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PONENCIAS DE LA JORNADA
HISTÓRICO-GENEALÓGICA
DEL TUCUMAN Y CUYO
Sañogasta La Rioja Noviembre de 2002
Jornada Histórico-Genealógica del Tucumán y Cuyo
23 de Noviembre de 2002
Los comienzos de la más antigua
ciudad argentina :
Un triunfo sobre la adversidad
Teresa Piossek Prebisch
Las adversidades
que hoy vive nuestra patria son tan críticas, que ha llegado a decirse que Argentina ya no existe, que ha muerto.
Disiento con esta opinión porque los argentinos tenemos una tradición heroica que nos hizo superar muchos
otros períodos de crisis y que hoy nos inspira para reconstruir el gran país que una vez
fuimos y podemos volver a ser. Hay un caso que está en la base misma de nuestra Historia y que merece analizarse
por ser paradigmático de triunfo sobre la adversidad. Me refiero al del primer plantel humano
que arraigó en suelo argentino dando origen a la ciudad de Santiago del Estero: Era el siglo XVI. En 1536
Pedro de Mendoza, de la corriente conquistadora rioplatense, fundó la primera Buenos Aires, pero en 1541 Domingo
Martínez de Irala la despobló para concentrar la población en Asunción, con lo que, a partir de entonces,
el territorio hoy argentino quedó sin ningún asentamiento hispano. Así permaneció hasta 1550,
año en que llegó al noroeste el plantel del que he hablado, integrante de la corriente conquistadora peruana que
resultó la iniciadora del poblamiento efectivo de nuestro país, por españoles. A ella se sumó poco después la corriente
chilena.
La ciudad del Barco: entre la corriente peruana y la chilena Santiago del Estero no siempre se llamó
así ni estuvo situada en la provincia homónima. Por el contrario, el sitio elegido para que el plantel fundador
asentara una ciudad era la comarca indígena denominada Tucumán que abarcaba aproximadamente el área que hoy
ocupan los departamentos de Monteros, Chicligasta, Río Chico y Simoca. El lugar geográfico preciso era el área de la
Quebrada del Portugués. ¿Por qué? Porque era el camino natural que unía el sur tucumano con los Valles Calchaquíes.
Por éstos corrían los caminos incaicos que conducían a Chile y Perú donde ya había ciudades hispanas afirmadas,
en tanto que en el sur tucumano comenzaba la llanura por la que la expedición de Diego de Rojas había descubierto,
entre 1543 y 1546, que se podía llegar al Río de la Plata, salida al Atlántico. Es decir, que el sitio elegido era
muy importante geopolíticamente. El Lic. Pedro La Gasca, entonces máxima autoridad del Virreinato del Perú, en
1549 designó a Juan Nuñez de Prado capitán general y justicia mayor, y le dio mandato y comisión para poblar en
Tucumán una cuidad pionera, que fuera base de la expansión de la conquista hacia el litoral fluvial y marítimo.
El proyecto era grandioso, sin embargo, iba a estar condicionado por una serie de factores adversos que tornarían
su desarrollo muy difícil y doloroso. Lo primero, que el sitio elegido -Tucumán- se encontraba en
jurisdicción de la Gobernación de Chile. Esta abarcaba parte de actual Argentina, desde el paralelo 27º al 41º, y
desde la Cordillera de los Andes hasta una línea irregular cuya máxima proyección hacia el este alcanzaba, aproximadamente,
al meridiano 64º 25'. Lo segundo, que el gobernador de Chile era Pedro de Valdivia y aunque en el texto de su
designación se preveía la posibilidad de que otro fundara un pueblo en su territorio, él no era hombre de aceptar intromisiones,
máxime porque aspiraba a extender su dominio hasta el litoral. Lo tercero, la ineptitud de Nuñez de Prado
para liderar la compleja tarea de conquistar y poblar. Lo demostró desde el comienzo en la precariedad con que organizó
su hueste compuesta de sólo 60 hombres, confiando irreflexivamente en que su socio en la empresa, Juan
de Santa Cruz, no tendría impedimentos para seguirlo con 140 hombres más, cabalgaduras, ganado, herraje, pertrechos,
herramientas y suministros varios, cosa que no ocurrió. Partió en octubre de 1549 de Potosí. A mediados de
1550 estaba en Tucumán donde, el 29 de junio, fundó la ciudad que llamó Barco. Lo hizo en un sitio que
los fundadores, ahora convertidos en vecinos, identificaron como asiento de Tucumán que estaba al sur del paralelo
27º, es decir, en jurisdicción chilena. Allí trazó la planta urbana. Plantó el árbol de justicia
en la plaza. Distribuyó solares y tierras de labor. Designó miembros del Cabildo y erigió la Iglesia perteneciente
al primer convento que existió en territorio argentino: el de la Orden Dominica, denominado de Nuestro Padre
Santo Domingo de Tucumán, a cargo de los frailes Gaspar de Carvajal y Alonso Trueno. Pronto los vecinos fundadores
se encontraron ante el primer contraste entre el proyecto y la realidad: la insuficiencia de recursos agravada
por la escasez de cabalgaduras que les limitaba la movilidad, mientras que Nuñez, tenido originalmente
por hombre razonable, se mostró superado por los hechos y suplantó su falta de liderazgo por despotismo. No obstante,
lejos de desalentarse, continuaron adelante. Levantaron su ciudad. Construyeron sus humildes viviendas, la iglesia
y el cabildo con los materiales que les ofrecía la tierra. Labraron sus campos e hicieron corrales para el poco
ganado caprino y porcino que habían traído desde Charcas, Potosí y Tupiza.
