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Nobleza y Elites tradicionales análogas
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Esta página está dedicada a la obra: "Nobleza y Élites tradicionales análogas" escrita por el Prof. Plinio Corrêa de Oliveira en 1993.
La inauguramos en mayo de 2004, con la siguiente ponencia, presentada por Luis Mesquita Errea en la Jornada Hispanoamericana de Nobleza en Indias, Córdoba, mayo de 2004.
Nobleza y Élites tradicionales análogas en Hispanoamérica: Origen, desarrollo y perspectivas actuales
Jornada Hispanoamericana de Nobleza en Indias
Córdoba, mayo de 2004
 
Nobleza y élites tradicionales análogas en Hispanoamérica:
origen, desarrollo y perspectivas actuales
Ponencia de Luis María Mesquita (*)
 
INTRODUCCIÓN
Quiero iniciar estas palabras expresando la alegría especial que siento al tener el honor de participar en las "Jornadas Hispanoamericanas sobre Nobleza en Indias y Patriciado criollo", organizadas con tanto entusiasmo, dedicación y clarividencia por un dilecto y distinguido amigo, el Prof. Ignacio Tejerína Carreras, y los integrantes y colaboradores del Centro de Estudios Genealógicos e Históricos de Córdoba, ciudad de merecida fama por su histórico rol de irradiar ciencia y sabiduría, siguiendo la senda de nobles varones como Don Jerónimo Luis de Cabrera y fray Hernando de Trejo y Sanabria. Es la senda de la Argentina Auténtica, que se va abriendo paso a través de los siglos, de la que nunca debemos apartarnos para alcanzar el destino de grandeza cristiana al que estamos llamados.
No podía faltar en este Congreso un comentario a esa excelencia toda especial en la producción intelectual y estratégica del Prof. Plinio Corrêa de Oliveira, que es "Nobleza y élites tradicionales análogas en las alocuciones de Pio XII al Patriciado y a la Nobleza romanas". Esta obra fue fruto de la consideración amorosa del Autor -fallecido en 1997 luego de toda una vida consagrada a luchar por un orden social católico y orgánico- hacia todo el legado de enseñanzas, tradiciones, costumbres e instituciones de la Civilización Cristiana en el que se destaca como uno de sus pilares la secular Institución de la Nobleza, clase cuya misión de defender ese orden y de irradiar excelencia es perenne, y es compartida por las élites correlativas que existen en el Nuevo Continente.
La obra vio la luz en 1993:  no tardó en recibir el apoyo de altas figuras eclesiásticas y seglares, cuyas expresivas cartas ilustran la importancia del lance para la historia contemporánea. Fue tan honda su repercusión que en los ambientes de la Nobleza europea pasó a ser conocida como el "Evangelio de la Nobleza" -por su profundidad y su fidelidad al Magisterio pontificio. Su gran envergadura y esencialidad dio lugar, asimismo, a diversos estudios complementarios que forman sus varios apéndices, nacidos de la aplicación de los principios de la obra central a las realidades históricas de distintas naciones o regiones clave.
Entre éstos se encuentra el que aquí nos ocupa y que lleva por título: "Nobleza y Elites tradicionales análogas - Revolución y Contra- Revolución en las tres Américas", que fue preparado por un grupo de estudiosos reunidos  en la Comisión Inter-TFPs de Estudios Iberoamericanos, bajo la dirección del Autor, y publicado en el volumen II de la edición de 1995, magníficamente ilustrada (Ed. Fernando III el Santo, Madrid, 1995).
Entre los integrantes de esta Comisión, hoy activos y destacados batalladores por estos nobles ideales,  quisiera mencionar al Sr. Julio Loredo de Izcue, peruano, y a dos argentinos con quienes me une una antigua y sólida amistad derivada de más de tres décadas de lucha bajo el estandarte de la TFP -Tradición, Familia y Propiedad: D. Carlos Federico Ibarguren y  D. Alejandro Ezcurra Naón -autor de importantes trabajos que tuvo a su cargo la redacción del Apéndice Hispanoamericano. Sobre este quinto apéndice del libro central, en cuya difusión estamos empeñados por considerarlo un deber y un gran aporte, presentaré algunos aspectos fundamentales. Sirvan estas notas de introducción a quienes todavía no han leído esta obra que expone los principios y orienta las acciones para reerguir la sociedad sobre los perennes fundamentos de la Civilización Cristiana, como enseñaba el Papa San Pio X. Esta empresa imprescindible de re-erguimiento social es la gran esperanza de nuestros días. Para ella invitamos a todos nuestros oyentes con la certeza de la victoria. Pues, como decían los bravos cruzados, "Dios lo quiere", y la Virgen, en Fátima, predijo su triunfo para nuestros días.
Presentada la obra, vamos a la exposición general de su contenido.
Sobre el curso del proceso histórico en nuestro continente, muchos creen que las naciones de América, al declararse independientes, abolieron las instituciones hispánicas y que su trayectoria posterior  consistió en "democratizarse"  en sentido igualitario.
Esa idea, que favorece las tendencias promovidas por la Revolución igualitaria universal, carece de fundamento. El proceso nivelador iniciado con las ideas humanistas y protestantes, continuado  por la Revolución Francesa y llevado al auge por la Revolución comunista, y los caóticos procesos que la continúan en nuestros días, siempre encontró aquí oposiciones de cuño tradicionalista, inclusive en los Estados Unidos, donde soplan vivas tendencias tradicionalistas y la esperanza en una época signada por la tradición y la hidalguía, que la Providencia dará a la humanidad.
Deseamos plantearnos en esta exposición:
· Cómo surgieron las élites del continente y hasta qué punto constituyeron una nobleza;
· en qué medida zozobraron o lograron afirmarse;
· qué perspectivas se abren actualmente para el desempeño de su misión.
Sobre este último punto, es importante destacar que, cuanto más avanza el proceso de deterioro social, más se siente el vacío dejado por la ausencia de verdaderas élites, pero mayor puede ser la resonancia del llamado a que reasuman su papel.
Así se dirigía Pío XII a sus oyentes nobles: "Hoy más que nunca estáis llamados a ser una élite, no solamente de sangre y de espíritu, sino aun más de obras y de sacrificios, de realizaciones creadoras en el servicio de toda la comunidad social".
Por lo tanto, no hay nada más necesario y eficaz para el bien general  que ese llamamiento para que, de las clases tradicionales, surjan elementos capaces de reasumir -bajo aspectos adaptados a las circunstancias- su tradicional papel orientador.
Para entender la misión de las élites tradicionales es fundamental entender la esencia de la condición nobiliaria. La dedicación al bien común es el fundamento de la nobleza. Como el religioso se sacrifica por el bien común de la Iglesia y de las almas por deber de estado, el noble se sacrifica por estado para el bien común espiritual y temporal de la nación  ("sacerdocio de la nobleza" caracterizado por Benedicto XV).
Consagrar la vida a defender la Religión y el Estado -como lo hacía el noble de otros tiempos- constituye, hoy y siempre, una forma de sacrificio que representa máximo grado de dedicación al bien público, y quienes la practican por estado son, por excelencia, nobles.
Del espíritu de sacrificio de esta clase nacen excelencias, distinciones y elegancias, especialmente de espíritu, que se reflejan en trajes y ambientes. Cuanto más alto es el ideal por el que una persona se sacrifica, tanto más penetra en ella la nobleza de ese ideal.
La máxima expresión de la nobleza de estado fue la clase nobiliaria que, favorecida por insignes gracias, nació en el Medioevo. Dotada de poder militar y territorial, garantizaba también la prosperidad pública representada por la riqueza agraria.
Junto a esa máxima expresión existen otras menores, como la nobleza togada o las "academias de amplia y bien merecida fama" de  que hablaba Pío XII, que se destacaron en actividades universitarias, diplomáticas, militares y hasta de propulsión económica. Participan, en grados más discretos, de la nobleza, aunque les falta la nota de holocausto que constituye la esencia de la condición noble.
Para hacer una historia real y profunda, -no la hueca y desabrida historia oficial-, hay tres preguntas  fundamentales a formular :
· Qué dio España de su nobleza militar y rural a sus territorios ultramarinos
· Hasta qué punto esa nobleza trasladada a América fue apoyada por la Metrópoli y contribuyó a desarrollar una nobleza local
· De qué modo América retribuyó a la Metrópoli el don inapreciable de recibir ese fermento de sus clases dirigentes, la nobleza de estado hispánica.
Se puede indagar también como se constituyeron las clases nobles y élites análogas en cada país; qué modalidades hubo de nobleza togada, universitaria y de cargos públicos, militares y hasta mercantiles. Es lo que intentaremos esbozar acerca de tan vasto, rico y poco estudiado asunto con base en el apéndice hispanoamericano de "Nobleza y élites tradicionales análogas".
(Nota: las citas, que van intercaladas en el texto, salvo indicación en contrario  han sido extraídas de "Nobleza y Elites tradicionales análogas - Revolución y Contra-Revolución en las tres Américas",  vol. II,  Ed. Fernando III el Santo, por lo que remiten a las páginas de dicha obra).
PARTE I - EL PERIODO FORMATIVO
A) Conquistadores y primeros pobladores - Perfil moral y tipo humano
En 1492, cuando culminaba la ardua Reconquista, Colón descubría y tomaba posesión del Nuevo Mundo en nombre de los Reyes Católicos. Así recompensaba Dios a España por su victoriosa cruzada y ponía al Nuevo Continente en manos de esa nación católica y aguerrida que reunía condiciones privilegiadas para su cristianización y civilización.
Se abría para América la posibilidad de beneficiarse del legado de bienes espirituales y temporales de la Civilización Cristiana hispánica. La gran visión de Isabel y el talento de Fernando crearon condiciones propicias para ello.
Presupuesto fundamental para entender la conquista
Esta Europa ya no era la misma de la Edad Media. Fermentos de espíritu neopagano  penetraban los ambientes que se manifestarán en los protagonistas de la Conquista. Esto es fundamental para comprender la magna empresa, valorar sus actores, distinguirlos de sus vicios y miserias, notar cómo se contraponían y mezclaban y apreciar sus efectos en la nueva sociedad.
