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El presente ensayo aborda desde una perspectiva original algunas características de la civilización cristiana del Tucumán,como su carácter mariano, los encantos de la sociedad orgánica, las deformaciones del indigenismo y la leyenda negra, la causa común entre indios y españoles de la que surgirá la Argentina, el rol de la Nobleza y la formación de élites, el heroísmo, el sentido de lo maravilloso, los misterios del alma indígena, las posibilidades de una restauración de la Argentina auténtica a partir de sus fundamentos y de especiales gracias.
Esto abre un interesante debate, ameno y civilizado, que proponemos a nuestros amigos y lectores. Desde ya le agradecemos su participación y sus observaciones. Puede hacerlo mediante click en "Envíe su mensaje", a la izquierda de la página.

II Jornada Histórico-Genealógica del Tucumán y Cuyo

Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja - Octubre de 2003

(NOTAS: las notas en números romanos remiten exclusivamente a citas bibliográficas o documentales. Nos pareció necesario apuntalar nuestras apreciaciones con abundancia de citas, no para hacer gala de erudición sino para demostrar que las "luces del Tucumán" no son fruto de la imaginación. Están bien claras en los testimonios históricos para quien quiera verlas.

Por problemas técnicos con la página web LA GRAN ENTRADA, hemos debido intercalar en el texto las aclaraciones que iban como notas al pie de página. Lamentamos las dificultades que esto pueda crear para la lectura).

Apuntes para la ponencia:

"Devisadero" de luces doradas, en "...aquel reino del Tucumán"

Por Luis María Mesquita

Una visión de conjunto que reconoce y admira las luces de nuestra historia vs. indigenismo y leyenda negra

Nos proponemos abordar[1]ciertos aspectos marcantes de la historia del Tucumán, que ayudan a entender el proceso histórico y la identidad de esta región que cumplió el rol vital y glorioso de ser cuna y matriz espiritual de la argentinidad.

[1] El tiempo sólo permitió preparar "tant mal que bien" estas notas de apoyo a la ponencia. No se trata, luego, de un trabajo terminado, por lo que pedimos disculpas y agradecemos las críticas que contribuyan a mejorarlo.

 

Cuando no se les da el debido realce a esos aspectos , se obtiene una visión incompleta, o deformada, de nuestra historia. Y siendo ésta como la memoria de los pueblos, se deforma la noción de lo que somos como nación, quitándonos fuerza, verdadera unión y posibilidades de ocupar el lugar que la Argentina está llamada a ocupar, como exponente y defensora viril, en Hispanoamérica, de la civilización cristiana.

Se considera habitualmente que toda investigación, conforme a los cánones de la ciencia historiográfica, debe recorrer varias etapas. La primera, llamada heurística, busca y reúne documentos, testimonios, bibliografía, objetos materiales y todo elemento útil, punto de partida y acervo sin el cual la historia no se distingue de una novela. Reunido el material, se procede a una labor de análisis y selección.

Luego viene lo más difícil: interpretar los hechos, la fase hermenéutica. Esta nos lleva a elaborar una visión coherente, una síntesis. Finalmente, se corona la obra con la exposición de los resultados.

Procuraremos ajustarnos a esa metodología por ser hoy tan imprescindible o más que nunca. Pues la historia de nuestros orígenes permanece en la nebulosa para el público. Los propios docentes, en especial en las etapas que van hasta el fin del secundario -hoy llamado polimodal- son víctimas de una campaña de tremenda desinformación. Los manuales de "historia oficial" están plagados de semi-verdades y errores hábilmente ensamblados y condimentados, que presentan la obra conquistadora, evangelizadora y civilizadora de España en el Nuevo Continente como una verdadera maldición. Como un proceso dirigido por hombres sin entrañas que irrumpieron en una idílica América, poblada de maravillosas civilizaciones, constituidas todas por hombres felices, de buena fe, casi sin pecado original. Es la visión del llamado "indigenismo", versión actualizada y sumamente tóxica de la leyenda negra.

Nuestra experiencia como docentes y estudiantes de historia, que incluye la observación de clases, sirve de sustento a estas afirmaciones, como así también el desconocimiento y los prejuicios anti-hispánicos que afloran en los estudiantes. Hay clases que más parecen sesiones de adoctrinamiento de los niños, que revelan frecuentemente más sentido común -entendido como "buen sentido"- y más espíritu argentino y cristiano que quien intenta inculcarles el odio hacia lo que hicieron sus mayores, que fundaron esta patria.

Estos no fueron perfectos. No sólo cometieron los errores propios del ser humano, sino que les tocó actuar en la época renacentista, de grandes adelantos materiales, grandes emprendimientos, grandes intelectuales y artistas, pero también de un resurgir de tendencias paganas, sensuales, egoístas, que los movió a actuar muchas veces en contradicción con el espíritu de la civilización cristiana, del que eran necesarios y providenciales portadores. Pues Dios se vale de instrumentos humanos imperfectos para realizar grandes obras, sin desplazar la libertad humana, y "escribe derecho con líneas torcidas".

Los errores cometidos, las injusticias, crueldades, egoísmos, vinieron como anillo al dedo para los detractores de la obra grandiosa de la España misionera.

Nació la leyenda negra en las mentes de grandes agitadores revestidos del manto de piel de oveja de la falsa bondad demagógica. Luego fue corregida y ampliada por los cenáculos voltairianos que tanta influencia tuvieron en nuestra América , no sólo en tiempos de la Independencia sino ya a partir del despotismo ilustrado y el absolutismo vigente durante el Virreinato del Río de la Plata, institución que sólo duró tres décadas, pero que borró en la mente de muchos los 230 años anteriores, en que formamos parte del Virreinato del Perú, con todos los fueros.

Esto constituye una mutilación histórica evidente y tiene una causa. Fue durante aquel período de los siglos XVI y XVII que surgió en toda América con destellos especiales la civilización cristiana. Donde, en medio de limitaciones y fallas, hubo un florecimiento de hombres y mujeres ilustres, inclusive santos, de grandes fundadores y estadistas, de grandes instituciones como cabildos y universidades, de tradiciones de hondo arraigo popular.

Constituye ese acervo un tesoro magnífico que despide luces auténticas, que ningún artificio de los adversarios -usando palabras de León XIII- logrará obscurecer o destruir.

El blanco directo de la campaña de difamación fue la gran España de los Austrias [2] pero, a nuestro modo de ver, el blanco principal al que se apuntaba -y se apunta- por elevación es algo aún más grande, la mayor de las Instituciones: la Santa Iglesia Católica, inspiradora de la civilización cristiana hispanoamericana que fundó la Gobernación del Tucumán y lo que hoy es la Argentina.