Del otro lado de la Cordillera Valdivia,
enterado de la fundación hecha en el área transcordillerana de su jurisdicción, por gente de la corriente peruana,
tomó medidas y en el mes de noviembre de 1550, a Nuñez se le apareció sorpresivamente un enviado suyo. Era el
capitán Francisco de Villagrán quien lo forzó a dejar su alto cargo de capitán general y justicia mayor para
asumir el subalterno de lugarteniente de Valdivia con lo que la ciudad quedó oficialmente incorporada a la Gobernación
de Chile. A partir de entonces, la corriente chilena ejerció, durante 13 años, una fuerte influencia sobre la región. Sin
embargo, una vez ido Villagrán, Nuñez se desdijo ante el Cabildo del juramento que le había hecho, recuperó su antiguo
título y dispuso trasladar Barco fuera de jurisdicción chilena. Esto provocó la oposición de la mayoría de los
vecinos, reacios a abandonar lo construido durante seis meses de labor, pero Nuñez los doblegó
recurriendo a la violencia moral y física, incluso, a la ejecución de uno de los opositores. Otro abuso
que cometería fue sacar encadenados 300 indios de pueblos de Tucumán que lo habían recibido con
amistad, para usarlos como cargueros durante el traslado.
Una población nómade En este ambiente tan sombrío
y al cabo de sólo un año de estar en el asiento de Tucumán, a comienzos de junio de 1551 Nuñez mudó Barco al norte
del paralelo 27º, a Tolombón, un lugar sobre la ruta inca al Perú, situado en los dominios de un
curaca llamado Calchaquí, por lo que los vecinos se referían al nuevo asiento como a Valle de
Calchaquí. En él volvieron a levantar su población convencidos de que, esta vez, el esfuerzo sería definitivo
pues ignoraban que el real propósito de Nuñez era abandonar la conquista y regresar a Perú. Para
esto había escrito a la Real Audiencia de Lima pidiendo autorización, pero la respuesta que recibió fue tajante:
regresar a Tucumán y cumplir con la comisión y mandato de poblar. La noticia de un segundo traslado consternó
a los vecinos que nuevamente expresaron su rechazo, lo que exacerbó el despotismo de Nuñez que hizo ejecutar
a dos opositores más. Sobre este baño de sangre, en febrero de 1552 despobló la segunda Barco, pasó de largo
por el asiento de Tucumán y avanzó hacia el este con el propósito de franquear el límite oriental de
la Gobernación de Chile (64º 25') y llegar a los llanos de los juríes, indios sedentarios que vivían
de la agricultura, la pesca y la recolección en la ribera del río Dulce. El viaje fue muy penoso pues durante
el trayecto sufrieron las represalias de los indios que los atacaban con flechas envenenadas, hasta que un día,
cansados, hambreados, heridos, con muertos para llorar, desesperados, llegaron a los llanos donde, por fin,
se dieron con una circunstancia favorable: Un pueblo de juríes estaba siendo atacado por sus enemigos tradicionales,
los lules, indios nómades, saqueadores y antropófagos. Los españoles propusieron a los juríes ayudarlos
a defenderse, a cambio de una parcela tierra. Ellos aceptaron y en esa parcela próxima a los esteros del río