Entre las características de la nueva sociedad se destaca:
· el apetito de placeres terrenos que se va transformando en ansia;
· el orgullo , que se manifiesta en el gusto por disputas aparatosas y vacías y    exhibiciones fatuas de erudición;
· el absolutismo  propiciado por legistas ensoberbecidos por sus conocimientos de Derecho Romano.
El Humanismo y el Renacimiento  propiciaron un modelo humano precursor del hombre "ávido de ganancias, pragmático y sensual de nuestros días, de la cultura y de la civilización materialistas en que cada vez más nos vamos hundiendo" (Plinio Corrêa de Oliveira, "Revolución y Contra-Revolución").
Tomando la figura prototípica del caudillo español que capitanea la epopeya indiana importa considerar hasta qué punto esa crisis incidió negativamente en su dedicación al bien común y en qué medida influyó en el carácter de las nuevas élites surgidas en Indias.
B) La Conquista de América, empresa fundamentalmente noble
1. Finalidades superpuestas de la Conquista, efecto de un conflicto de alma
En la legendaria y compleja figura del conquistador -cuyos arquetipos son Cortés y Pizarro- se revela el conflicto entre dos componentes psicológicos y morales opuestos: trazos del espíritu medieval y tendencias de orgullo y sensualidad renacentistas. De ahí resulta una constante bivalencia de personalidad: de un lado el caballero medieval, íntegro, idealista, intrépido; del otro, el hombre vanidoso, intemperante y materialista del Renacimiento.
En la epopeya se observan dos finalidades superpuestas: propagar la fe y satisfacer ambiciones de honores y riquezas,
Deseo de "haber riquezas" expresado por Bernal Díaz, legítimo, pero en la atmósfera psicológica del momento, se prestará numerosas veces al exceso, entrando en conflicto con el bien común. Y en un mismo héroe alternarán la fe y la soberbia, el desprendimiento y la codicia, la austeridad y la desbordante sensualidad, el acatamiento a la autoridad y el arrogante individualismo e insumisión.
Héroes de una expansión religiosa y política de indiscutible grandeza, fueron también en grado mayor o menor héroes del mercantilismo.
2. Importancia de la labor evangelizadora y civilizadora
A diferencia del primer viaje de Colón, en el segundo se manifiesta la preocupación misionera y civilizadora. La expedición se divide en un grupo noble y otro plebeyo. Vienen los primeros clérigos que por disposición regia nunca deberán faltar para la evangelización de los aborígenes.
Alejandro VI, en la bula Inter coetera, enaltece el designio apostólico de los Reyes y les concede el patronato sobre las tierras descubiertas, acentuando el carácter cooperante en la propagación de la fe de toda la empresa colonizadora. Isabel la Católica lo reafirmará una década más tarde, en su célebre testamento. Desde entonces, la nota de genuina preocupación misional está presente en todo el poblamiento de América.
3. Primera sociedad americana e impulso fundacional
En La Española se constituye una incipiente sociedad, prolongación de los reinos de España y sus instituciones. Don Diego Colón es Almirante de las Indias, Visorrey y Gobernador General. Casado con Doña María de Toledo, sobrina del Duque de Alba, vienen con ilustre séquito de hidalgos y doncellas nobles que ennoblecen la ciudad, y , con su descendencia, forman una simiente de civilización hispanoamericana. Aún existe  el costanero Paseo de las Damas, donde la Virreina salía a tomar brisas del Caribe acompañada de su corte.
La estructura social se configura en adelante, no como núcleos de residentes temporarios, sino como una España de ultramar. Con los hombres de mayor categoría promotora comenzará efectivamente en 1519, año en que Cortés desembarca en Méjico, la Conquista del continente.
En   casi ocho décadas, prácticamente se encuentra consumada. Aniquilados los estados religiosos azteca e inca, sojuzgadas la mayoría de las restantes estructuras socio-políticas indígenas, la penetración española en el resto del Continente será gradual y relativamente incruenta.
Es un proceso que dependerá mucho más de impulsos de autoridades locales, comunidades religiosas o exploradores particulares, que de estrategias de la Metrópoli.
Al cabo de un siglo  se han fundado más de mil núcleos urbanos, de los que trescientos sobreviven en el siglo XVII.
El factor determinante   ha sido el designio civilizador que animaba a los expedicionarios. Se realiza gracias a líderes naturales que aglutinan e impulsan el sentir colectivo, exponentes de una especie admirable de hombre de valor, que se imprimió en la imaginación popular como un arquetipo y cautivó el interés de los investigadores: el noble español.
C - La nobleza española y la formación de las élites hispanoamericanas
4. Fisonomía de la nobleza española
Fue característico de los linajes nobles de España su origen guerrero, desarrollado en la lucha contra la ocupación musulmana.
· son estirpes militares y territoriales, que reciben tierras, títulos y prebendas por meritorios hechos de armas;
· forman   señoríos locales, de gran autonomía, en las tierras ganadas.
· el carácter de guerra religiosa, imprime en ellas un cuño de catolicidad de   verdadera cruzada.
Junto a la clase noble militar y rural habían surgido orgánicamente élites urbanas, de menor proyección, élites auténticas, recompensadas por servicios prestados en la Reconquista.
5. Autonomías señoriales y municipales frente al centralismo renacentista
Tras la caída del Imperio Romano, las invasiones y la ocupación musulmana, las instituciones llegaron a una casi total disolución. Las poblaciones organizaron su defensa y llevaron al propietario rural a construir un castillo.
Este fue adquiriendo atribuciones que lo proyectaban como una especie de lugarteniente del rey, encargado de la defensa y administración. Su poder más le venía de la condición de propietario que por delegación regia.
 Cada feudo se convirtió en una pequeña monarquía. Los reyes intentaron reconstituir su poder, delineándose una tendencia centrípeta no absolutista. Era un "centripetismo" orgánico, sabiamente regionalista y limitado, que la diferenciaba del absolutismo anorgánico y despótico de los emperadores romanos. Que, luego, los humanistas trataron de restaurar preparando el absolutismo real.
Este   ya se nota   en la última fase de la Reconquista; no se puede incluir a los Reyes Católicos entre los monarcas absolutistas, pero durante su reinado estas manifestaciones comienzan a prevalecer. Esta tendencia se reafirmará más tarde por entero con los Borbones, a diferencia de los Austrias.
 La Reconquista había marcado en las clases dirigentes la noción de que su condición derivaba del sacrificio por la Fe y el Rey y la religiosidad militante. Ello sobrevive en sus vástagos  que acometen la gesta indiana. Y aunque eran cualidades declinantes, puestas a prueba en circunstancias extremas, retomarán el brío de los antiguos tiempos.
6. El hidalgo, elemento de base de la jerarquía nobiliaria
El estamento noble englobaba a la nobleza titulada y a la que no poseía títulos,   genéricamente llamada hidalguía, que comprendía tres categorías. La hidalguía propiamente dicha o "nobleza de sangre",   la hidalguía de privilegio   otorgada por el Rey y la de cargo derivada del ejercicio de funciones relacionadas con el bien público: (Más tarde, se agregó la "hidalguía de sangre legal").
Los hidalgos constituían la amplia base de la nobleza española; tenían precedencia habitual en la provisión de cargos. La principal obligación era su misión guerrera. 
La hidalguía siempre se ilustró por sus hazañas guerreras, gozando de merecido prestigio. En colaboración con el Clero, será destacada protagonista de la Conquista y civilización de América.
7. Los hidalgos en la epopeya americana
En el contingente que se lanza a la aventura americana, preponderantemente popular, la proporción de hijosdalgo fue elevada.
 En general, se trataba de hidalgos pertenecientes a los peldaños inferiores de la nobleza inferior. La alta nobleza no participó de las expediciones y elementos de la nobleza media lo hicieron ocasionalmente.
Dado que a nobles e hijosdalgo les cabían preponderantemente las acciones guerreras y de mando,  la fase inicial, ardua y peligrosa, de la Conquista,  fue esencialmente  empresa de hidalgos.
8. El ideal de Caballería y la situación de las Ordenes Militares en la época del Descubrimiento
Asociada al perfil moral del hidalgo está la figura del caballero, arquetipo del guerrero cristiano.
En las virtudes sobresalientes que distinguieron al caballero español, sobresalen tres notas capitales: extremado arrojo, entero desprendimiento personal, elevado sentido del honor y de la justicia.   Hicieron del caballero hispano un paradigma de hombre de valor que subsiste  hasta el día de hoy.
Este ideal se fue perfeccionando hasta institucionalizarse en las Ordenes Militares, cuyos miembros, seglares, adoptaban reglas de vida similares al estado religioso. Las pruebas de hidalguía hicieron que se aliase en ellos dos formas de excelencia humana: el noble y el cruzado.
Al perder carácter religioso y acentuarse su dependencia de la Corona, el ingreso a las Ordenes ecuestres adquirió una connotación más honorífica que religioso-militar y comenzó a llamárseles "Ordenes Nobiliarias".
El cambio de carácter  favoreció que el idealismo caballeresco se fuese apagando, y fuese reemplazado por la ambición personal de cargos, honores, proyección social, etc.
9. Las Ordenes de Caballería en América
Estuvieron representadas por numerosos miembros. Hubo propuestas de establecer Capítulos americanos y crear milicias ecuestres locales -inclusive una para nobles indígenas, la Orden de Santa Rosa- pero ninguna prosperó.
 No obstante, las Ordenes militares tuvieron influencia en la formación de la sociedad americana, por el gran número de representantes reales que poseían hábito de alguna Milicia. Los hábitos eran concedidos por notables servicios a la Corona, prefiriendo siempre a los nativos ( Lohmann Villena ; p. 34, nota 5).
Los caballeros aparecieron en primera línea, en la Conquista, civilización y evangelización de América, entre los más dedicados ejecutores de la voluntad regia:  contribuirán   a favorecer la formación de élites o a obstaculizarla, según las oscilaciones estratégicas a que la Corte estuvo constantemente sujeta.
10. Vestigios del ideal caballeresco al encuentro de un desafío desmesurado
A pesar de las infiltraciones de naturalismo neopagano en la mentalidad del conquistador, vestigios del ideal épico-religioso de la Caballería, y aún reminiscencias de los legendarios tiempos carolingios se notan en episodios de la Conquista, como los "Doce Pares de Francia" que constituyen compañeros de Hernán Cortés, "para defender la fe católica, deshacer agravios y favorecer a los españoles e indígenas amigos" (p 35, nota 1).
