Colorados o
Jesús María, diciendo, como Martín Fierro:
Y aunque yo sobre los bastos
Me sé sacudir el polvo
A esa costumbre me amoldo...
Quiero destacar ese aspecto bienhechor, tan hispano y argentino, que es el carácter familiar
de este trabajo. Pocas actividades hoy en día juntan al abuelo con el nieto, al ahijado con el padrino, al padre con sus hijos,
en estas auténticas estirpes populares. Y, para afianzar la unión la hacienda va siendo repartida, como en los cuentos, entre los niños. Así, el potrillo zaino es de tal hijo, la barrosa o la flor de durazno
de tal otro, y a veces el paterfamilias se queja: ... y a mí no me ha quedao nada...! con la satisfacción de haber compartido
con sus herederos su valiosa y modesta hacienda.
De estas relaciones nacen, también, las florecientes agrupaciones tradicionalistas, que en
días de fiesta desfilan con sus fletes aperados con los mejores arreos, en que veteranos que han superado los 80 cabalgan
garbosamente junto a niños que aún no tienen 7.
Esta unión familiar es una valla protectora ante el embate de concepciones foráneas de la
vida, que tienden a la disgregación de la familia, a la incomprensión entre padres e hijos, a crear un peligroso abismo entre
generaciones que es lo contrario de la tradición. Pues ésta, usando las sabias imágenes de Pio XII, es como la antorcha que
un corredor le pasa al otro para que continúe la carrera, o el arado que pasa de las manos del anciano a las más vigorosas
de su heredero armonizando experiencia y fuerza. En el campo, la familia conserva la tradición y ésta ampara a la familia
y mantiene el arraigo al suelo.
Sin estas costumbres y estos valores, los pueblos estarían desamparados, despoblados, en
pos de las engañosas y frustrantes luces de la ciudad, que proletarizan y masifican
a los hijos de la tierra, y aunque este fenómeno se da en parte, tengo la impresión de que los pueblos del Valle del Famatina
están en crecimiento: basta ver las nuevas construcciones, simples, modestas, pero dignas y con toques originales, como los
zócalos de piedra bola, que van poblando los baldíos y zonas alejadas de los poblados.
Hablando de jinetes, he mencionado los primeros cañones argentinos, que es el nombre de una
calle del Sañogasta actual.
Los nombres de las calles en Sañogasta son algo muy reciente y fueron elegidos por los vecinos.
Por oposición de un Concejal del Frepaso no perteneciente al pueblo, la entrada a éste no
pudo llevar el nombre del pionero de la fe y de la agricultura, el nombrado General Pedro Nicolás de Brizuela, dos veces Teniente
de Gobernador, héroe de las Guerras Calchaquíes que salvaron al Tucumán, protector de los indios, una suerte de Vice-Gobernador
del Paraguay como dice el distinguido amigo e historiador don Prudencio Bustos Argañarás. Pequeña muestra de un grave error,
de un sectarismo que se llama indigenista, pero que en realidad es indigente, pues carece de razón, de verdad y de justicia,
y va a contrapelo de la historia.
La calle de entrada lleva por nombre Los Nogales, recogiendo la tradición agropecuaria de
la que Brizuela fue pionero. La calle principal se llama San Sebastián; luego
de varios zigzagueos se transforma en Calle de los Ponce y finalmente en Ruta Sanmartiniana, rematando en la famosa ruta 40,
rumbo al extremo oeste riojano, a la Cuesta de Miranda, a Talampaya, a Cuyo, a Chile.
San Sebastián es el patrono del pueblo, junto a la Virgen de la Candelaria. Ambas imágenes
fueron provistas por el General Brizuela cuando fundó, en su feudo, la primera capilla de la zona, actual Parroquia de Ntra.
Sra. de la Candelaria.
El San Sebastián original es una maravillosa talla del artista Berruguete. Se conserva en la casa del hijo mayor, como simbólica reminiscencia del antiguo mayorazgo,
en su caja original, policromada, como vino en el equipaje del General, desde Burgos al Tucumán y, luego de protegerlo en
sus arriesgadas acciones de guerra[xv], a Sañogasta.
La Imagen de Ntra. Sra. de la Candelaria vino de Copacabana. La etimología de Copacabana,
espolón que hunde su proa en el lago encantado Titicaca, refiere que los collas adoraban una piedra que da la vida.
En este lugar el Inca Tito Yupanqui talló la prodigiosa imagen de la Patrona de Bolivia,
a la que no lograba hacer bella, por lo que manos angélicas concluyeron milagrosamente la talla[xvi].
Según la tradición, de allí vino la Virgen de la Candelaria de Sañogasta, señorial,
imponente, maternal, traída por el General Brizuela.
De ambas imágenes dijo el Gral. Brizuela:
Todo queda dedicado a la Santa Imagen de Nuestra Señora de Copacabana y al glorioso mártir
San Sebastián, Patrón de este sitio y hacienda[xvii].
De tal modo, la cristiana voluntad de este varón de Castilla la Vieja perduró hasta hoy.