Dulce, hacia abril de 1552 Núñez asentó la ciudad por tercera vez llamándola Barco del Nuevo Maestrazgo
de Santiago. Los vecinos, semejantes al pájaro que reconstruye el nido destruido por la tormenta, por tercera
vez levantaron su caserío mientras que los dominicos, también por tercera vez, construyeron los ranchos que les servían
de iglesia y convento. A partir de entonces, el pueblo de juríes y el ambulante pueblo de los conquistadores
convivieron como aliados y pronto hasta como parientes gracias a las uniones que establecieron con las mujeres indias. Sin
embargo, aunque perseveraran en la actitud de construir sobreponiéndose a la adversidad, todos tenían plena conciencia
de lo crítico de su situación: La hostilidad de los indios enemigos. La inoperancia en que se había
sumido Nuñez. La inestabilidad provocada por los traslados, a razón de uno por año. El aislamiento y la falta de perspectivas
de mejoramiento ya que las distancias y la escasez de cabalgaduras les impedían tener contacto con los
españoles de Chile o Perú, al extremo que podía ocurrir que todos murieran a manos de los indios, o desnutrición
o enfermedad, y nadie, en el resto del Virreinato, se enteraría de ello. La desesperante falta de recursos. El
empobrecimiento, pues la ropa que trajeron de España se les había destruido, mientras que cada traslado significó
el extravío o muerte de ganado, atrasos en las siembras e imposibilidad de levantar las cosechas. Como consecuencia
de esto, el hambre y la desnudez. No obstante, del mismo modo como hacían sus casas usando lo que hallaban a mano,
buscaron cómo paliar esa hambre y cómo vestirse. Su alimento prácticamente único, era el maíz, siempre y cuando
las sequías, las langostas o los enemigos no les arruinaran los sembrados. Como esto ocurría a menudo, aprendieron
a comer yuyos, raíces, cigarras, insectos, salvajina, cueros y los caballos que se les morían. Para cubrirse
y calzarse se confeccionaron pantalones, sombreros y zapatos de piel de animales o de pellejos de perros, e hilaron una
variedad de cáñamo llamado cabuya para fabricar un lienzo que, aunque áspero, les sirvió para hacerse camisas. Flacos,
estragados y vestidos con semejante atuendo, parecían una banda de mendigos y ya desesperaban de su situación cuando sucedió
algo:
Francisco de Aguirre Mientras esto ocurría junto al río Dulce, Valdivia, enterado por desertores de
Nuñez, de las mudanzas de la ciudad, envío para poner las cosas en orden a Francisco de Aguirre, a quien nombró capitán
general y gobernador de las ciudades de Barco y La Serena. Aguirre, hombre ejecutivo por antonomasia, llegó
a fin del verano de 1553 con 60 hombres, caballos y socorros diversos. Tomó Barco, despachó
preso, a Chile, a su fundador, y deportó al Perú a sus partidarios, incluidos los dos dominicos. Meses
después refundó la ciudad media legua más al norte y le modificó el nombre: suprimió Barco y le
dejó Nuevo Maestrazgo de Santiago, pero la usanza popular le dio el que ha perdurado: Santiago del Estero.
Para
los vecinos, excepto por el hecho de haber quedado sin servicios religiosos, la llegada de Aguirre fue una bendición.