El Nuevo Continente constituía, para aquellos nobles ávidos de proezas, un gigantesco reto, un desafío desmesurado, luchando contra el agotamiento, el hambre y el desánimo, peleando en diferentes aires y regiones tan extrañas para ellos, con calores abrasadores que queman como el mismo fuego y excesivo frío de hiela y tulle a los hombres, como rezan las crónicas.
El obstáculo mayor fueron las tribus aborígenes, bárbaras en grados diversos, cuando no inmersas en el salvajismo más cruel y extremado. No pocas eran belicosas e indómitas y expediciones como la de Hernando de Soto en La Florida, o las de Solís y Ayolas en el Plata, fueron diezmadas por la ferocidad y abrumadora superioridad numérica indígena. Incontables fundaciones fueron abandonadas o simplemente arrasadas por los autóctonos. Ciudades como Santiago de Chile, Cuzco, La Rioja y San Miguel de Tucumán   sólo se salvaron en última instancia por patente intervención sobrenatural.
11. Socorros sobrenaturales en el éxito de la Conquista
La rápida conclusión de la Conquista no puede explicarse simplemente por circunstancias favorables, sagazmente explotadas por los conquistadores. Como hombres de fe, plenamente conscientes de la providencialidad de la obra que realizaban, sabían que la gracia de Dios no podía dejar de acompañarles, y pedían continua y ardientemente el socorro divino. 
Ciertas situaciones terriblemente críticas que parecen perdidas, se resuelven de modo absolutamente prodigioso a favor de los españoles; no pueden ser explicadas sólo por los talentos, la genialidad, la energía y el coraje que los caracterizaba. La explicación sólo puede encontrarse en favores absolutamente extraordinarios del Cielo. 
Las crónicas abundan en referencias al auxilio de la Virgen María   en horas de peligro extremo, y de intervenciones del arquetipo del caballero hispánico, el Señor Santiago.
 En las batallas de Cortés, en el levante indígena de Zapopán, en el terrible sitio de Cuzco por las huestes de Manco Inca, en el asalto de las hordas araucanas de Michimalonco contra el pequeño núcleo español de Santiago de Chile y en tantos otros episodios ocurridos en toda Hispanoamérica, las relaciones de conquistadores e indios consignan la aparición de una resplandeciente Señora en el cielo, cuya presencia aterra y paraliza a la turba pagana, o de un celeste caballero montado en un blanco corcel , espada flamígera en mano, que pone en fuga a la masa de asaltantes indígenas, y en quien los españoles reconocen a su Patrono, Santiago. El denominador común es que ocurren cuando la situación de los españoles está humanamente perdida.
El agradecimiento a la Madre de Dios o al "Caballero Apóstol" se perpetúa en los nombres de incontables ciudades y capillas.
Cuando el estudioso sacude el polvo que fue bajando sobre estos maravillosos aspectos de la aurora hispanoamericana -en cuyas crónicas tantas veces la leyenda se convierte en realidad- tiene la impresión de penetrar en la atmósfera de la narrativa y del cancionero de gesta de la Reconquista.
12. La recompensa al heroísmo: privilegios ennoblecedores
Esa ayuda sobrenatural, decisiva para que la Cristiandad  americana se pudiera afirmar, no disminuye en nada el papel de las causas segundas.
Vencer tamaños obstáculos naturales, doblegar la resistencia encarnizada de tantos pueblos aborígenes, sólo fue posible en virtud de golpes de audacia y coraje que rayan en lo asombroso y cuyo principal objetivo -no debe olvidarse- era extender a América la Cristiandad española. En este heroísmo al servicio del bien público aflora el carácter intrínsecamente ennoblecedor de la conquista americana.
Así arenga el conquistador Juan Vázquez de Coronado a sus soldados durante el asedio a la nueva ciudad de Cartago: "sois españoles, hijos de nobles padres, y debéis mostrar vuestra virtud en este momento. No desmayéis, pues es propio de la nación española acometer hechos que exceden a todo género de grandeza" (Stone, p. 39, n. 2).
Al hacerse notorio que los territorios descubiertos constituían un Nuevo Continente entregado por la Providencia a España, llega también el reconocimiento regio, proporcionado " a la calidad heroica de los esfuerzos hechos y a la grandeza legendaria de los resultados obtenidos" (Ots y Capdequí, nota 3, p. 39).
Así, los reyes "fueron concediendo... franquicias, mercedes, privilegios y exenciones que...en España tan sólo los gozaban los nobles hijosdalgo" (Larios Martín, p. 39, n.4).
 Les fueron repartidos indios en encomienda, a quienes debían adoctrinar en la fe, debiendo ser retribuidos por ellos con servicio personal al comienzo, y con tributos más tarde. 
Aunque esos privilegios incluyeron en algunos casos el poder de jurisdicción que sus beneficiarios afanosamente deseaban, éste fue limitado en alcance y duración.   Nunca se reproducirá enteramente en América el régimen feudal: los "Tiempos Modernos", de hipertrofia revolucionaria del Estado, habían comenzado.
13. De los adelantados-gobernadores al surgimiento de una "Hidalguía de Indias"
En la etapa inicial, la amplitud de las prebendas otorgadas al adelantado gobernador y compañeros de hazañas va estableciendo una equiparación de facto entre los conquistadores y la clase noble, que los Reyes irán sancionando de jure al conceder a algunos la hidalguía.
En 1573, la élite local de "Beneméritos de Indias" -descubridores, conquistadores y primeros pobladores, más sus descendientes- recibirán amplio privilegio real de hidalguía. En las Ordenanzas de Población, manda Felipe II que sean hechos "hijosdalgo de solar conocido, para que en aquella población y otras cuales quier partes de las Indias sean Hijosdalgo y personas de noble linaje y solar conocido, y por tales sean habidos y tenidos, y les concedemos todas las honras y preeminencias que deben haber y gozar todos los Hijosdalgo y Caballeros de estos Reinos de Castilla, según fueros, leyes y costumbres de España" (Lira Montt, El Fuero nobiliario..., pp. 64,5, ap. Nobleza y Elites..., p. 42).
Estas Ordenanzas se incorporaron a las Leyes de Indias, manteniéndose vigentes durante los 300 años de dominio español.
Nacía así la Hidalguía de Indias,  llamada desempeñar un papel central en toda la Historia de Hispanoamérica, aún en la fase republicana.
D - Las tres instituciones clave de la nobleza hispanoamericana: encomiendas , cabildos, mayorazgos
Juegan un rol capital en la consolidación de la élite americana:
14. La encomienda: su doble finalidad espiritual-temporal
La encomienda, surgido en el medioevo español, desempeñó un extraordinario papel civilizador. En Hispanoamérica fue recreada, con algunas alteraciones que limitaron su alcance, para atender a tres prioridades:
· evangelizar y civilizar los nuevos vasallos
· dar impulso a la producción agropecuaria, en lo que era indispensable contar con mano de obra aborigen
· satisfacer legítimos anhelos de recompensa  de súbditos que habían expuesto sus personas, familias y bienes en actos de verdadero heroísmo durante los  épicos lances de la Conquista.
En retribución por el trabajo en sus tierras, el titular de la merced se obligaba a promover la evangelización y civilización de los indios encomendados, y a mantener armas y caballos para la defensa de las tierras de éstos y las necesidades militares de su provincia.
La negligencia en proveer a la enseñanza religiosa de los encomendados podía determinar la pérdida de la encomienda.
Dos décadas después (1536), sufre una fundamental alteración; buscando remediar abusos en Centroamérica, se decide abolirla y substituirla por la cesión al encomendero de tributos que los naturales debían pagar al rey.
El otorgamiento de la encomienda a su titular se formalizaba por un contrato que recuerda el íntimo vínculo pactado entre señor y vasallo en el régimen feudal. El acto lo realizaban ceremonialmente el encomendero y sus vasallos indios en presencia del representante de la Corona. 
El conjunto de poderes y privilegios de los encomenderos equivalía a un señorío de facto, favorecido por la distancia de la metrópoli, que confería lo que se ha denominado  con propiedad nobleza tácita.
El extraordinario papel civilizador de la encomienda se evidencia en su eficacia evangelizadora y civilizadora y su adecuación al nivel sociocultural de las poblaciones aborígenes. Asimismo en que las parroquias y poblaciones del interior hispanoamericano en su mayoría nacieron de ellas.
15. Los cabildos como soporte de las aristocracias urbanas
En vinculación estrecha con el desarrollo de las ciudades hispanoamericanas se encuentra el Concejo municipal, otra antigua institución castellana, con sus tradicionales fueros y privilegios.  Su rol durará hasta el fin del dominio español.
Eran establecidos en el acto fundacional. La importancia de los cabildos como centros de poder radicó en el hecho de que, a través de ellos, la élite de conquistadores y primeros pobladores pasó a ser el vínculo orgánico entre la sociedad naciente y el poder central. Con el correr del tiempo, se transformarán en verdaderos órganos de poder definidamente aristocratizantes.
16. Mayorazgos, fundamento de la perdurabilidad de las estirpes patricias americanas
El mayorazgo es otra antigua y sabia institución del derecho Nobiliario español trasplantada a América. El heredero se convertía en una suerte de guardián de la parte más apreciable del patrimonio familiar. Su objeto primordial era protegerla, impidiendo su dilapidación, para dar al linaje del fundador condiciones materiales de perdurar.
La importancia de los mayorazgos crecerá a medida que se vaya tornando más evidente la intención real de hacer prevalecer los poderes de los funcionarios de la Corona sobre las élites locales. Estas, con su sentido de adaptación característico, sabrán sortear muchas  tentativas de restringir sus poderes. La institución del mayorazgo se convirtió en medio para conseguir la continuidad legal del linaje y sus bienes.
En algunos países, la institución del mayorazgo perduró hasta mucho después de implantado el régimen republicano. El caso más notable ocurrió en Argentina, con el señorío y mayorazgo de San Sebastián de Sañogasta (La Rioja), perteneciente a la familia Brizuela y Doria. Dicho vínculo sobrevivió más de 100 años a la república, ya que sólo fue abolido por una decisión de la Corte Suprema  hacia la tercera década del 1900. Se aprecia en las cláusulas de fundación del Mayorazgo,  el espíritu católico vigente en la época.