 

[2] Entre los difusores de la leyenda negra en Argentina, Miguel Angel Scenna sitúa al Deán Funes, a quien caracteriza como un iluminista; así describe a esta corriente, citando a Cassani y Pérez Amuchástegui: "Su característica, desde el punto de vista intelectual, es la rebeldía contra la tradición. Para los iluministas, la tradición es una rémora constituida por un conjunto de supersticiones que la razón debe destruir ..."; "...la tradición confiaba en la Providencia; la razón en el progreso...". Respecto de D. Gregorio Funes, agrega: "...es evidente la reacción de Funes contra la tradición, representada por el pasado colonial español. Con él comienza la leyenda negra de los tres siglos de dominación hispana..." ("Los que escribieron nuestra historia", Ed. La Bastilla, Buenos Aires, 1976, pp.37-8).

Al leer el "Ensayo..." del Deán Funes, se advierte la intención de desprestigiar la obra de España para justificar ante la opinión pública la ruptura que se estaba produciendo a partir del movimiento de Mayo.

Luego de Caseros, de acuerdo a Scenna, surge una nueva generación de historiógrafos: "Su visión histórica -muy influida por los ideólogos de la generación, Esteban Echeverría y Juan Bautista Alberdi- será emplazar a Mayo como faro de libertad y democracia entre dos abismos de sombras, oscuras tiranías que trabaron el progreso argentino: de un lado, el largo período hispano..." (ibid., p. 53).

Sobre la leyenda negra y el indigenismo en nuestros días, recomendamos "Cristiandad auténtica o revolución comuno-tribalista - La gran alternativa de nuestro tiempo" de la Comisión Inter-TFPs de Estudios Hispanoamericanos - Coordinador: Alejandro Ezcurra Naón" (Ed. Fernando III el Santo, Madrid). Sobre el origen y desarrollo de la leyenda negra, la obra del Dr. Rómulo D. Carbia "Historia de la LEYENDA NEGRA Hispanoamericana" (Ed. Nueva Hispanidad - Buenos Aires); y también "Historia de la Argentina", de Ernesto Palacio, ed. Thea.

Obviamente, los difusores de la leyenda negra han sido ampliamente superados por los indigenistas en su embate corrosivo contra la tradición hispano-cristiana.

Así, en palabras de Manuel R. Trelles, llegaron "...las aberraciones hasta el extremo de anatematizar nuestra propia raza y la civilización que nos dio la existencia..." [i].

Sobre la parte de ese acervo precioso que floreció en estos reinos del Tucumán queremos hoy decir una palabra. Tema grande demás para poder siquiera resumirlo en una ponencia. Menos aún pretendemos hacer un insulso catálogo que haga perder interés a estas maravillas. Si logramos detectar aquí los brillos de algunos "tapaos", de esos tesoros semi-ocultos de esta minería del espíritu , para que junto con los ilustres participantes de esta "Gran Jornada" podamos rastrearlos, exhumarlos, admirarlos y darles el destaque que merecen, la tarea estará hecha. Manos a la obra, pues, en nombre de Dios.

 

Los "devisaderos" y los "Claros Varones" del Tucumán

El Tucumán, con sus cordilleras y cadenas montañosas, sus volcanes y nevados, sus valles y sus cuestas empinadas, es tierra de "devisaderos". Así le llaman los hombres de campo a los sitios de observación desde donde vigilan sus tropillas y majadas.

En Sañogasta, un viejo campero de esos que se vieron acorralados por nieve y viento blanco con la hacienda que llevaban a Chile, en el tiempo en que las vacas eran herradas para cruzar los Andes, sugirió el nombre de devisadero para la senda que, a guisa de calle, pasa frente a su casa.

El solar que fundara en uno de los bordos sañogasteños tiene una vista magnífica hacia la inmensidad del Famatina, y también contempla la capilla secular del Vinculado. Esa loma se llama el "Alto de los Alives" en recuerdo de antigua estirpe indígena que hoy perdura. Pero el pobre don Segundo Páez no tuvo el gusto de, antes de cerrar los ojos, ver concretado el anhelo de que la calle se llamara "devisadero". Pues a alguien dotado de poder de decisión, no le sonó bien este término, dicho en la forma castiza antigua propia que conserva la gente de campo. Por lo que, en homenaje a don Segundo Páez y a nuestros camperos y arrieros, que mantienen viva nuestra tradición, los invito a subir a este "devisadero" para ver las luces doradas que se levantaron sobre el Tucumán, muchas de las cuales quedaron encendidas para siempre.

Me refiero a una serie de hechos marcantes y -parafraseando a Fernando del Pulgar- a los Claros Varones del Tucumán que protagonizaron su historia.

Hablar de la historia del reino del Tucumán y evocar la "Gran Entrada" de Diego de Rojas, es una sola cosa. Y digo "reino" porque así lo nombran antiguos papeles, y la sabrosa evocación de fray Reginaldo de Lizárraga, que atravesó a pie "todo el reino de Tucumán"[ii] y porque sabemos que era uno de los reinos de ultramar de la Corona de Castilla, bien ganados por Isabel la Católica -y Fernando-, buena madre y reina de sus hijos indígenas, proclamándolos para todo y siempre vasallos libres de España.

El status correspondiente a este término feudal de "vasallo" fue una importante protección, inclusive para el indio enemigo o indio de guerra. En las Guerras Calchaquíes, los indios de guerra prisioneros, llamados "piezas", que fueron entregados como remuneración a guerreros, no pudieron ser esclavizados merced a esa condición de vasallos. Así declaró en ese acto el Gobernador Mercado y Villacorta: "...que no los daba por esclavos, sino que eran libres, [iii]y que no podían enagenarlos". Sobre el particular comenta la autora de la versión paleográfica de la relación de Calchaquí del Padre Torreblanca, Teresa Piossek Prebisch: "Según la ley, los indios eran vasallos del Rey. Por lo tanto, no podían ser enajenados" (ibid.).

Diego de Rojas, Jefe de la primera expedición destinada a descubrir el Tucumán, fue un caballero en toda la fuerza del término. Supo hacerse querer por indios y españoles. Conquistador de Nicaragua, participante en numerosas expediciones y batallas, tenía una posición holgada en el Perú de entonces. No tenía necesidad material de acometer nuevas empresas. Pero sí tenía necesidad espiritual, difícil de entender en épocas de sanchopancismo y masificación.

La sed de aventuras era característica esencial del conquistador. No se puede negar que había en esto un notable espíritu de sacrificio, que llegaba frecuentemente a la ofrenda de la propia vida.