Lo fue no sólo porque trajo socorros, porque imponía temor y respeto a los indios y porque tenía proyectos
de expansión, sino porque al constituir Santiago y La Serena una misma jurisdicción, bajo su gobierno,
por primera vez después de casi tres años, veían posibilidades ciertas de romper el aislamiento y poder comunicarse
y recibir ayuda efectiva de Chile. Además, la oportunidad de revertir la pobreza mediante el comercio, vendiendo a Chile
lo único vendible que entonces tenían: productos naturales tales como añil, cochinilla, miel
y cera. Comprobaban que se les abrían puertas hasta entonces clausuradas y esto despertó en ellos una gran esperanza
de mejoramiento, pero, lamentablemente, sufrieron otro golpe de la adversidad: en marzo de 1554 todo
se desmoronó cuando Aguirre recibió la noticia de la muerte de Valdivia y como era su posible sucesor,
viajó a Chile llevándose gran parte de la gente que había traído, con sus respectivas armas y cabalgaduras. A pesar
de dejar la ciudad en las buenas manos del capitán Juan Gregorio Bazán, y aunque después, dos veces,
envió más socorros, con su partida la desilusionada Santiago sintió que se le cerraban nuevamente las puertas. Para
agravar la situación, en los dos años siguientes debió enfrentar dos hechos que pusieron en jaque su supervivencia:
El
levantamiento jurí-chiriguano La ciudad, que había llegado a tener unos 100 vecinos, quedó con unos 70
y limitado número de cabalgaduras. Esto, más la ida de Aguirre, la ponía en una situación de vulnerabilidad
frente a levantamientos indígenas. El más serio de su breve historia ocurrió entre 1555 y 1556: Juríes insumisos
del río Salado se aliaron con los chiriguanos antropófagos del Chaco para arrasar Santiago. Los vecinos sofocaron el levantamiento,
aunque a costa de varios muertos, y lo que más impresionó a los sobrevivientes fue ver a sus compañeros morir sin
recibir los últimos sacramentos. El efecto que esto produjo en algunos fue tremendo pues si bien aceptaban la
frustración, la guerra, el hambre y la indigencia, no aguantaban más carecer de quien les dijera misa, los
bautizara, confesara, diera la comunión y, sobre todo, la extremaunción para partir de este mundo absueltos
de los pecados, hacia la salvación eterna.
Amenaza de despoblamiento y cambios Este hecho fue la gota que
colmó el vaso de la resistencia y la ciudad que acababa de salvarse de los insurrectos, se encontró amenazada por
un enemigo más peligroso, aún, por ser de orden interno: parte de los vecinos, considerándola inviable, decidió
irse y así lo comunicó a Gregorio Bazán. Fue un momento dramático en el que pareció que Santiago había llegado
al fondo del abismo y que su desaparición era inevitable porque siendo tan pocos como eran, el que se fuesen 30 o
40 la dejaba imposibilitada de sostenerse, pero se produjo la reacción: otros vecinos, muchos
de ellos veteranos de Rojas como Miguel de Ardiles, se negaron rotundamente a despoblarla e impusieron su opinión
de permanecer y perseverar hasta arraigarla definitivamente en la tierra. Pero si bien la idea de despoblar no
prosperó, resultó una advertencia acerca de la necesidad de producir cambios que contribuyeran a mejorar las condiciones
de vida. ¿Cuáles eran esos cambios que exigía la comunidad? Tener un sacerdote que les ordenara la existencia e
introducir especies animales y vegetales que permitieran diversificar la producción de bienes y alimentos. Gregorio
Bazán aceptó el desafío y aunque comenzaba el invierno, despachó cinco hombres a La Serena, donde
Aguirre tenía un rico fundo, para pedirle un sacerdote, ganado, plantas y semillas. Los viajeros
partieron hacia el mes de junio y regresaron en noviembre con el clérigo Juan Cedrón, ex capellán
de la expedición de Rojas, y aunque no trajeron ganado, sí trajeron árboles frutales, vid, semillas
de trigo, cebada y algodón, con lo que comenzó una verdadera revolución agrícola en la región.
La revolución agrícola-ganadera Estas
especies por primera vez se aclimataron y prosperaron en un pedazo de nuestro suelo bajo el cuidado de los vecinos
de Santiago. De entre ellas, la que produjo el cambio más trascendente fue el algodón que transformó la vida
tanto de indios como de españoles y dio origen a industrias artesanales. Con su fibra confeccionaron ropa, alpargatas
y manufacturas varias, para consumo doméstico y para vender a Chile y , sobre todo, a Perú.
La razón de preferir este nuevo mercado era que mientras el camino a Chile se interrumpía durante el invierno, el
que llevaba al Perú -a Potosí y Charcas- era transitable todo el año y más liviano de andar que el cordillerano. La
empresa no era fácil por la presencia de indios belicosos a lo largo de los caminos, pero a pesar de
ello la acometieron y a fin del verano de 1557 salieron los primeros grupos de comerciantes rumbo a Perú. Estaban
compuestos por una media docena de hombres armados, acompañados de indios amigos, que llevaban a vender productos
naturales y manufacturas originarias de El Tucumán , designación que empezó a darse a la región noroeste.