17. Mayorazgos y "política matrimonial"
Los bienes mayorazgos se solían conservar y aumentar concertando casamientos mutuamente ventajosos para las familias de ambos contrayentes. (Ejemplo en México: familias Aguayo-Alamo, los Mariscales de Castilla y los Condes del Valle de Orizaba. En Argentina,   alianzas entre descendientes de Don Jerónimo Luis de Cabrera,   y de Juan de Garay).
Alianzas de esa naturaleza se pactan para unir los patrimonios y afianzar los derechos adquiridos, "substrayéndolos a la codicia de los jueces comisionados o gobernadores prepotentes" (Molina, p. 53, n. 1).
La cuidadosa interacción entre Mayorazgos y casamientos hará que ilustres linajes puedan permanecer en posesión de sus patrimonios durante centurias, hasta después de la Independencia.
18. Títulos, distinciones y preeminencias en Hispanoamérica
Con el establecimiento estas instituciones, quedaban implantados los cimientos institucionales de una verdadera élite análoga a la nobleza, llamada hidalguía o aristocracia de Indias, constituida por las familias principales de cada fundación. Por vía consuetudinaria, fue creándose espontáneamente una jerarquía de títulos propia y original.
Sobresalen dos muy apreciados: el de encomendero, con señorío práctico de tierras y vasallos, y el de conquistador, con valor militar, histórico y heroico. 
 Junto a la élite de los conquistadores y pobladores figuran también los "vecinos", pobladores distinguidos que también tienen indios encomendados y obligaciones militares. Les sigue la pequeña burguesía de artesanos y mercaderes, y los labriegos.
Las incipientes élites locales se fueron estructurando de manera orgánica en torno a las familias de beneméritos. En tiempos de Felipe II ya "constituían una verdadera aristocracia"( p. 54, n. 4 y 5).
La élite que se   destila orgánicamente, enfrentando los desafíos del momento, lleva  en sí grandes promesas de futuro. Amenazada por el proceso igualitario de Occidente, ingresa en el majestuoso escenario de la Historia.
E - Consolidación de las fundaciones y definición de una élite hispanoamericana
Para describir la realidad que va surgiendo, es necesario considerar las dos fuerzas que actúan, ya aliadas, ya contrapuestas: el dirigismo unificador de la monarquía, que en ocasiones cercena el natural desarrollo de la sociedad naciente; y el impulso local de los que buscan afianzar un señorío particular adquirido por derecho de conquista.
19. Convulsiones del período organizativo -
la indisposición de la Corte y oposición de los legistas
En tiempos de Carlos V, la Corona opta por recompensar a los conquistadores con encomiendas en vez de señoríos, haciendo así "una cesión muchísimo más escasa de sus derechos", y evitando crear señoríos , a pesar de que América era campo propicio.
 Evitaba, que los indios quedasen vasallos del conquistador en vez de suyos.
Los héroes de la Conquista deben enfrentar la indisposición de la Corte ante sus pretensiones, que no siempre eran módicas, como lo ilustra la carta en que Pizarro reivindica para ellos "tantas franquicias y preeminencias como los que ayudaron al rey Don Pelayo y a los otros reyes a ganar a España de los moros" (Lohman Villena, p. 55, n. 5).
Difícil sería negar el fondo de justicia de tales reivindicaciones a los aguerridos hidalgos que iban conquistando para su Monarca territorios vastísimos, cuya designación evoca su carácter de reinos ultramarinos: Castilla del Oro, Nueva España, Nuevo Reino de León, el Imperio del Perú, el Nuevo Reino de Granada, etc.
En la Corte, muchos ven las cosas con otros ojos.
Se va creando una imagen peyorativa del conquistador de Indias, popularizada en sainetes, que se asemeja a la que entonces puso en boga Cervantes, para ridiculizar el espíritu de Caballería. Hay fundadas sospechas de que hubo una suerte de orquestación publicitaria contra la clase guerrera de España, versión de época de lo que hoy denominamos "terrorismo mediático".
Ya habían llegado a la corte las relaciones del controvertido fray Bartolomé de las Casas, pionero de la Leyenda Negra.
Hoy se ha probado que su cuadro de ribetes dantescos no pasaba de un elenco de falsedades delirantes, rebatido por la ciencia histórica (ver citas, p. 57). Pero entonces contaba con fuertes apoyos. Sus alucinadas críticas tendrán consecuencias de la mayor importancia para el desarrollo de la nobleza de Indias.
20. Encomiendas en jaque:
las "Nuevas Leyes" y sus secuelas
Ciertos legistas, contrarios a la existencia de una aristocracia territorial poderosa, ejercían gran influencia en el Consejo de Indias. Aprovecharon la controversia  para  cercenar la encomienda, institución clave para civilizar a los indios y constituir una nobleza americana. Evitaron la concesión a perpetuidad, pese a  ser propuesta por el propio Emperador y Don Felipe, con respaldo del Duque de Alba, de dominicos y franciscanos, y pedida insistentemente por la élite social criolla (Konetzke,; Bayle S.I., p. 59, n. 4).
Los legistas obtuvieron también otras limitaciones en repartos de tierras a los encomenderos y en el establecimiento de los mayorazgos, que éstos requerían.
Su influencia vuelve a sentirse en 1542, cuando se promulgan las controvertidas Leyes Nuevas. En ellas, el Emperador directamente suspende  el ejercicio de las encomiendas.
La reacción de los hidalgos de indias, originó situaciones de gran tensión en México, Guatemala y el Perú, en las que murió el Virrey Blasco Núñez Vela a manos de Gonzalo Pizarro..
 Carlos V envió como pacificador al sagaz clérigo La Gasca, con instrucciones de revocar la controvertida legislación. Fue precisa la honda raigambre de la lealtad castellana para que el incendio no se corriese hasta Méjico y el Río de la Plata (C. Bayle S.J., p. 60).
Las frustradas Leyes Nuevas manifestaron  la disposición de combatir el poder económico y social de los conquistadores y sus descendientes. La Corona puso limitaciones a las encomiendas. Subsistencia por dos vidas, y sin potestad de gobierno sobre los indios, sólo derecho a tributo; y  limitó la concentración de tierras en un mismo dueño, de acuerdo al arbitrio real (Durand, p. 60, n. 2).
21. Parquedad en la concesión de títulos de Indias
En la concesión de títulos también se manifestó la influencia de la poderosa corriente de los legistas. Los reyes, aun dando muestras de querer premiar magnánimamente los méritos de la nueva élite, acabaron manifestándose efectivamente parcos en conceder títulos a los hidalgos y en otorgar hidalguía a quienes no la tenían.
La influencia dirigista y centralizadora de cuño renacentista perjudicó la formación de robustas cepas de aristocracia americana. Aunque relativamente cohibida, la Nobleza Tácita emergente tuvo medios de afirmarse y prosperar, aún cuando no alcanzara la grandeza y proyección que cabía esperar. A medida que precisa sus trazos, va reflejando la fisonomía de una verdadera aristocracia, aunque de tono menor  que la europea.
22. Fin de la etapa de los adelantados-gobernadores:
La implantación de los Virreinatos
Luego de la fase de la  Conquista llega el momento de organizar la vida y la producción en las nuevas posesiones. La sed de aventuras, fama y fortuna que animaba al conquistador va cediendo lugar a su impulso civilizador y a su talento organizativo.
Gradualmente termina la etapa de los adelantados-gobernadores y comienza el período de control más directo por parte de la Corona, mediante la implantación de los dos primeros grandes Virreinatos, el de Nueva España  y el del Perú.
Los reyes envían personalidades de la alta nobleza para cubrir los cargos de virreyes y presidentes de las Audiencias, y prelados de gran realce para las diócesis mayores. Pero los cargos civiles tenían breve duración; y la condición de sus ocupantes era la de altos funcionarios de la burocracia real, aunque acreedores de significativas honras protocolares.
A pesar de tales limitaciones, la organización virreinal contribuyó a fomentar el paso a Indias de nobles peninsulares, generalmente segundones empobrecidos.
Estos se van fusionando con la hidalguía de Indias; a esa élite se agregan elementos de la burguesía letrada o mercantil, atraídos por las posibilidades de consolidación patrimonial y ascensión social.
F - Papel de la nobleza indígena en la sociedad hispanoamericana
Los pueblos indígenas, muy diversos del punto de vista cultural y etnológico, poseyeron jerarquías naturales rudimentarias, que en ciertos casos -aztecas, incas, mayas, chibchas y otros- llegaron a tener determinada complejidad y a caracterizar una especie de clase noble.
Al encuentro con ellos, la política española fue de considerarlos súbditos naturales del Rey e imponerles vasallaje formal a éste. En ocasiones, la sumisión fue rechazada, lo que determinó acciones de guerra para someterlos; otras veces, al contrario, se sometieron pacíficamente , y en numerosos casos se aliaron a los conquistadores para combatir el despotismo cruel de los tiranos autóctonos que hasta entonces los habían sojuzgado.
23. Conservación de las jerarquías precolombinas -
Fusión de sangre y concesión de nobleza a señores indígenas
Los hidalgos hispanos no desdeñaron mezclar su sangre y nombres a los de princesas indígenas. Son numerosos los matrimonios de conquistadores con indias nobles.
De uniones de Beneméritos de Indias con nobles aztecas, incas u otras provienen distinguidas familias de la élite hispanoamericana -de las que descienden Presidentes y altos prelados-, y en la misma España hay casas de alta aristocracia de este origen.
24. Asimilación de las dinastías de Méjico y Perú
Este designio generoso de la Corona de incorporar las jerarquías precolombinas a la nobleza es manifestado reiteradamente, como en la instrucción de Carlos V al obispo de Méjico, Fray Juan de Zumárraga, de prometer a los "Reyes, Príncipes, Señores y Repúblicas, y Comunidades el bueno y suave tratamiento que les entendemos hacer, guardándoles todos sus privilegios... y costumbres, con todas las otras condiciones y calidades que ellos debida y razonablemente os pidieren" (p. 66).
Actitud análoga se refleja en relación a los descendientes legítimos del Inca Atahualpa, a quienes "se les reconoció una nobleza de tan alto rango que pasó muy por delante en honores y derechos a la ... otorgada a los Grandes de España. El Rey les llamó Hermanos y Altezas, concediéndoles... el Toisón de Oro a  perpetuidad, el derecho a permanecer cubiertos en su real presencia, a presidir todos los Tribunales, Concejos y cabildos de todos sus Reinos y a mantener una pequeña Corte, con sus correspondientes Consejeros" (Cadenas Allende, p. 66, n. 2).