Mucho del espíritu de caballería cristiana vivía en los conquistadores, a pesar del naturalismo y hedonismo neo-paganos que trajo consigo el Renacimiento, sin perjuicio de los grandes talentos de los humanistas y de los grandes artistas.

Para el caballero medieval, dar la vida por Dios y por el Rey, su representante en la tierra en el orden temporal, era una inmolación en aras de los más altos valores, que abría las puertas del Cielo. Recordamos una miniatura que representa a Roland, caído en el campo de batalla en lucha contra los infieles por fidelidad al Sacro Emperador Carlomagno, con la espada, Durandal -"qui bien tranche et bien taille"- y el olifante, mientras dos ángeles llevan su alma al cielo, delicadamente envuelta en una sábana que parece un arca o una navecilla blanca.

Aún en tiempos de la Revolución Francesa, los nobles y otras víctimas subían al cadalso entonando un himno que decía:

"c'est beau mourir pour le roi et la religión..."

"Es bello morir por el rey y la religión (católica)".

De modo que sed de aventuras y espíritu de holocausto comunicaban nobleza a quien no la tenía por nacimiento, y aumentaban la de quien, como Diego de Rojas, la llevaba en la sangre.

Nobleza y élites tradicionales análogas: virtudes heroicas y excelencia

La nobleza existió en el Tucumán oficialmente hasta los tiempos de la Independencia inclusive, como lo registran las crónicas de la época, al reunirse el Congreso de Tucumán. Se componía principalmente de familias descendientes de conquistadores, entrelazadas con otras. Entre los conquistadores , fundadores y primeros pobladores hubo no pocos que tenían nobleza de sangre.

La nobleza es un estado propicio para la práctica de virtudes heroicas. Así lo demuestra Plinio Correa de Oliveira en "Nobleza y Elites tradicionales análogas", esa obra calificada de "grito profético" por el Cardenal ecuatoriano Echeverría Ruiz, que marcó época, por su contenido, por la oportunidad, y por el coraje desinteresado del Autor en defender la visión católica del rol de la Nobleza y de las élites tradicionales análogas en una época en que las usinas de formación de la opinión pública prestigian al deportista exitoso, extravagante y nuevo rico, a la actriz o la modelo desprejuiciada, al periodista malintencionado que les sirve de vocero, al demagogo arrivista, que sabe halagar a las masas haciendo gala de su desprecio por la tradición.

El aspecto central de la obra nos parece que es mostrar la perennidad y actualidad de esa misión, que Pío XII subrayó en el siglo XX: "Hoy más que nunca estáis llamados a ser una élite, no solamente de sangre y de espíritu, sino aún más de obras y de sacrificios, de realizaciones creadoras en el servicio de toda la comunidad social" [iv].

El noble, en una civilización cristiana, tiene como características más destacadas de su misión la alta función de gobernar, el heroísmo al empuñar las armas en defensa del orden y la búsqueda e irradiación de la excelencia. Esto último explica por qué Juan XXIII comparó a los nobles con las flores.

La misión específica de la Nobleza fue abordada numerosas veces por Pío XII -y otros Papas-, cuyas alocuciones comenta y enriquece Plinio Correa de Oliveira. La propia Iglesia por medio de la liturgia, nos dice en un himno sagrado que María se nos presenta fulgurante, nacida de sangre real. Entre los tesoros doctrinarios de esta obra de pensamiento y acción, se encuentra lo que San Bernardino de Siena, franciscano y Doctor de la Iglesia, enseñó en un famoso sermón: que la nobleza de sangre es un don de Dios.

Y todos, nobles y plebeyos, podemos apreciar ese don, pues viene del propio Creador.

Esto no es un menoscabo, obviamente, para quienes no son de condición noble o no provienen de las meritorias familias que integran las élites tradicionales análogas a la Nobleza que hay en América, ya que cada situación y cada persona, de la más modesta a la más elevada, tiene su propia dignidad y un llamado a cumplir una vocación y ocupar un lugar, y practicar virtudes y desarrollar cualidades armónicas con la misión de cada uno, como veremos al tratar de la sociedad orgánica. Todos los lugares son importantes en una sociedad, y cada uno influencia a los demás, como en el cuerpo humano lo son y lo hacen todos los órganos, más allá que la más alta nobleza de una persona consiste en su dignidad de hijo de Dios, que está al alcance de todos.

Y hablando de influencia, qué responsabilidad para los nobles y los miembros de las élites tradicionales análogas, que poseen esa capacidad especial de irradiar influencia..., qué responsabilidad en el modo de irradiarla, si aplicamos la célebre parábola de los talentos. Sería interesantísimo investigar en el período hispánico cómo los hombres y mujeres principales ejercieron esa influencia, y cómo ello repercutió en los acontecimientos posteriores.

En los tiempos de Diego de Rojas, los aspectos medievales y caballerescos seguían vigentes. Los soldados que se enrolaban bajo su bandera, hacían la ceremonia más característica del feudalismo europeo: el pleito-homenaje.

"Luego de seleccionar a la gente, quedaba por celebrarse la ceremonia del pleito homenaje por la cual el enrolado quedaba moralmente ligado a su jefe. Arrodillado ante éste, colocaba las manos entre las suyas y le prometía seguirlo, obedecerlo y morir junto a él si fuera necesario" [v].

Más tarde, los vecinos feudatarios del Tucumán tendrían también sus escuderos, como los caballeros medievales [vi].

A mediados del 1600, también Pedro Bohórquez, luego de leído públicamente en la plaza el pleito homenaje, "se arrodilló a los pies del gobernador, y juró obedecerle en todo lo estipulado" [vii].

El vasallaje de origen feudal era un sistema de vínculo personal, muy diferente de la relación teórica e impersonal de la sociedad que siguió a la Revolución Francesa. Vasallo y señor estaban unidos por un compromiso mutuo; el señor debía proteger y ayudar a su vasallo y éste debía servirlo y ayudarlo, a su vez, acompañándolo a la guerra, defendiéndolo a riesgo de su vida si fuere necesario. Este compromiso recíproco, cuya garantía era el sentido religioso que animaba a ambas partes, se asumía formalmente en la ceremonia sacral del pleito-homenaje, en que señor y vasallo se obligaban ante Dios a cumplir sus obligaciones mutuas. Régine Pernoud aludió a la solidez y nobleza de estos vínculos, que hicieron del feudalismo el único sistema social basado en la fidelidad que existió en la historia [viii].