Con el producto de las ventas adquirieron ganado bovino, ovino y asnal, inexistente en Santiago, que produjo
la segunda revolución del período: la ganadera. Lo que hicieron fue una verdadera hazaña en la que arriesgaron
vida y producción, por lo que anhelaban que algún día los caminos estuviesen jalonados de ciudades que garantizaran
el tránsito seguro. Ese sueño se cumplió con un nuevo lugarteniente.
Un lustro de progreso. La revolución
social Se llamaba Juan Pérez de Zurita, llegó a Santiago en octubre de 1557 y sus cinco años de gobierno fueron
para el Tucumán de una prosperidad que hizo creer a los vecinos que, finalmente, los tiempos de
desventuras llegaban a su fin. Zurita pacificó a los indios del Salado y estableció relaciones amistosas
con los que poblaban las áreas catamarqueña y calchaquí por donde corrían los caminos a Chile y Perú. Esta buena
relación le permitió fundar tres nuevas ciudades que sirvieron de apoyo a Santiago: En 1558, Londres, en
Catamarca, sobre el camino a Chile. En 1559, Córdoba de Calchaquí en dominios del curaca que se hizo gran amigo suyo,
sobre el camino al Perú. En 1560, Cañete, en la desembocadura de la estratégica Quebrada del Portugués. Para poblar
estas ciudades Zurita trajo familias españolas, hecho inédito, revolucionario en la realidad social del Tucumán
pues desde 1550 hasta entonces habían llegado exclusivamente varones que crearon una comunidad carente de la
influencia cultural de la mujer hispana, hecho que ahora se revertiría.
La revolución en el transporte Debido
a la paz reinante y al apoyo de las nuevas ciudades, la economía de Santiago tuvo un franco desarrollo, pero hubo algo
más que contribuyó a ello: en Cañete comenzaron a construirse carretas, vehículo que produjo la cuarta
revolución del período: la del transporte de mercadería, sólo comparable a la que produjo el ferrocarril
en el siglo XIX. Y puesto que las carretas sólo podían andar por terrenos llanos o moderadamente ondulados, empezó
a usarse un nuevo camino al Perú que evitaba las montañas. Salía de Santiago, pasaba por Esteco, valles de
Salta y Jujuy y llegaba a la boca de la Quebrada de Humahuaca donde el terreno se tornaba fragoso por lo que la mercadería
era trasbordada a mulas. Para favorecer su frecuentación Zurita proyectó una cuarta ciudad
en el Valle de Jujuy, pero cuando iba a concretarla, en la primavera de 1562, fue destituido del
cargo.
La Primera Guerra Calchaquí: la destrucción de lo realizado El nuevo lugarteniente se llamaba Gregorio
de Castañeda y con él, el Tucumán sufrió la más brutal de sus adversidades por lo que significó de regresión
e interrupción del proceso de prosperidad. Castañeda era la antípoda de Zurita y uno de sus errores fue maltratar
al curaca Calchaquí cuya reacción fue de violencia desmesurada: convocó a las comunidades indígenas desde Jujuy
hasta La Rioja y desató la Primera Guerra Calchaquí. Fue una de las mayores tragedias de nuestra historia
porque las tres ciudades nuevas resultaron arrasadas. Los habitantes de Londres huyeron hacia Chile; los de
Cañete, a Santiago; los de Córdoba de Calchaquí, hacia Charcas, pero los indios los persiguieron matando indiscriminadamente
hombres, mujeres y niños, de modo que sólo algunos pocos llegaron a destino. Castañeda, asustado, partió a Chile.