25. Jerarquías indígenas intermedias
equiparadas a la nobiliaria castellana
Además del enaltecimiento de esas dinastías, la Corona refrenda jurídicamente la condición nobiliaria de jerarquías indígenas intermedias. Oficializa los títulos de cacique  y de indio principal, con sucesión por varonía y una especie de mayorazgo.
En el Perú fueron reconocidos seis grados nobiliarios indígenas.  Debajo de ellos figuran los indios ricos, cuyo enriquecimiento se debió al ejercicio del derecho de propiedad, reconocido por España con inédita largueza, ya que antes vivían en régimen de "esclavitud mecanizada" (Vicente Sierra).
Por las Leyes de Indias, los caciques fueron "equiparados a los nobles castellanos", al ser eximidos del pago de tributos, distinguidos con la concesión de escudos de armas y honrados con el tratamiento de "don" (cf. Lira Montt, p. 69, n.2).
Inédito en una potencia colonial es que el noble indígena no podía ser privado de sus súbditos,   poseía tierras, estaba exento de las mitas,  y podía recibir vasallos en encomienda; asimismo, establecía cuáles súbditos prestarían servicios en las encomiendas, etc.
De acuerdo a las Leyes de Indias, los delitos contra indígenas se castigaban con redoblada severidad; el corregidor Paniagua de Loaysa hizo cortar la mano a un español porque abofeteó a un cacique (cf. Cadenas Allende; Riva-Agüero y Osma, p. 69, n. 4).
26. Autonomía de tribunales y cabildos indígenas -
fueros caballerescos
En el terreno judicial, las prerrogativas de los hidalgos indígenas fueron también notables. No podían ser procesados sin informe previo a la Real Audiencia. Los alcaldes, además de dirigir los cabildos propios, desde 1655 pudieron mantener cárcel y administrar justicia contra ladrones y homicidas, con jurisdicción sobre blancos, indios o negros dentro de sus territorios; además poseían privilegios militares.
Consumada la Conquista los caciques, instruidos acerca de sus derechos por los españoles, presentaron recursos de amparo para salvaguardar su autoridad y poderes cuando los sintieron amenazados, siéndoles invariablemente reconocidos. La Audiencia de Charcas ordenó a Don Pedro de Mercado de Peñalosa, Gobernador del Tucumán,  que, atendiendo a la solicitud de los caciques de Gastona y de la encomienda de Olloscos en San Miguel, cuyas tierras estaban siendo ocupadas por intrusos, "les amparéis y defendáis en las dichas tierras para que las tengan, gocen y posean según como las tenían y poseían", y a los intrusos "los echaréis y lanzaréis de ellas para que libremente se las dejen tener, gozar y poseer" .
Esta aristocracia indígena, reconocida y protegida, ejercía una función orgánica de puente entre la nobleza criolla y las poblaciones nativas, como un estamento intermedio entre las comunidades española e india (V. Roel). "Su vestimenta, riqueza y privilegios correspondían a las de las clases altas coloniales, al paso que su medio ambiente natural era el de los indios. Su jerarquía era reconocida por los españoles pero ella le venía de cuando gobernaban estas tierras los antiguos reyes del Perú. Eran indígenas pero con fueros y privilegios caballerescos" (Roel, p. 70, n. 3).
27. Prioridad en la educación de indios nobles
España promovió como política prioritaria la fundación de colegios de niños nobles para hijos de caciques e  indios principales, con la colaboración de encomenderos, religiosos y autoridades.
En 1536 se crea el primer colegio modelo de este género en Tlatelolco, al que siguen otros en todo el Continente.  Buscan "criar a estos niños hijos de caciques y principales con toda institución de policía (civilidad) y cristiandad: porque siendo ellos los que después han de gobernar y regir sus pueblos, será de mucha importancia su ejemplo..." (Sierra, p. 71, n. 1).
Esa sabia política educacional, que supo valorar y dignificar la nobleza indígena, fue una constante. A fines del siglo XVIII se crea el Real Colegio de Nobles Americanos, en Granada, al que podrán ingresar, en igualdad de condiciones con los hijos de la nobleza criolla, los "hijos de caciques e indios nobles" y de mestizos también nobles (p. 71).
Los excelentes resultados permitieron a Pío XII exaltar "el intento en gran parte logrado de aquellos grandes misioneros, secundados por el espíritu universal y católico de la legislación de sus monarcas, de fundir en un solo pueblo, mediante la catequesis, la escuela y los colegios de Letras Humanas, el elemento indígena con las clases cultas venidas de Europa o nacidas ya en tierra americana" (p. 71).
Los mismos aborígenes atestiguarán su reconocimiento, de modo tan inesperado como glorioso. Durante las guerras de emancipación, a veces pueblos enteros aparecen entre los más fieles y heroicos combatientes de la causa realista. Se destaca el caso de Antonio Navala Huachaca y su División restauradora de la ley- que desencadena la "guerra de las punas" bajo el lema "Amor a la Religión y al mejor de los Reyes". Reductos aborígenes fieles al Rey hasta mucho después de declarada la Independencia, fueron los últimos bastiones españoles en el continente americano que capitulan, honrosamente, frente a los ejércitos republicanos.
PARTE II - SIGLOS  XVII y XVIII:
Renovación y gradual definición de caracteres
A - América española: gran diversidad, sólida unidad, profunda catolicidad
La fisonomía de las unidades políticas comienza a presentar rasgos propios y peculiares, acentuados por las enormes distancias, y surge gran variedad de tipos humanos regionales. Las diferencias son acentuadas por circunstancias ambientales e históricas. En Chile, por la conquista y la guerra de Arauco, se forma una aristocracia militar de viejas familias de hidalgos y soldados; otro tanto se da en el Tucumán. En el pacificado y ameno Perú se forma una sociedad culta y brillante.
La variedad se mantiene en la unidad por un triple factor unificador e inapreciable: la unidad de cultura, lengua y religión; fenómeno excepcional que abarca aun la América portuguesa.
 
1. Religión Católica, el gran factor unificador del "Continente de la Esperanza"
La mayor fuerza vinculante en América radica en el factor religioso: la unidad se debe al celo apostólico de los Papas más la preocupación misionera de los Reyes, cuya política de poblamiento libra al continente de las herejías. Por ello exigen "limpieza de sangre", "no tener ascendencia de moro ni renegado, ni judío". Así aparece a los ojos del mundo como el Continente de la esperanza, al decir de Pío XII (p. 74, n.3).
2. El bien común espiritual y la fisonomía católica de la nobleza hispanoamericana
La dedicación de las élites tiene centros de atención diferentes de los que tenían sus antepasados: en lugar de musulmanes a expulsar, aborígenes por someter, convertir y civilizar.
Hubo enfrentamientos militares con tribus recalcitrantes en su paganismo, en su mayoría de poca duración. Mantienen el uso de las armas contra sublevaciones como las de Túpac Catari o los Calchaquíes,  y en la resistencia a los piratas; pero su prioridad pasa a ser el apoyo  a la acción misionera, secundando a los reyes.
El resultado será prodigioso: "el hecho colosal de que, un siglo después del descubrimiento, América era virtualmente católica" dirá expresivamente Pío XII. Consideremos que Europa, con un territorio diez veces menor, tardó diez veces más en ser evangelizada. Proeza sin igual en la Historia: "las naciones del continente latinoamericano... nacieron cristianas" , dirá Juan Pablo II (p. 76, n. 1 y 2).
Las nuevas elites cooperaron para este estupendo resultado, favorecidas por las gracias del extraordinario movimiento de renovación, la Contrarreforma, coronada por el Concilio de Trento.
Su  efecto  regenerador  no tarda en hacerse sentir. Desvíos que el espíritu renacentista había introducido -hedonismo, jactanciosa autosuficiencia humanista- son combatidos y rectificados por un clero empeñado en establecer aquí una auténtica Cristiandad.
Sobresale el noble obispo, inquisidor y reformador, Santo Toribio de Mogrovejo y una pléyade de heroicos prelados misioneros, consagrados a la expansión del Reino de Cristo entre los aborígenes y a la reforma de costumbres en las nuevas cristiandades. Ejemplo característico fue el apostolado de San Francisco Solano con la población de Lima, después de haber catequizado durante más de tres lustros el Alto Perú, el Paraguay y el Tucumán.
El resultado de esta prodigiosa acción misionera sobre las clases dirigentes hispanoamericanas es que en ellas se imprimió una profunda marca de catolicidad.
Pertenecieron a las élites hispanoamericanas glorias de la Iglesia como S. Rosa de Lima, S. Mariana de Jesús Paredes y Flores, S. Roque González de Santacruz, S. Miguel Febres Cordero, S. Teresa de los Andes, y una larga lista de almas santas, como la Sa. de Dios Ma. Antonia de Paz y Figueroa, el "Virrey penitente" de Nva. Granada, el presidente-mártir Gabriel García Moreno, el héroe cristero Luis Segura Vilchis, que ofrenda su vida intentando salvar la del famoso P. Pro, y tantos otros.
Muchos nobles ilustran el Episcopado y el Clero; no pocos testimonian su fe con el martirio, como el famoso hidalgo tucumanense  Pedro Ortiz de Zárate, de estirpe conquistadora, que organiza a su costa una expedición misionera a los chiriguanos, y es martirizado por los tobas.
B - Trayectoria de la élite rural y urbana en Hispanoamérica:
Configuración de una "aristocracia de tono menor"
La política del Consejo de Indias fue "establecer una aristocracia de tono menor nutrida por letrados, nobles segundones e hijosdalgo enriquecidos, que alrededor de los virreyes y autoridades significaron un traslado del plano social de España" (Lohmann Villena, p. 78, n. 1).
Se pretendía impedir que la nobleza en Indias se expandiese fuera del control de la Metrópoli y destilase estirpes de gran poder e influencia.
3. De la encomienda a la gran hacienda: se define el señorío rural hispanoamericano
Durante los siglos XVI y XVII, la Corona no otorgaba grandes latifundios para evitar que se forme "una casta" de "propietarios latifundistas" con prestigio como para "constituir una nobleza territorial" (Konetzke, íd., n. 5). Ser grandes propietarios "les colocaba en el umbral del estado Noble" (Lira Montt), lo que estimuló la creación de una clase definidamente señorial de terratenientes.