Afín con estas costumbres basadas en la lealtad incondicional es la relación del Vecino feudatario del Tucumán con sus "criados" y "paniaguados" -tema al que se refiere la Lic. Boixadós- personas que eran alimentadas, protegidas y mantenidas por él en su casa "a cambio de sus servicios leales e incondicionales" [ix].

Si el vasallo traicionaba a su señor, se lo consideraba felón, como a Ganelón por su traición a Carlomagno en la "Chanson de Roland". La felonía era un acto infamante en una época en que la honra valía más que la vida. Cuando el falso Inca Pedro Bohórquez traiciona el compromiso de vasallaje asumido ante el Gobernador don Alonso de Mercado y Villacorta, esta violación del compromiso asumido en el pleito-homenaje que prestara "como caballero", le acarrea pública infamia: "...después de lo cual el Gobernador lo declaró traidor y felón, aprestándose a luchar, convocando a las milicias de Salta, Jujuy y Esteco" (año 1658) [x].

Carl Stephenson, en "Mediaeval Feudalism" (Great Seal Books, Cornell University Press), advierte que no se debe confundir con un mero juramento de fidelidad, como el que se presta a la bandera. El hombre que se obligaba mediante el pacto feudo-vasallático, entregaba su fidelidad y su dedicación, quedando "moralmente obligado".

Diego de Rojas y la vital noción de causa común entre indios y españoles

Diego de Rojas era hombre "acostumbrado a ejecutar grandes empresas con pequeños medios". Sus dotes de mando y su arrojo aventurero, encontraban campo de acción en una sociedad precaria en lo material pero fuerte en su base moral y jurídica, cuya fuerza emanaba de aquellos principios, enraizados en hábitos que caracterizaban la sociedad de entonces.

A cierta altura de la Gran Entrada, se encuentra con los indios capayanes, que le cortan el paso. Intenta hacerles ver -dice Gregorio Funes [xi]- que viene en son de paz, para entablar lazos útiles a la causa común de españoles e indios y que no retrocederá mientras tuviera un solo soldado.

Esta visión clarividente del conquistador y teóricamente primer Gobernador del Tucumán, encarnada en la idea de una causa común que hermanaba a españoles e indios es digna de tenerse siempre en cuenta. Es lo que no entienden quienes sólo pueden concebirlos enfrentados. No comprenden que la construcción de una civilización cristiana[3] era un precioso bien común a lograr entre ambas partes en beneficio de todos.

[3] (*) nota: acerca de la civilización cristiana ver el apéndice, al final de estas notas).

Teresa Piossek nos cuenta este episodio, valiéndose de las crónicas con su lenguaje pintoresco.

El jefe indio Canamico, al mando de 1.500 guerreros indios, bien armados y de buena presencia, intenta frenar la pequeña hueste de españoles, a quienes acompañaban los indios amigos. Le hace saber a Diego de Rojas que si pasan la marca que hiciera trazar ex profeso, serían muertos inmediatamente. Las crónicas destacan que Rojas era "famoso por tener mucho cuidado del tratamiento de los indios" [xii].

El conquistador no se inmuta y envía al P. Galán con propuestas de paz. Amenazado por los indios, el padre vuelve, convencido de que sólo querían guerra. Pero Rojas lo tranquiliza, pues piensa que se trata de alharacas. No obstante, como buen capitán, previene a sus hombres que estén dispuestos en orden de batalla y se dirige a los indios acompañado sólo por un intérprete. Hidalgo elegante, monta su mejor caballo y recorre al tranco la distancia que lo separa del curaca y sus guerreros.

"Este lo vio avanzar -dice la autora- sobre el caballo, con la armadura brillando bajo el sol y sintió admiración, aunque no la reveló en su rostro (...)". Al acercarse, "(...) pudo observar la cara del capitán español, su barba plateada y su mirada de la que emanaba la inconfundible autoridad propia de los jefes verdaderos. Comprendió, entonces, que estaba ante un adversario difícil de pelear.

"Don Diego llegó hasta la marca que lo separaba de Canamico y recitó el requerimiento, que compendiaba los derechos dados a España por la Santa Sede, de extender la Cristiandad en América:

"-Yo, al igual que aquellos cristianos -díjo señalando a sus hombres- vengo de tierras donde se adora a un solo Dios creador del cielo y de la tierra, y obedezco al rey Carlos V. Si vosotros aceptáis adorar a ese Dios y obedecer a ese rey, seremos amigos; en caso contrario, no podré excusarme de haceros la guerra hasta venceros y compeleros a aceptar mis términos."

"Canamico escuchó con gesto adusto el sonido incomprensible del idioma del jefe español y luego la traducción del intérprete vertida a la lengua general. En respuesta repitió lo dicho antes: los recién llegados no tenían ningún justificativo para entrar a la tierra que pertenecía a su tribu desde siglos atrás."

Interrumpo el relato para aclarar que Diego de Rojas no venía a desalojarlos ni a someterlos militarmente; él pedía un lugar para descansar y aprovisionarse de alimentos.

"No habló más; él y sus indios se sumieron en un silencio amenazante, más denso a medida que transcurrían los minutos. Se trataba de un ardid muy bien estudiado, del que Canamíco se valía cuando fallaba la primera advertencia. Con él se proponía intranquilizar al contrincante al que, minutos después, a una imperceptible seña suya, sus guerreros cercaban, acrecentando la presión sobre sus nervios para inducirlo a cometer algún error.

"Sin embargo, ahora el contrincante era don Diego de Rojas quién sabia perfectamente que una de las armas más efectivas de un guerrero era debilitar el temple del oponente. Por eso permaneció impasible, primero mientras transcurría el silencio; después, cuando vio a los indios, con sus altos arcos, convergir hacia él. Entendiendo la malicia de la maniobra, en lugar de huir o pretender defenderse de ellos, los reprendió (valiéndose) del lengua para que éste se lo dijese al señor.

"Tales fueron la energía y la firmeza con que habló, que los flecheros se detuvieron. El curaca estaba sorprendido, pero tenía, aún, otro recurso: fingirse impotente para controlar los arranques belicosos de sus súbditos. En el rostro moreno se dibujó, entonces, una sonrisa burlona y replicó a don Diego que su intención en momento alguno había sido molestarlo, pero que sus indios eran tan malcriados que, aunque él se lo mandase, no le querrían obedecer ni dejar de hacer lo que hacían."

La escena que se desarrolló entonces, descripta con maestría, es simplemente magnífica:

"Rojas también conocía esas mañas dialécticas en las que los jefes indígenas eran tan hábiles e, irritado por la sorna del curaca, dio por terminada la conversación y poniendo las piernas al caballo, comenzó a escaramuzar a todas partes.