La
Gobernación del Tucumán De esta manera terminó la acción de la corriente chilena en el Tucumán, con destrucción
de la estructura existente, con dispersión y con muerte. El conflicto fue tan grave, que la Corona, para dotar al
territorio de un mejor control, el 29 de agosto de 1563 lo separó de Chile y creó la Gobernación
del Tucumán, dependiente políticamente del virrey del Perú y judicialmente de la recién fundada Audiencia de Charcas. Su
núcleo y razón de ser era la ciudad de Santiago, definitivamente arraigada, pero otra vez sola y más aislada que
nunca pues los indios cerraron los caminos interrumpiendo comercio y comunicación. En Cuyo ya existían Mendoza (1560)
y San Juan (1562), pero la distancia impedía que le sirvieran de apoyo efectivo. Los vecinos, que con los refugiados
sumarían unas 90 almas, debieron tener un sentimiento de catástrofe, de frustración profunda, tanto mayor
como grande había sido la ilusión con la prosperidad generada por Zurita. Seguramente pondrían en duda la
validez de tantos esfuerzos realizados, sin embargo, una vez más reaccionaron y se sobrepusieron: querían
que Santiago viviera; para ello, debían comenzar todo de nuevo y así lo hicieron: Desafiando inconvenientes
reiniciaron el comercio con Chile y Perú. Continuaron haciendo producir la tierra y sus primitivas industrias, y en 1565
contribuyeron con manifacturas, semillas y ganado a la fundación de San Miguel de Tucumán dispuesta por Francisco de Aguirre,
otra vez gobernador. Desde entonces, Santiago jamás volvió a estar sola y juntamente con la nueva
ciudad contribuyó a las fundaciones de Córdoba y Santa Fe, en 1573, y de Salta, en 1583. El
2 de setiembre de 1587, ella y San Miguel de Tucumán dieron un paso histórico cuando gracias a la acción pionera
del Obispo Francisco de Victoria, exportaron al Brasil, por el puerto de Buenos Aires abierto en 1580,
la primera remesa de manufacturas tucumanenses. Fueron 30 carretas cargadas de 650 varas de sayal, 1.628 varas de lienzo,
92 varas de telilla, 526 cordobanes, 212 sombreros, 160 arrobas de lana, 25 pabellones, 180 costales, 1 cuerón y 1
sobrecama. Lamentablemente, la nave que transportaba los productos naufragó, pero el intento estaba hecho y mostró
la posibilidad de comerciar por el Río de la Plata. En los años siguientes el país fue creciendo. Llegaron
más pobladores y antes del fin de la centuria, con la fundación de La Rioja, Jujuy y San Luis, estaban
asentadas todas las llamadas ciudades históricas argentinas. Se encontraban enlazadas por caminos, unos prehispánicos,
otros, hispánicos, de modo que cuando se cerró el siglo XVI, estaba armada la estructura básica de actual Argentina.
Conclusión Vistos
los hechos con la perspectiva de los siglos resultan una hazaña extraordinaria, realizada en menos de 50 años
con una precariedad de recursos que asombra y conmueve. Una hazaña en la que desempeñaron el papel de célula
inicial los integrantes del plantel fundador llegado en 1550 más aquellos que fueron sumándoseles. En el
intento padecieron inestabilidad, aislamiento, empobrecimiento, altibajos entre la ilusión y la desilusión, entre la prosperidad
y la regresión, entre la construcción y la destrucción e, incluso, peligro de disolución. Sin embargo, perseveraron
y contribuyeron, de modo decisivo, a sentar las bases de un nuevo país. ¿Qué virtudes poseyeron que
los inspiraron para obrar así? Coraje, esperanza, realismo, creatividad para hallar respuestas nuevas, una
concepción heroica de las acciones humanas, y, sobre todo, auténtico amor a la tierra que hicieron
su patria.
Bibliografía:
Bazán, Armando Raúl: Historia del Noroeste Argentino. Plus Ultra, Buenos Aires,1986.
Documentos
Coloniales relativos a San Miguel de Tucumán y a la Gobernación del Tucumán. Siglos XVI y XVII. Publicaciones de la Junta
Conservadora del Archivo Histórico de Tucumán.
Levillier, Roberto: Gobernación del Tucumán. Correspondencia de
los Cabildos del siglo XVI. Publicaciones Históricas de la Biblioteca del Congreso Argentino. Madrid. Sucesores de
Rivadeneira, 1918.
Levillier, Roberto: Gobernación del Tucumán. Probanzas de Méritos y Servicios de los Conquistadores.
Tomo I. Publicaciones Históricas de la Biblioteca del Congreso Argentino. Sucesores de Rivadeneira. Madrid, 1919.
Muñoz
Moraleda, Ernesto: Francisco de Victoria - Primer Obispo y Propulsor del Tucumán. Junta de Historia Eclesiástica
Argentina. Buenos Aires, 1998.
Piossek Prebisch, Teresa: La ruta de entrada de Diego de Rojas y el poblamiento
y estructuración de Argentina. Noveno Congreso Nacional y Regional de Historia Argentina. Academia Nacional de la
Historia. Buenos Aires, 1996.
San Miguel de Tucumán, mayo de 2002
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