La extinción de muchas mercedes de encomiendas determina un cambio de fisonomía, que se acentúa en el siglo XVIII. Los antiguos encomenderos, privados de ellas , buscan la forma de escapar al naufragio haciéndose hacendados, uniéndose en matrimonio con familias de nuevos ricos, y organizando la explotación de tierras baldías o "realengas" (V. Roel, p. 80, n. 3).
La transición de la encomienda a la hacienda se dio con naturalidad. Los indios trabajadores de las encomiendas continuaron percibiendo salario. Había trabajadores voluntarios, y medieros. Los antiguos encomendados, buscando protección, se radicaron en las haciendas, recibiendo casa y tierra de labranza a cambio de servicios. Este sistema para-feudal de "allegados" fue el preferido. Una variante fue el "yanaconazgo" de los que se niegan a trabajar en mitas mineras. Se refugian en las haciendas bajo protección del propietario, que los emplea  como aparceros,   prestando algunos servicios domésticos en casa del patrón. Este, en contrapartida, se obliga a defenderlo ante terceros o la burocracia, con marcado carácter paternalista, semejante al feudalismo (V. Roel, íd., n. 2).
4. Señorío "feudalizante" y patriarcal del hacendado
Así se va formando la gran hacienda hispanoamericana. Característica común será el prestigio y virtual señorío que confieren al propietario sus connotaciones patriarcales y feudales. La evolución de las élites análogas hispanoamericanas alcanza con ella su apogeo histórico.
Habitualmente se compone de un conjunto de viviendas alrededor de una plaza, en que se destaca la casa-hacienda o del mayorazgo. Hay además una serie de instalaciones para procesar los productos del campo: molinos, bodegas, ingenios, trapiches, etc.
La hacienda tiende a bastarse a sí misma; recrea, centrada en la figura patriarcal del propietario, la sociedad heril de tiempos feudales. El estilo de vida de la élite rural es "feudalizante" (Phelan, p. 82, n. 2). Esto se expresa de múltiples formas, como la autoconcesión del título de "señores" de sus dominios pese a no existir señorío jurisdiccional. La costumbre se propagó por todo el Imperio. En México, la encomienda de Tecamachalco vinculada al mayorazgo del Valle de Orizaba, se mantuvo en poder de sus sucesores como señorío hereditario; la familia usaba entre sus títulos el de "Señores de Tecamachalco" (Ladd, p. 82, n. 3). En el Tucumán, la familia Brizuela y Doria, detentora del mayorazgo de San Sebastián, continuó usando hasta entrado el siglo XX el título de "Señores de San Sebastián de Sañogasta"; el estanciero Candioti y Cevallos, dueño de inmensas extensiones en el Paraná, era conocido como el "príncipe de los gauchos" (Sáenz Quesada, p. 82, n. 5).
Esos visos de feudalidad se hacen más evidentes al considerar su aspecto militar. En las extensiones americanas, los grandes hacendados debían mantener, como los señores de las marcas fronterizas feudales, hombres de armas propios, para enfrentar incursiones de indios de guerra. En regiones pacificadas, comandan milicias, frecuentemente mantenidas a sus propias expensas.
La conjunción de trazos militares y relacionamiento personal con su  gente es lo que más puede ser considerado "feudalizante". En las vaquerías, los señores territoriales rioplatenses arman ejércitos particulares para abatir rebaños y defenderse de las incursiones de portugueses y tupíes. El estanciero dirige la faena ganadera y las operaciones militares, surgiendo así un "nuevo tipo de feudalismo" (Morquio Blanco, p. 83, n. 2).
Este tardío vestigio del señorío rural y militar de los nobles medievales, se volverá más expresivo aún en la primera mitad del siglo XIX.
 
5. Evolución de los municipios hacia una aristocracia urbana
Paralelamente, en las ciudades los cabildos toman una fisonomía cada vez más definidamente aristocrática. Transformación trascendental si se considera que la colonización es esencialmente urbana.
En general, la élite es ciudadana; poblar equivale a urbanizar: la civitas hispanoamericana domina la vida socio-cultural, y al crecer su importancia crece la del cabildo, su institución rectora.
Foros representativos de la aristocracia criolla, reúnen el poder de decisión sobre lo que atañe a la vida pública, espiritual y temporal de la región. Sus cargos se revisten de honras y privilegios nobiliarios, expresión de preeminencia social reforzada por dos características ennoblecedoras  : perpetuidad y hereditariedad.  El cargo de cabildante o regidor quedó prácticamente "reservado a la Nobleza de Indias" (Márquez de la Plata y Valero de Bernabé); (p. 84, notas 5; 6).
Análoga evolución sufre el Cabildo Abierto, suerte de asamblea plenaria de vecinos para situaciones excepcionales, tendiente a ser  una "corporación cerrada de notables" (Konetzke, p. 84, n. 7).
El Cabildo de Lima adquiere tal preeminencia  que su procurador es recibido por el Rey con honras de Embajador (Riva-Agüero y Osma, p. 85, n. 1).
La Corona intervino para contrarrestar el creciente poder de esos cuerpos municipales. Se crean los cargos de corregidor y de alcalde mayor, como representantes del poder central -s. XVIII-, y  el del todopoderoso intendente, jefe administrativo regional típico del absolutismo borbónico; el poder de los cabildos declina paulatinamente.
6. Incorporación de nuevos elementos: la nobleza mercantil y minera
Se incorporan nuevos elementos, de la alta nobleza a la togada, pasando por la burguesía mercantil con categoría de hidalgos -como los vasco-navarros, que dan  impulso al Río de la Plata.
Los nobles de América ejercieron actividades comerciales sin considerarlas un desmedro para su dignidad. La actividad comercial ejercida lícitamente, en concordancia con altos intereses nacionales, como la consolidación en ultramar, se identifica con el bien público. Si además reviste cuño creador y perfeccionador de la nacionalidad, su ejercicio puede convertirse en razón de nobleza, como los "hombres honrados" de Aragón o la burguesía mercantil de Venecia.
En América, el comercio fue el medio rápido de granjear riquezas; los grandes mercaderes "pronto formaron una verdadera aristocracia, que no tardó en vincularse con la de sangre" (Lohmann Villena, p. 88, 3).
 
Milicianos en el estamento nobiliario
Las milicias existieron durante todo el período virreinal de modo desorganizado e inestable. La defensa fue inicialmente obligación de los encomenderos, quienes tuvieron destacada actuación. Desde el 1600, se instituye el alistamiento progresivo de milicias.
Desde 1762, el alistamiento de los vecinos tiene carácter obligatorio. El Virrey Amat, alarmado por el saqueo inglés a La Habana, crea milicias regulares, convocación que galvaniza a los habitantes. A los notables se les ordena fundar, mantener y comandar cuerpos de milicias, "hacer alarde y revista". Notables de Lima, patricios serranos, hacendados, mineros y comerciantes del interior completan el mando de las unidades. "El amo era el coronel, los hijos los capitanes, los capataces los sargentos, y los peones y campesinos comuneros la tropa" (Marchena Fernández, p. 89, n. 3). En Lima se forma una compañía de nobles "tan lucida y completa de mozos hidalgos que pudiera lucir entre las mejores de Europa", se ufanaba el virrey,
La temida invasión de "la Pérfida Albión y sus aliados portugueses" no ocurre, pero las milicias deben sofocar la feroz rebelión de Túpac Amaru. Luego, su importancia disminuye. En 1803 el Virrey Marqués de Avilés reclama que los miembros de la milicia ingresan a ella para vestir uniforme y aspirar a honores, sin cumplir su misión. Sin embargo, durante las invasiones inglesas a Buenos Aires, los oficiales de milicias de esa ciudad y de Montevideo -en su mayoría, de familias patricias- se destacan por insignes actos de valor, mereciendo el cálido elogio del virrey y recompensas reales.
8. Cuerpos militares y colegios para la nobleza hispanoamericana
La creciente importancia de las clases patricias americanas y la conciencia -despertada por la Revolución Francesa- de que era necesario asegurar en sus vástagos la lealtad a la Monarquía , lleva a Carlos IV a crear el Real Colegio de Nobles Americanos (1792). Se admitía a nobles criollos, mestizos e indígenas. Dispone se les den lecciones de urbanidad y "de aquel noble trato que conviene a personas que un día han de ocupar los primeros puestos y dignidades en el estado Eclesiástico, Militar y Civil". El traje será un uniforme "igual... al que usare la Nobleza en la Corte y su Majestad señalare; ... los teólogos usarán el vestido de abate" (Lira Montt, p. 90, n. 3 y 4).

9. Fusión de trazos en el noble hispanoamericano: Patricio urbano y señor territorial, agente civilizador y patrono espiritual
No se verifica separación entre nobleza urbana y rural. El noble americano es polifacético, acumula características ciudadanas y campestres, cortesanas y guerreras, intelectuales y mercantiles.
El estanciero rioplatense cumple una función de intermediario entre el ambiente rural y el urbano. Es "hombre de dos mundos", dice María Sáenz Quesada, dualismo considerado el "carisma" propio de una clase cuya misión es civilizar el campo desde villas y ciudades (p. 93).
Le cabe también velar por la atención religiosa de sus gentes, erigiendo capillas en sitios faltos de atención espiritual. Lo secunda eficazmente su consorte para catequizar los paisanos, rezar el rosario, promover la venida de un sacerdote para administrar los sacramentos.
Con el benemérito patrocinio de las clases altas a las obras eclesiásticas concurrían para un esfuerzo cristianizador de magnitud continental, inigualado en la Historia: un siglo y medio después de la Conquista, a mediados del s. XVII, se habían levantado en Hispanoamérica más de 70.000 iglesias,  840 conventos de varones, 23 Universidades e incontables colegios y hospitales, según los visitadores reales, juristas Solórzano Pereyra y Gil González Dávila.
No faltaron gestos heroicos como el del Conde de Regla (Méjico, s. XVIII), que hipoteca tierras para sostener las misiones indígenas, mientras un primo es martirizado conduciendo misioneros que envía a los Apaches.