Se lanzaba a toda carrera en una dirección y bruscamente volvía hacia la contraria. Pasaba de la sombra a la luz y, cuando el sol iluminaba su figura, el morrión, el peto y la espada parecían estallar en relámpagos. El animal, ejercitado en ese juego de lucimiento y guerra, galopaba haciendo retumbar el suelo, saltaba obstáculos y se paraba en dos patas resoplando y chorreando sudor.

"Canamico y sus guerreros, que jamás habían asistido a tal espectáculo de potencia y bizarría, se espantaban al ver la velocidad del caballo y con la furia que andaba. Entretanto los españoles, al observar que el capitán no estaba ya en pláticas , a una señal suya arremetieron contra los indios. Tan veloz fue la operación española; tan sorpresiva y bien concertada que, en menor tiempo que el previsto lograron su propósito: desbarataron (a los contrincantes) y prendieron al cacique.

Este, finalmente, después del combate en que fue derrotado por las fuerzas hispano-indias de Diego de Rojas, (...) "mandó decir al jefe español que ofrecía la obediencia. Que no le matasen; que él traería de paz a toda su gente y entregaría muchos bastimentos y, sobre todo, que serviría al Dios de los cristianos y daría tributo al rey de Castilla. Rojas aceptó sus palabras y le trató muy bien porque... a pocos días cumplió todo lo que prometió [xiii].

 

 

El objetivo principal de la conquista fue la evangelización -

Obstáculos internos y externos

Este épico episodio nos entusiasma por el despliegue de coraje guerrero de Diego de Rojas, su maestría de jinete y la belleza de su caballo en movimiento.

También nos muestra aspectos dolorosos, como es la confrontación armada entre españoles e indios amigos con los indios de Capaya. Era imposible que el establecimiento de una civilización nueva no encontrara la oposición de los indios; por defender su territorio, por apego a costumbres ancestrales que tenían mucho de barbarie anticristiana e irracionalidad y por errores e injusticias de los españoles.

La introducción de la civilización cristiana requería fundar ciudades y colonizar tierras. Las ordenanzas reales prohibían despojar a los indios de las suyas. Era preciso atraer a pobladores con algún aliciente, de otro modo los indios nunca saldrían de su estado de atraso y paganismo. No era una misión simple. Pero era una misión. El Papa, como Jefe de la Cristiandad y Vicario de Cristo le había encomendado a España y Portugal evangelizar el Nuevo Mundo. De allí la legitimidad y conveniencia de la empresa conquistadora y evangelizadora, no obstante los actos de maldad que muchas veces cometieron sus protagonistas.

Es propio del hombre ser contradictorio y más en la época de que tratamos, la Edad Moderna, en que la filosofía de Maquiavelo, el racionalismo y las pasiones de los héroes mitológicos clásicos de moda, sumados a la rebelión protestante, asestaron duros golpes a la mentalidad católica de españoles y portugueses, que la Contrarreforma en parte remedió.

Las maldades e injusticias que cometieron los conquistadores y colonizadores son como manchas que no echan a perder el cuadro general. En primer lugar, porque no existen empresas humanas, y menos de la envergadura colosal de la conquista y colonización del Nuevo Continente, que puedan ser íntegramente buenas.

En segundo lugar, porque el intento, llevado a cabo con notable éxito, de establecer una civilización cuya norma fundamental era la Ley del Evangelio y las tradiciones de la Cristiandad, representaba algo muy grande y positivo, especialmente para el habitante autóctono de América.

Agréguese que, de no haber sido los castellanos quienes poblaron América, hubieran sido protestantes ingleses u holandeses con mentalidad de colonia y factoría, o "zee-roovers", ladrones del mar [xiv], sin interés misionero, sin amor caritativo al salvaje, sin el deseo de convertir, sin mártires de la fe, como los que regaron con su sangre nuestro inmenso territorio, y ahí la historia hubiera sido otra. No hubieran existido las luces doradas de la cristiandad del Tucumán. Basta observar el grabado de una colonia protestante, como la de Groß-Friedrichsburg [xv], cabeza de las colonias del Brandenburg luterano en la costa de Guinea, ciudadela amurallada que incluye administración y depósito de mercancías, y deja afuera las chozas de los naturales. En el acto nos golpea la falta de la iglesia, que brilla por su ausencia, al contrario de los pueblos del Tucumán, donde aún hoy la blancura de su torre la distingue desde lejos.

La historia quedó escrita en el rostro visible de la incipiente civilización argentina del Tucumán, empresa continental cuyo fin principal consta en innumerables documentos, que también brillan por su ausencia en los materiales didácticos actuales.

Fin luminoso resumido en esta frase del Virrey Toledo en carta a Felipe II: "Si es ansí que el principal yntento destas conquistas ha de ser la predicación del evangelio y ampliación de nuestra santa fe..." [xvi] . Esta idea rectora es también reiterada en las Ordenanzas de Alfaro, que regulan el número de indios de cada doctrina, en orden a la instrucción, puesto que "el título principal que Su Majestad quiere en las Indias, y el con que da las encomiendas, es para la doctrina de los indios" (sic) [xvii].

Hubiera sido imposible que esta empresa por principio civilizadora y evangelizadora no hallara obstáculos de toda clase. Entre los escollos se destaca la falta de entendimiento entre colonizadores y naturales, que dará lugar a numerosos enfrentamientos bélicos a lo largo de varios siglos. Razones profundas habría, pues continuarán mucho después de 1816, a despecho de varias generaciones de gobernantes anti-hispanistas, que gustaron de aquella idea falaz, acuñada en elegantes y subversivos salones enciclopedistas, del buen salvaje. Con la diferencia de que las campañas guerreras carecerán enteramente de afán evangelizador.

Hubiera sido de desear que nunca se hubiesen dado enfrentamientos militares como las Guerras Calchaquíes. Pero ya que, por el imperio de las circunstancias, fueron en su mayoría inevitables, conviene destacar dos cosas:

 

 

a) No fueron guerras de exterminio del indio

Que nunca se trató, del lado español, de guerras de exterminio, ni siquiera cuando los calchaquíes, en el Gran Alzamiento, se propusieron arrasar todo lo cristiano, tanto a lo hispano como a los indios amigos, matando por igual hombres, mujeres y niños; el exterminio del calchaquí, su principal y más poderoso enemigo, jamás estuvo en la mira de los españoles, por razones de caridad y justicia cristianas, por las leyes y medidas protectoras de reyes y autoridades, y porque, sin los indios, ¿qué sentido tenía la colonización? Menos en el Tucumán, donde no había siquiera las riquezas mineras de México o Perú. ¿Para qué, entonces, instalarse allí? Por eso, se decía: "las Indias, sin indios, no son indias".

b) Del lado hispano- cristiano siempre hubo indios amigos

No fueron, simplemente, guerras de dos bandos divididos por raza o interés. Para los españoles, revestía cierto carácter de cruzada pues, de prevalecer los calchaquíes, se hubiera extinguido la incipiente cristiandad, como lo muestran el asesinato de sacerdotes y misioneros, la quema de iglesias y la profanación y destrucción de objetos sagrados, durante el Gran Alzamiento Calchaquí y en reiteradas ocasiones.