Así como San Sebastián tiene la calle principal, la
Señora tiene su plazoleta donde aquella nace. La Calle de las Campanas conduce a los fieles al antiguo Alto del Vínculo, donde
está la capilla (monumento histórico nacional). Por ella se despiden los restos
de los muertos, llevados hasta el cementerio del Alto del Carmen, a paso lento y acompasado con el redoble dolorido de las
históricas y ancestrales campanas.
En Sañogasta se mantiene la costumbre de doblar. El actual doblador es Ramón Millicay, hombre
de edad mediana, de ancestros indios y negros, que aprendió a doblar de su abuelo
Martiriano, y así, de generación en generación, esta estirpe de antiguos caciques conserva la bella costumbre venida de las
Españas.
La devoción a ambas imágenes da lugar a fiestas patronales, en que la tradición instaurada
por el General Pedro Nicolás de Brizuela y Doña Mariana Doria, su mujer, se conserva y crece[xviii]. Las Fiestas Patronales son el acontecimiento principal de la vida de los pueblos y ciudades de La Rioja, la manifestación
más viva de la vigencia de la tradición hispánica.
Cada Imagen tiene su mayordoma. En Sañogasta, la mayordoma del santo es una mujer del pueblo
y la de la Virgen es de la familia, para usar los términos que la costumbre instituyó.
Cada año, como hacían los primeros pobladores, otra
Imagen del Patrono, la de San Sebastián de los Indios, recorre todas las casas del pueblo, al son marcial de la caja. Empieza por la de los descendientes de los fundadores, contigua a la Iglesia.
Se canta un himno de tiempos inmemoriales, casi ininteligible por su estilo arrastrado, con inconfundibles acentos indígenas,
que parece inspirado en el canto llano, pidiendo gracias y buenas cosechas:
verde será tu favor...
Luego de la Visita viene la Novena, en que también se cantan himnos de los tiempos hispánicos.
Corona las fiestas del 2 y 3 de febrero la actuación de los alféreces de San
Sebastián.
El alférez era, en la España de la Reconquista, el que comandaba las tropas en el ataque[xix], era el guerrero por excelencia, el hombre de avanzada, el que más se arriesgaba, el que más daba y recibía golpes. El que
abría el camino, a fuerza de coraje y buen pelear, como quien talla un bosque, con sus mandobles: era el símbolo vivo de las
fuerzas cristianas en su embate contra el musulmán infiel.
Luego, en tiempos más recientes, en que los vecinos feudatarios integraban la milicia comunal,
el alférez era el portador del estandarte real, que era preciso enarbolar en las ceremonias y partidas de españoles e indios
cristianos contra los infieles.
El primer Alférez en La Rioja fue don Pedro Ramírez de Velasco[xx], hijo del fundador y Gobernador del Tucumán, Juríes, Diaguitas y Comechingones, -nombre que expresa la omnipresencia del
indio, vasallo libre de la Corona de Castilla por disposición de la reina Isabel, desde los albores de la colonización española.
Las fiestas patronales del Tinkunaco, en la Ciudad de La Rioja, conmemoran el gran milagro
de conversión de 9.000 indios diaguitas obrado por San Francisco Solano a poco de fundarse la ciudad y su reconciliación con
los españoles. Es una de las festividades más imponentes del Noroeste argentino, celebrada cada 31 de diciembre. En ella,
los alférez representan a los nobles caballeros españoles de la Cuadrilla de Calchaquí[xxi].
Por todo el Tucumán, por Londres, Molinos, Humahuaca, Vichigasta, las capillas, que el Virrey
Toledo quería construidas al gusto de los vecinos y encomenderos y para bien
de los encomendados[xxii], albergan las bandas y banderas de los alférez, símbolo de su entrega como esclavos a su Patrono. Capillas de las que nos
enorgullecemos, por la originalidad de su estilo, por ser el símbolo de nuestra civilización
cristiana, por ser la matriz de nuestra Fe.
Los Alférez tienen en las capillas del Noroeste su cuartel general: por eso dejan sus bandas
y sus banderas, que son como lanzas. Ellos son los servidores, los defensores del santo, por la fuerza de la costumbre. Forman
cofradías que, al estilo de los gobiernos comunales de antaño, eligen sus propias autoridades. Estas asociaciones no dependen
del Clero, aunque éste conserva el derecho de observar la sana doctrina y las buenas costumbres de los fieles en general[xxiii].
Para medir la importancia de esta tradición hispana, interesa considerar que en un pueblo
de 2.000 habitantes, como Sañogasta, se reúnen por la fuerza de la tradición
y de la fe, más de un centenar de alférez a caballo, -y varios centenares o más
de a pie-, para rendir honores al santo y a la Virgen, custodiarlos y venerarlos, llevarlos
en andas, y recurrir a ellos en todas sus necesidades.