Las élites prosiguieron desempeñando esa misión después de la Independencia, erigiendo o haciendo grandes contribuciones para levantar templos célebres (catedral de Medellín, Santuario del Voto Nacional en Quito, espléndida basílica del Ssmo. Sacramento, Buenos Aires, donada por D. Mercedes Castellanos de Anchorena). La terrible devastación causada por el progresismo postconciliar, sumada a la decadencia religiosa, moral y cultural de las élites, hicieron que ese fundamental apoyo a la Iglesia se retrajese considerablemente.
10. Importancia de la nobleza de cargo americana
Los patricios criollos ejercieron también funciones ennoblecedoras en el gobierno y la judicatura. Dos de ellos alcanzaron la dignidad suprema de Virrey.
Los altos oficios de la administración virreinal, dice el Marqués de Siete Iglesias, "eran desempeñados bien por nobles, bien por letrados. Estos, por el mero hecho de ser doctores o licenciados, gozaban a lo menos de nobleza personal"; también la gozaban los mandos del Ejército (apud Lira Montt, p. 94, n. 2). Hubo cargos cuyos titulares transmitieron tal nobleza personal a sus herederos.
La nobleza criolla, eminentemente urbana, no se desvinculó del campo. La hacienda  aseguraba  el patrimonio y el sustento familiar; y fue base material de "la llamada mentalidad señorial", impregnada de resabios feudales, que aquellas élites tanto cultivaron (ibid., n. 5).
11. Una nobleza polifacética y armonizadora de contrastes
Ciertos autores notan la tendencia asimilativa de la nobleza criolla,  que se manifiesta en la incorporación de las sangres aborigen y africana.  Su mismo modo de ser, vivir y presentarse  revela carácter asimilante y polifacético. Sus residencias son de estilo español, pero comprenden una manifiesta pluralidad de estilos, que indica inciertos tanteos de una civilización nueva en busca de expresiones artístico-culturales propias, y el gusto de armonizar estilos contrastantes. Como el palacio del Marqués del Jaral de Berrío, donde hay reminiscencias platerescas, góticas, romanas, mudéjares, y aún clásicas.
Entre los inventarios de cabildantes mejicanos del siglo XVII encontramos opulencia doméstica en las galas personales y de sus caballerizas. Lienzos de Flandes, alfombras de la India, escritorios de Alemania, biombos chinos y japoneses, tapicerías de Bruselas, damascos de Castilla, estribos de plata, carrozas de guardamecíes, etc., que servían de ornato y les daban reputación (cf de la Peña, p. 95, n. 3).
En la élite peruana encontramos la misma tendencia universalizante a fines del siglo XVIII; aparecen muebles de  madreperla guarnecidos con plata sobredorada, colgaduras de terciopelo bordado en oro de Francia, láminas de la vida de Cristo, de Rubens (Condes de Montemar y Monteblanco). Otras casas palaciegas  poseen lienzos del Ticiano, Murillo y Zurbarán, retratos de Luis XIV por Largillière , etc.
12. Esplendor y magnificencia de las cortes virreinales
En torno a los virreyes se crea una brillante vida cortesana que tiene como modelo a la de la Metrópoli.
A los virreyes se les tributan los máximos honores. Su llegada  era rodeada de gran pompa. Algunos disponían para su protección y escolta de guardias de corps, las Compañías de Gentileshombres Lanzas y Arcabuces. "Era necesario mantener una suntuosa corte principesca. Ya al partir de España, solían formar parte del séquito del virrey setenta sirvientes y veinte esclavos negros, así como veinticuatro dueñas y doncellas para el servicio de su esposa" (p. 96, n. 3).
La magnificencia del Perú en recibir a sus virreyes fue proverbial.(...) "para el recibimiento en Lima (1682) del Virrey Duque de la Plata, "la aristocracia criolla empedró con barras de plata las dos principales calles por donde había de pasar el cortejo virreinal" (Atienza y Navajas, id., n. 4).
Lima era una ciudad fastuosa. A fines del siglo XVII, había cuatro mil carruajes, uno por cada familia española.
Las cortes virreinales fueron un factor de elevación del tono general de la vida. Bello ejemplo daba el Virrey del Perú, Marqués de Cañete, recibiendo en su casa a los hijos de los conquistadores para enseñarles -junto con la marquesa- buena educación y buenos ejemplos: "Los vecinos que tenían hijos  diéronselos para que le sirviesen, a los cuales en su casa les enseñaban toda buena crianza y policia (civilidad),  y les daba estudio dentro de palacio..." (cf. fray Reginaldo de Lizárraga: "Descripción del Perú, Tucumán, Río de la Plata y Chile", Academia Nac. de la Historia, Bs. As., 1999, p. 258).
13. "Tono menor": entre lo inacabado y lo exagerado
¿Por qué dicha élite era considerada de "tono menor" en relación a la peninsular? Porque, señala Lohmann Villena, ni la alta nobleza española echó raíces en suelo americano, ni hubo linajes locales que llegasen a formar parte de ella.
No obstante su genuino carácter nobiliario, el tono de esa nobleza fue en general provinciano y rústico. En el Tucumán, a fines del siglo XVIII, la clase dirigente "está... constituida por los propietarios rurales acomodados, nobles encomenderos descendientes de los hombres de la Conquista. ... suelen caracterizarse por un recatado pero arraigado orgullo de su linaje y por un tono natural de señorío, originado en la costumbre del mando y que aun en la pobreza conservan. Sus casonas sin lujo pero dignas, suelen carecer de cortinas y vidrios; pero tienen, traída a gran costo, un arpa, o acaso un piano.  Siempre, una o dos guitarras; y abundante platería. Libros, los pocos de cualquier casa hidalga de la península, predominando los de romance y devoción" (E. Palacio, p. 97, n. 1).
El tono de Buenos Aires no difiere del de las antiguas ciudades del interior y hasta es inferior en varios aspectos: "la frecuentación del mundo oficial y la conciencia de ser los mejores de la aldea les proporcionará una alta idea de sí mismos y el empaque que sólo ostentan las aristocracias de aluvión" (ibid.). Hay , pues , en la configuración de esas élites algo de inacabado que, instintivamente, se buscaba compensar exagerando lo accidental, como lo muestra el arrogante "empaque"de aquellos porteños.
Fue proverbial la ostentosa fatuidad de ciertos peruanos, que llevó a que se acuñase en España el mote de perulero como despectivo sinónimo de presuntuoso. El franciscano fray Salinas relata en tono mordaz que"en llegando a...Lima, todos se visten de seda, descienden de Don Pelayo y de los godos y archigodos, van a Palacio, pretenden rentas y oficios, y en las Iglesias se afirman en dos columnas abiertas, como el Coloso de Rodas, y mandan dezir Missa por el alma del buen Cid" (Lohmann Villena, p. 97, n. 3).
En Méjico se estilaba un lenguaje que de tan rebuscado llegó a ser ininteligible, cursilería que era tenida por refinamiento.
Cuando en el Perú los mercaderes y mineros desplazan del primer rango social a los beneméritos de Indias, "la respuesta de éstos es la exageración de su orgullo; piensan que la holganza es propia de los caballeros, y se dedican a la práctica del ocio, a la fatua ostentación, a la aparatosa cortesía..." (Roel, p. 100, n. 3). Esta mezcla de inercia y fatuidad indica un distanciamiento de sectores de la nobleza en relación a su fin propio, el servicio al bien público; y es agravada por los elementos de inorganicidad que el centralismo burocrático había ido introduciendo en la estructura de aquella sociedad.
14. Venalización, descaracterización y crepúsculo de la nobleza americana
En los siglos XVII y XVIII, sobre todo en el período borbónico  se da un substancial aumento de los títulos de nobleza otorgados a linajes americanos, falsa solución a problemas financieros -tan frecuente en el curso secular de la Revolución. En vez de reducir el hipertrofiado aparato burocrático-militar absolutista, se buscó aliviar la carga financiera introduciendo ese nuevo elemento de perturbación del orden social, con perjuicio para las élites genuinas.
La nobleza española y de Indias comienza a sufrir una evidente descaracterización: "las dignidades nobiliarias... desde ese momento, ya no pueden inmortalizar los especiales servicios para los que fueron creadas", dice Atienza (p. 102, n. 5).
 Fue ocasión para abusos que indispusieron hacia la Corona a numerosos elementos de la élite criolla tradicional.
Tal vez el efecto más pernicioso de esa venalización se da a nivel municipal, con la venta de puestos concejiles, que ocasiona dos situaciones anómalas: en algunas ciudades, los cabildos caen en manos de grupos de intereses económicos; en otras, de importancia más política, disminuyen los concejales, porque la aristocracia local considera dispendiosa e inútil la compra de los cargos.
A fines del siglo XVIII, en muchos lugares las clases patricias han perdido el interés por la función de cabildante, decayendo los respectivos concejos. Ilustra hasta dónde puede decaer un cuerpo social intermedio cuando el intervencionismo centralizador -con corona o sin ella- lo despoja de su organicidad.
Una política que redundaba en desvirtuar y coartar el desarrollo orgánico de la nobleza y élites congéneres sólo podía erosionar progresivamente la lealtad de esas clases hacia la Corona.
Hacia el fin del período hispano la nobleza de tono menor americana se halla en una relativa inercia: la élite rural refluye hacia sus intereses privados, aunque conservando con mucha independencia el gobierno de pequeños municipios; la aristocracia urbana ejerce cargos administrativos y militares subalternos y actividades privadas, distanciada en parte de la vida política, cuando no en sorda efervescencia contra el dirigismo de la metrópoli. Una y otra mantienen su alto prestigio e influencia. La vida en sociedad se refina bajo el blando gobierno de despreocupados virreyes, más abocados -"con la senil y moribunda ternura de todos los crepúsculos sociales" (Riva-Agüero y Osma)- a un diletantismo cultural y filantrópico, que a prevenir las convulsiones que se avecinan. Así las encuentra el asolador vendaval de la emancipación americana (cf. Palacio y otros, id., n. 2).
C - Una divagación histórica
Al mirar retrospectivamente la gran obra civilizadora de España, es natural que un espíritu noble, propenso a considerar en todo lo óptimo, la excelencia, el plus ultra, tienda a comparar aquella realidad histórica como se dio en concreto, con lo que podría haber sido en condiciones ideales; entregándose a una divagación histórica -que en realidad es una elevada y respetuosa indagación sobre los designios de la Providencia-, formulándose preguntas como éstas:
¿Cuáles habrían podido ser la fisonomía social y el rumbo histórico de América si la Corona hubiese hecho una resuelta opción preferencial por los nobles, estimulando el desarrollo de grandes estirpes vinculadas a la casa reinante?