Junto a los españoles, siempre estaban los indios amigos. Si bien a veces los apoyaban por odios tribales, la conversión y plena asimilación de la nueva civilización, compatible con todos los valores auténticos de las culturas autóctonas, demuestra que el indio actuó por propia convicción en el apoyo a los cristianos. Esto exigió de los naturales muchos actos de heroísmo, como aquel cacique Don Lorenzo del que habla el P. Torreblanca, que había estado con los españoles ya de niño y que, "arriesgando la vida en el caballo mejor... atravesó las tierras del enemigo" para darle noticias importantes al Gobernador Mercado y Villacorta durante las Guerras Calchaquíes [xviii].

Los indios tenían verdadera necesidad de ser civilizados y evangelizados

¿Acaso puede sorprender que el indio se inclinara a lo cristiano? ¿Cuántos pueblos, tanto o más reacios, "quemaron lo que adoraron y adoraron lo que quemaron", según la fórmula de San Remigio, apóstol de los francos? De esas "quemas" y esas "adoraciones" nacieron las grandes naciones que formaron la Cristiandad. ¿Por qué América debería ser una excepción?

Comenzando por el punto de vista religioso, "el alma humana es naturalmente cristiana". ¿Cómo no preferir una religión de esperanza en la felicidad eterna, de bondad y justicia, a otra basada en los sacrificios, la borrachera, el consumo de estupefacientes, la orgía frenética y la satisfacción de dioses maléficos, destructores, a los que había que aplacar ofreciéndoles vidas humanas? ¿Cómo no percibir en estas religiones idolátricas un estado de irracionalidad y esclavitud, de miseria y destrucción, íntimamente ligado al atraso del indígena, que en ciertos aspectos era de milenios con respecto al Occidente cristiano [xix] ? Pues a pesar de muchos elementos admirables, aún las civilizaciones más desarrolladas desconocían la rueda, los animales de tiro y el arado y carecían de herramientas de hierro. Peor aún, consideraban normales prácticas aberrantes.

El propio arte indígena, según José Pijoan, es un arte inquietante, reflejo de los peligros, temores e infelicidades que poblaban la vida del indio.

No podemos valorar debidamente el beneficio inestimable que nos hizo España de traer la fe y la civilización si no tenemos en cuenta los aspectos terribles de la existencia de los indios, que autores como Ibarra Grasso en la "Argentina Indígena" detallan. Y que los "apóstoles" de los manuales indigenistas desconocen.

No es grato recordarlo, pero la metodología de la historia y el sentido de la verdad nos obligan.

El canibalismo de ciertas tribus que llevó al exterminio de pueblos enteros; el infanticidio, aún vigente, según ciertos aventureros actuales del Gran Chaco, entre los guaycurúes; la caza de cabezas, aún vigente entre los jíbaros; la costumbre de los guaraníes de hacer que los prisioneros engendraran hijos con las propias guaraníes, para comérselos; las grandes espinas que se clavaban los payaguás en los peores lugares, siguiendo extraños ritos mesoamericanos; la amputación de los dedos de pies y manos que, en señal de duelo, hacían los charrúas por terror a los muertos; las heridas que se infligían, las ordalías de iniciación de jóvenes, a quienes cortaban la piel dejándolos estaqueados al sol cerca de los hormigueros, para ser picados por las hormigas de la selva.

Los diaguito-calchaquíes del Tucumán, marcadamente más civilizados en otros aspectos, no eran del todo una excepción. El odio entre tribus, en el Valle Calchaquí, era mayor que el odio al español, sostiene Adela Fernández Alexander de Schorr [xx]. Eran famosas sus crueldades con los prisioneros y en las zupkas o lugares de culto citados por el Padre Lozano "se realizaban también sacrificios de animales y algunos humanos, con especial derramamiento de sangre" (o.c., p. 352) [xxi].

Una luz preciosa: la abertura del natural a la Fe católica

Por eso debe computarse como una de las luces más preciosas de nuestra historia la abertura del natural a la Fe católica, como aquel don Juan Calchaquí hijo, que"sintió emoción al recibir bautismo y oír misa cantada y contemplar las usuales, tocantes ceremonias religiosas", como refiere Roberto Levillier [xxii]. Otro ejemplo fueron los temibles chiriguanaes, que pedían maestros que los instruyan en la fe. El intento de satisfacer ese pedido fue atendido generosamente por los mártires de Santa María de Jujuy, Pedro Ortiz de Zárate y Juan Antonio Solinas, quienes sabían muy bien que se exponían a ser muertos por los tobas antes de llegar a los chiriguanaes [xxiii].

El alto valor de la evangelización para los indios se percibe en la conmovedora escena en que los caciques y principales, "hombres de posición", como los llama el P. Torreblanca, se colgaban del cuello de su mula y derramaban lágrimas de pena, diciendo: "¡Cómo que nos dejas, Padre!", cuando el misionero se vio forzado a abandonarlos para salvar su vida de los indios alborotados por Bohórquez [xxiv].

Su abertura a otros aspectos de la vida civilizada

Pasando a otros campos de la vida, tan vitales en una economía natural, podemos revivir la fascinación de los indios por los caballos, las vacas y tantos animales nuevos que llegaban. Fue como asistir a una segunda creación, sin hablar de los cultivos, los frutales, el trigo que hace pan, la vid y tantas otras maravillas "de Castilla".

Y los cultivos con animales de tiro... y las carretas que librarían de la carga sus espaldas, conforme las Ordenanzas de Abreu...

Y los ropajes de los españoles, vestidos con orgullo hasta el día de hoy por las cholas cambas o potosinas, en elegante simbiosis con sus propios aguayos y mantas.

A pesar de la pobreza inicial del Tucumán, se registran en el Ibatín de principios del siglo XVII vestidos de terciopelo y plata, que impactaron al indio con su marcado gusto por el atavío colorido y su espíritu de lo maravilloso.