Luego de la función principal, a media mañana, después de pasar los devotos tres veces en
larguísima y colorida fila india , tomando gracia de los Santos Patronos en el interior de la Iglesia, salen a la galería con arcos las sagradas imágenes en sus andas. Suenan las bombas, continuadoras de los cañones
de los capitanes y de las milicias capitulares. Los alférez montan a caballo. Los animales se ponen nerviosos. Algunos se
paran en dos patas, pero son dominados por los jinetes sañogasteños, y los que vienen a caballo para estar en este momento
de gloria, de Famatina, Villa Unión, Guanchín u otros pueblos vecinos.
Dan tres vueltas a la plaza, con las banderas al viento. Entre una y otra, el Alférez Mayor
da orden de parar y entona vivas a los Patronos. Algún jinete inspirado les dedica versos. Luego aquel grita venia! y las banderas se inclinan ante los Santos. Y enseguida parten al galope, en medio de la polvareda dorada por el sol ardiente,
los estandartes al vuelo, las campanas a rebato con marciales toques ancestrales- y las bombas.
Pasan al galope camperos y alférez
Resuenan los cascos de un brioso corcel
Haciendo la venia con su estandarte
Dejan en el alma un perfume a clavel...
Irradia en las andas su luz Candelaria
A los bravos hijos de San Sebastián,
Derramando gracias sobre Sañogasta
Que con sus patronos por siempre estará.
En La Rioja vive la tradición hispánica, con los matices propios de la tierra. Tradición riojana y argentina que está
presente en la familia, en su estilo de vida, en su agricultura, y en su Fe. El riojano es tradicional, porque es cristiano
y argentino. Y porque es cristiano y argentino, honra la magnífica tradición de su pueblo. Esta herencia cultural se ve hoy
amenazada por la contracultura, por una propaganda masificante que tiende a hacer del hombre un pequeño ser mediocre y sin
fe. Los pueblos de La Rioja se ven afectados por ella, pero hay síntomas de resistencia. Con la ayuda de la Virgen, Reina
y Madre de la Argentina, confiamos en un futuro de verdadero progreso basado en la tradición.
[i] Armando Bazán, Historia de La Rioja, Colección Historia de nuestras provincias, Ed. Plus Ultra..
[ii] Luis María Mesquita, An Invitation to La Rioja, Buenos Aires Herald, 19-IX-98, Secc. Leisure & Travel, pp. 1-3
[iii] Luis María Mesquita, Sección Profiles, Manuel Gaetan, The Eyrie Man, Buenos Aires Herald..
[iv] Edgar Ibarra Grasso, América en la Prehistoria Mundial.
[v] Dietrich Schäfer, Weltgeschichte der Neuzeit, Band I, Ed. E.S. Mittler
& Sohn, Berlin.
[vi] Sobre la genealogía de Magallanes ver Revista de Genealogía portuguesa
Raízes & Memórias, A origem dos fundadores dos solares de Sao Romao e de Melhorado, por Rodolfo de Castro Leal; y Mesquita
en el Diccionario Heráldico de Felgueiras Gayo.
[vii] Fray Rainiero Nieva OFM, Revista de la Junta de Historia y Letras de La
Rioja, 1949.
[viii] Nueva Crónica de la Conquista del Tucumán, t. III.
[x] Rafael Ballester Escalas, Historia Gráfica de España, Ed. Ayma, Madrid, t. II.
[xii] Plinio Correa de Oliveira, Nobleza y Elites tradicionales análogas, Ed. Fernando III el Santo, Madrid, t. II.
[xiii] John Labouchere, High Horses, Dereham, Norfolk, UK.
[xiv] Zinny, Historia de los Gobernadores Argentinos, Ed. Hyspamérica, t. IV, parte I, p. 12,; Cnel. Roque Lanús La Provincia de
La Rioja en la Campaña de los Andes, Biblioteca del Oficial.
[xv] Sobre la actuación de Pedro Nicolás de Brizuela ver, entre otros: Prudencio Bustos Argañaraz, Brizuela y Doria Señores de
San Sebastián de Sañogasta; Eduardo Coghlan, Historia de algunos linajes argentinos.
[xvi] Copacauana .- Copacabana, Fr. Julio María Elías, .Ed. Franciscana, Tarija, Bolivia.
[xvii] Elena B. Brizuela y Doria, Historia de la Iglesia de San Sebastián, informe para la Com. de Monumentos Nacionales; Luz, Fe
y Tradición, de la misma autora.
[xviii] Elena B. Brizuela y Doria de Mesquita, ibid.; Revista El Alférez: Sañogasta, baluarte de la Fe, enero-feb de 1993, Año III,
nro. 15..
[xix] Ver artículo de la misma autora en Revista El Alférez, cit..
[xx] Jorge Zenarruza, General Juan Ramírez de Velasco Un estudio para su biografía,
Inst. Est. Iberoamericanos, vol. V, Serie Historica, T. I.
[xxi] Pbro. Juan C. Vera Vallejo, Las Fiestas de S. Nicolás en La Rioja, III ed., La Rioja, mayo de 1971.
[xxiii] Corresponden a las asociaciones privadas de fieles, reconocidas por el Código de Derecho Canónico vigente.
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