¿Se habría producido una separación abrupta? ¿O podría haberse llegado a una forma de separación sin ruptura (ej. Inglaterra y algunas de sus colonias)? ¿O a otras modalidades más sutiles de partición del imperio, que redundasen en una continuidad político-histórico-cultural y en una íntima colaboración en el plano internacional?
Quienes sostienen que el ciclo del absolutismo representó un progreso en la evolución de los Estados, parecen no tomar en cuenta que su principal efecto -la hipertrofia revolucionaria del poder estatal y la simétrica atrofia de los cuerpos sociales intermedios- tuvo un carácter deletéreo para toda la vida social.
Camuflados bajo las brillantes apariencias de progreso, se estaban dando los primeros pasos de un movimiento internacional en favor del mito revolucionario de la época: el Estado perfecto e infalible, la sociedad organizada y gobernada mecánicamente según los dogmas del racionalismo en ascensión. En aras de tal mito se nivelaban, cada vez con más facilidad, legítimas jerarquías intermedias y se sacrificaban autonomías y derechos adquiridos de individuos, familias, municipios y regiones, cuando éstos no se encuadraban en los planes de los burócratas cartesianos, antecesores de los tecnócratas de nuestros días.
Si en los siglos XVII y XVIII la figura del rey absoluto representaba la "extrema derecha" del movimiento estatolátrico, en el siglo XIX la propulsión del mismo se trasladó a los ideólogos socialistas radicales. Y en el siglo XX es asumida por el comunismo que, soñando ya con una república universal, monta el gigantesco y monstruoso aparato estatal soviético.
De modo inadvertido, se iniciaba con el absolutismo regio la marcha hacia la implantación del super-Estado omnipotente y masificador. Los poderes de la época, preocupados con la expansión de las estructuras administrativas y su eficiencia burocrática, desatendieron paulatinamente la necesidad de estimular y proteger la vida local del pueblo, con sus clases, tradiciones y características diferenciadas; entre tanto iban creando las condiciones para que la sociedad pudiese transformarse en masa amorfa e inerte, para valernos de la luminosa distinción de Pío XII.
El centralismo que en España resultó de esa tendencia, al absorber los cuerpos y poderes intermedios existentes en América, perjudicó el buen desarrollo de muchas capacidades para modelar realidades sociales originales. Su anorganicidad generó, en la nobleza y demás élites afectadas, malestares y resentimientos que remotamente prepararon la ruptura. Bajo apariencias de estar creando instrumentos para conservar los dominios ultramarinos, se estaba preparando su pérdida.
Para conservar sólidos vínculos con las sociedades americanas, comenzando por sus élites, la Monarquía debería haber estimulado su desarrollo orgánico. Habría supuesto conceder sin regateos a la hidalguía criolla formas proporcionadas de poder autonómico local que, ejercido hereditariamente, permitiese la consolidación de estirpes oriundas de las propias regiones que gobernasen. E ir dando a esas élites mayor acceso a la nobleza.
Teniendo campo propicio para su desarrollo natural, esas estirpes habrían destilado arquetipos sociales propios de su región, mucho más representativos que los que de hecho llegó a haber. Su ennoblecimiento habría creado un clima de confianza y benevolencia por el cual esa hidalguía y élites, ejerciendo su función intermediaria, establecerían lazos más profundos de filiación, gratitud y lealtad hacia una monarquía abierta y acogedora hacia ellas.
La nobleza española trasladada a América debería haber sido más numerosa y de mayor rango, para elevar el tono de las sociedades locales sin menoscabo de su vida propia. Presidentes de Audiencias, gobernadores y virreyes deberían haber fomentado ese crecimiento orgánico , en lugar de cercenarlo. Y, ¿por qué no?, a su debido tiempo enviar para regir los grandes virreinatos a príncipes de su Casa Real, como tardíamente lo propuso el Conde de Aranda.
Se habría llegado así probablemente a resultados originales y adecuados a la realidad, como todo cuanto es sabiamente amoldado a las circunstancias. Tal vez, al llegar el momento natural de la separación, como sucede cuando los hijos alcanzan la edad adulta, habrían surgido fórmulas apropiadas para conservar una estrecha unión de linajes, ideales e intereses.
La historia de España enseña que esto es posible. Al morir Carlos V, la Corona y otras posesiones pasaron a Felipe II, mientras que el trono de Alemania pasó a su hermano Fernando. Se partía así el Imperio en dos entidades políticas diversas y soberanas, que quedaron indisociablemente unidas, durante 150 años.
Podrían citarse otros ejemplos: el Commonwealth británico, el Canadá, unido a la Monarquía inglesa por vínculos más culturales y afectivos que políticos, por eso más profundos y duraderos.
¿Habría podido encontrarse una solución análoga, con matices propios, para Hispanoamérica? Todo permite suponer que una nobleza vigorosa en América española y lusa, manteniendo estrecha unión con sus Coronas, podría haber favorecido la constitución de una familia de Estados Iberoamericanos que llegase a conformar el bloque de naciones más unido, fervoroso e influyente de la Cristiandad.
Una cosa es cierta: la herencia del Descubrimiento y de la Conquista era demasiado vasta y compleja para que la Metrópoli pudiese sobrellevarla por mucho tiempo, gobernando ab extrinsecum, sin haber confiado, afectuosa, subsidiaria y magnánimamente parte de la responsabilidad a las clases dirigentes locales.
*      *      *
Una pregunta final. Aquel gran bloque hispánico o ibérico, ¿podrá ser recreado todavía? ¿Por ejemplo, bajo la forma de una nueva y original entidad política? ¿Quizás de un nuevo Sacro imperio, constituido, bajo el patrocinio de la Santísima Virgen y para gloria de Ella, en la era de apogeo de la Iglesia que será el Reino de su Inmaculado Corazón, prometido en Fátima? ¿Un imperio hecho de naciones espiritualmente renovadas en el cual -así como las facetas de un diamante reflejan de modos diversamente espléndidos una misma luz- cada uno de sus pueblos reflejase determinados aspectos psicológicos y morales de la misma perfección de la Madre de Dios?¿A qué formas de elevación espiritual y riqueza cultural no podría llegar tal entidad política, orientada colectivamente en ese rumbo? ¿Y qué superlativo papel podría entonces caber a sus élites tradicionales, siempre que fueran fieles a su misión en las críticas circunstancias que deben anteceder a ese triunfo de la Iglesia?
El futuro a Dios pertenece; pero al iniciarse el tercer milenio de la Era de la Salvación, no es superfluo dejar que esta divagación concluya en tan luminosos interrogantes...
 

PARTE III - TRAS LA SEPARACIÓN DE ESPAÑA:
cambio de fisonomía, continuidad en la misión, apogeo y decadencia
La traumática separación entre la Metrópoli y sus posesiones americanas afectó profundamente la situación de la aristocracia criolla. Fragmentada Hispanoamérica en nuevas unidades políticas, éstas adoptan la forma de gobierno republicana y, llevadas por el mimetismo revolucionario del siglo, declaran abolidos los títulos y privilegios de la nobleza. No pocos nobles, bajo la influencia del soplo democrático igualitario de la Revolución Francesa, virtualmente abdican de su condición nobiliaria dejándola caer en el olvido.
A - Una nobleza despojada de sus títulos, con renovado predominio social
1. Paradójica situación de la nobleza americana después de la emancipación
Libre de las trabas del absolutismo, y manteniendo toda su hegemonía social, la nobleza americana -ahora sin títulos ni reconocimiento legal- será paradójicamente proyectada a una renovada situación de preeminencia.
La era de inestabilidad que se inaugura está marcada por incesantes disputas de poder entre volátiles caudillos regionales y cerebrinos conspiradores de ciudad, adeptos de las quimeras revolucionarias en boga. Las nuevas entidades políticas se convierten en laboratorios de utopías, experimentadas a sangre y fuego con una pertinacia que se juzga muy patriótica. Esa turbulencia, surcada de cruentas contiendas civiles, origina creciente fatiga y decepción. Las atenciones se vuelven entonces hacia representantes de la antigua aristocracia rural y urbana -vistos cada vez más como encarnación natural de la autoridad y custodios del orden- en busca de una dirección firme  y estable. La aspiración de orden hace que se sucedan intentos de restauración o instauración monárquica en todo el Continente.
Las élites tradicionales adquieren renovadas formas de poder e influencia, a veces mayores que las detentadas durante el melancólico ocaso del Antiguo Régimen.
Ejemplo característico es el joven estanciero rioplatense Don Juan Manuel de Rosas. Al margen del juicio que merezca su gobierno de casi un cuarto de siglo, es indudable que representaba la figura típica del aristócrata rural del tiempo, señor casi feudal. Mantenía una milicia propia, los Colorados del Monte, para defender sus haciendas de los indios, valiéndose de ella para hacer presión en favor del bando federalista.
Reunía el prestigioso "conjunto de atribuciones del estanciero pampeano", que incluían, como refiere Lucio V. Mansilla, hacer "de oráculo, de teólogo, de juez ..." , de autoridad policial-militar, y aún de médico. Con variantes, el tipo humano y el estilo de vida se reproducen en todo el antiguo imperio.
Algo similar ocurre en Méjico,. "Los escudos de armas podían haber sido destruidos, pero nadie intentó desbaratar el séquito de un noble. La estructura de la nobleza era una estructura familiar, y no había reforma que fuera dirigida contra el patriarcado o que lo pusiera en peligro" (D. Ladd, p. 115, n. 1).
Y concluye: "Ni las guerras de la independencia, ni la nueva república, destruyeron a la nobleza mexicana". Será necesario convulsionar artificialmente el país durante siete décadas a partir de la segunda mitad del siglo XIX, despojarlo de más de la mitad de su inmenso territorio y desencadenar revoluciones de corte marxista apoyadas por potencias capitalistas, para conseguir desestabilizar aquella brillante élite.
  
2. Afectividad, virtud católica y paternalismo
El estilo de vida adecuadamente llamado "patriarcal" es  característico de las élites hispanoamericanas, fruto de su arraigado es