Cuenta Teresa Piossek que: "Entre la clase dirigente surgió una élite adinerada, amante del buen vivir que se hacía servir por esclavos -signo de poderío económico-; que usaba vajilla de plata y de cerámica de Talavera, moblaje de cedro y nogal fabricado en Ibatín o traído de allende el océano. En cuanto a la vestimenta, si hubiéramos visto a aquellos aristócratas de la primera San Miguel luciendo sus galas, nos hubiéramos quedado admirados.

"Ellas, con vestido de terciopelo verde, morado o carmesí guarnecido de pasamano de oro. Manto de gasa con puntas de abalorio. Turbante de flores escarchado. Guantes... de seda azul labrados en oro y plata. Medias de seda. Chapines de terciopelo carmesí de la China con pasamano de oro. Zarcillos y ahogadores de perlas.

"Ellos, con ropa a menudo confeccionada con tejidos fuertes como la jergueta, aunque, para las grandes ocasiones, les gustaba usar vestimenta adornada, realizada en telas ricas: valones de raso morado de la China. Medias de seda morada, capa y ropilla de lanilla con jubón y valones de raso negro. Sombrero negro de Castilla, aforrado. Cuellos con sus puños. Jubón de tafetán negro de Méjico. Randas para valonas.

"La elegancia masculina se completaba con joyas tales como un mondadientes de oro y con tríos y pretina bordados de los que pendía la espada, más el jaez del caballo como aquél de plata de terciopelo morado, que se menciona en el testamento del caballero Nuño Rodríguez Beltrán, del año 1610" [xxv].

 

La etapa fundacional: tierra de promisión y grandeza -

Nace la Argentina bajo el signo de la cruz

Las referencias a la primitiva San Miguel nos llevan a la época de nacimiento de las ciudades. La Gran Entrada de Diego de Rojas permitió a las autoridades del Perú intentar esa segunda fase, de importancia capital, que fue la etapa fundacional.

Es tocante evocar la acción del Capitán Juan Núñez de Prado, fundador en 1550 de la primera ciudad argentina, la Ciudad del Barco, que luego se convertiría en Santiago del Estero por acción de Aguirre. Esta fundación, mencionada mecánicamente en los manuales, reviste tal importancia que el distinguido amigo D. Alejandro Moyano Aliaga llama a la escritura que entonces se labró "el acta de nacimiento de la Argentina como nación" [xxvi]. Hecho que registra otro amigo, el Dr. Prudencio Bustos Argañaraz, en obra que merece señalarse como lo contrario de aquellos desinformantes manuales indigenistas.

Según el testimonio nada sospechoso de Gregorio Funes, la nueva provincia adelantó más por la dulzura que por la coacción, lográndose la sujeción voluntaria de diversos grupos indios.

Lo esencial en esta sujeción voluntaria de los indios fue la evangelización, propiciada por Núñez de Prado "con exquisito esmero" a través de los padres mercedarios que lo acompañaban. Son ellos los primeros apóstoles del Tucumán, y merecen un crédito especial. Bajo su acción, indios y españoles se reúnen para rezar, asistir a los Santos Sacramentos y confraternizar, llegando a sellar una verdadera alianza.

Da gusto imaginar las cruces erigidas por Núñez de Prado y sus misioneros que comienzan a poblar y bendecir los campos, a las que el gobernador concede un especial derecho de asilo y protección. La veneración de los naturales a la Santa Cruz comenzó así [xxvii] y luego sería promovida por San Francisco Solano, que gustaba de ponerlas en los cuatro puntos cardinales de las ciudades, y por todos los Apóstoles del Tucumán.

Esto marca la presencia decisiva de sacerdotes y misioneros desde la primera hora. Cuánto habría para decir de su esfuerzo por entender la psicología del indio y las lenguas, frecuenemente ásperas, como la kakana, cuya gramática escribió el Padre Alonso de Barzana, el que ganaba las almas de los salvajes "haciéndose indio con los indios". Muchas veces entregaron su vida sufriendo espantosos martirios.

 

 

Núñez de Prado y la etapa de las fundaciones

Principia con Núñez de Prado y sus sucesores la fundación de las ciudades argentinas, para mejor ganar sus almas, dirá luego don Felipe de Albornoz. Era una acción doblemente estratégica. Por el rol de la ciudad, ámbito privilegiado para la asimilación del indio y la fusión de razas.

Y por el acierto con que Virreyes como don Francisco de Toledo, Oidores como Juan de Matienzo y hombres como Zurita, Cabrera y Ramírez de Velasco eligieron puntos vitales con visión de futuro, buscando conectar el Tucumán con los centros neurálgico, Lima, los Charcas, Chile y Asunción. Buscando con ilimitada audacia emprendedora una salida al mar, para mejor comunicarse con España y dar salida a los productos de las industrias y encomiendas tucumanenses.

Fue toda una generación de grandes hombres la de los "claros varones del Tucumán", impulsores de una colonización ordenada y emprendedora, que aspiraba a llegar a Tierra del Fuego, sin detenerse ante nada. Roberto Levillier la evocó magistralmente y la hizo salir del cono de sombra al que intentaran reducirla los "nigrolegendaristas".

Surgen así ciudades de historia y de leyenda, con nombres bellísimos que no nos cansamos de pronunciar: Santiago del Estero, San Miguel de Tucumán y Nueva Tierra de Promisión, Córdoba de la Nueva Andalucía, Londres de la Nueva Inglaterra, que daría lugar a San Fernando del Valle de Catamarca, San Felipe de Salta, San Salvador de Velasco, en el Valle de Jujuy. Sin olvidar a Córdoba de Calchaquí, Nuestra Señora de Talavera, Esteco, Cañete, Madrid de las Juntas y otras, trasladadas o abatidas por el furor calchaquí y las calamidades.

Así nació esta Ciudad de Todos los Santos de la Nueva Rioja, que hoy nos recibe con su cálida hospitalidad, obra de los desvelos y del espíritu de fe del Marqués de Cañete, Virrey del Perú, y del célebre fundador, General Juan Ramírez de Velasco.

Qué lindo ejercicio psicológico sería intentar deshilvanar los sueños de tantos estadistas y fundadores cuando meditaban en el bautismo de las ciudades, con nombres evocativos en que se combinaban los santos, los linajes ilustres, las ciudades natales de Virreyes y altas autoridades del Perú en esos tiempos de cortesía.

Podríamos emplear aquella sensibilidad finamente inteligente y aquella inteligencia finamente sensible que propicia la escuela histórica inspirada en la filosofía de Goethe.

Así, como expresión de planes, de aspiraciones y de sueños, surgían ciudades como la del Barco y Nuevo Maestrazgo de Santiago, San Juan Bautista de la Rivera de Londres y sus hermanas. Parecen juegos de palabras que invitan a pasear con la imaginación (elemento esencial de la historiografía) por encantadoras riberas en un Londres legendario, situado en un lugar perdido de los valles catamarqueños, con brumas que no emanan del Támesis sino de los Nevados del Aconquija.

La ciudad antigua del Tucumán tiene poesía. Divaguemos un poco con San Miguel de Tucumán. Imaginamos una ciudad como ese Toledo que pintó el Greco, soñando que lo miraba desde el Cielo. En el centro se erige una bella catedral como la soñada por la fantasía de Felipe Huamán Poma de Ayala, y en su cúpula -como en el Mont Saint Michel- se alza el Arcángel con su espada de fuego desenvainada, el Príncipe de la Milicia Celestial, fuerza y amparo de los que combaten bajo el estandarte de la Cruz. El de los ojos como lámparas ardientes, el de la voz como el rugido de las multitudes, el vasallo fiel, de los coros inferiores, que se levantó en armas con el grito de guerra que es su nombre, "¡Quién como Dios!" a pelear la batalla más terrible contra el usurpador orgulloso, expulsándolo de la corte celestial por querer ser igual a su Señor y Creador.

Nos preguntamos también en qué pensaría Villarroel cuando no trepidaba en nombrar a esta ciudad una "tierra de promisión"...

La habrá considerado, por lo pronto, en su belleza y abundancia, con perfume de cedros y nogales, y dorada como la miel: "Es tierra muy abundante de comidas... se saca madera de cedros y nogales para todos los pueblos de la tierra porque es muy abundante de ella.... Es de muchos ganados, cazas, pesquerías y mucha miel..." (Pedro Sotelo de Narváez sobre el campo tucumano [xxviii]).

Sí, sería fascinante saber qué sentían al establecer en las grandes latitudes agrestes focos civilizadores y evangelizadores, erigiendo en su mente conventos, casas señoriales y fincas sobre vegas y pedregales, aplicando las Leyes de Indias, cuya sabiduría quedó probada por el progreso de las fundaciones realizadas.

Leyes de Indias, arte de gobernar

La mención a este cuerpo de leyes orgánico, adaptado a las realidades concretas, con elasticidad tal que dejaba a las autoridades locales la posibilidad de no cumplirlas, cuando hubieran una mejor solución, nos habla de esos beneméritos monarcas de la Casa de Austria, con su forma peculiar de gobernar, cuyo máximo exponente fue Felipe II. Era un gobierno que se basaba en la tradición y el buen sentido y constituía un verdadero arte de gobernar. El rey más fuerte de la Cristiandad , incansable promotor, era eximiamente asesorado e informado por sus ministros y el Consejo de Indias, eficaz organismo que desarrollaba una permanente tarea de investigación de los reinos de ultramar, con sus cronistas, naturalistas, cosmógrafos y hombres de ciencia. Los especialistas dictaminaban, y el rey decidía; representaba el sentido común del pueblo español y en él se inspiraban los hombres del Tucumán que sabían guerrear, gobernar y administrar justicia admirablemente.

Este arte de gobernar recuerda la forma de proceder de los jueces, que recurren a peritos en busca de informaciones técnicas para el mejor conocimiento de los hechos, pero son los magistrados y no los técnicos quienes interpretan los hechos aplicando las "reglas de la sana crítica" de nuestras leyes procesales.

La poesía y la grandeza de miras que subyace en los nombres de estas ciudades legendarias, constituyen promesas de que aquellos sueños, parcialmente realizados con gran crédito para la España misionera y civilizadora, se verán cumplidos con creces algún día. Pues Dios, dice Santa Teresita del Niño Jesús, nunca da deseos imposibles, aunque en materia de vida de los pueblos su cumplimiento depende de factores imponderables y de los misterios de la historia.

Felipe II y San Pío V: su rol en la organización jurídico-institucional del Tucumán

Cuando estaba madurando este proceso fundacional, don Felipe II crea la Gobernación del Tucumán, Juríes y Diaguitas, por real cédula del 29 de agosto de 1563. Este fue un paso decisivo que desvinculó la región de la dependencia de la jurisdicción chilena, poniéndola bajo la autoridad de los Virreyes del Perú en lo político, y de Charcas en lo judicial. Esta afinidad con el "Perú de los Reyes" le dio ese carácter de "salón habsburguiano" al que aluden ciertos autores, en contraposición al "salón borbónico" que sería más tarde Buenos Aires. Se fue configurando así una personalidad propia, diferente de la pampeana y litoral, y de otras, como una variedad dentro de la unidad de la nación argentina. Con marcado carácter de fe, señorío y tradición, afín con aquella peculiar España de los Austrias, la España del Siglo de Oro.

Y así, el Tucumán iba tomando forma en todos los aspectos.

"Había quienes, desde la distancia, veían con fe el futuro de San Miguel" [xxix]. Esta fe en el futuro alcanzó a toda la Gobernación. A instancias del rey católico, San Pío V crea en 1566, el Obispado de la Santa Cruz del Tucumán en Ibatín, ratificándolo en la bula del 10 de mayo de 1570. La sede episcopal se estableció, no obstante su denominación, en la ciudad más antigua, sede de las autoridades de la Provincia, Santiago del Estero, y más tarde pasó a Córdoba.

Sucedía esto cuando las dos grandes cabezas de la Cristiandad, que desde el Viejo Continente veían y hacían surgir al Tucumán con sus respectivas potestades, forjaban una alianza para defender la Cristiandad del dominio musulmán. Alianza que, en Lepanto, la mayor batalla naval que vieran los siglos hasta entonces, alcanzarían decisiva victoria sobre el poder de la media luna en el Mediterráneo. Al frente de toda la Armada católica se encontraba don Juan de Austria. El experimentado marino genovés Andrea Doria, jugó un papel destacado al mando de la flota española y lo mencionamos por las ramificaciones, aún no bien investigadas, del linaje de los Doria en el Tucumán.

La gran batalla se ganó el 7 de octubre de 1571 gracias al coraje y buen pelear de los cristianos, que se prepararon espiritualmente para el tremendo lance, y sobre todo gracias a la intervención decisiva de la Virgen del Rosario, visible para ambos bandos. Descubrimos con emoción en el Archivo de Charcas la real cédula que envió Felipe II, cuya copia conservamos, dando cuenta a América de lo acontecido.

Podemos imaginar los festejos y acciones de gracias de nuestros abuelos en el Tucumán, asociándose a toda la Cristiandad, de acuerdo al pedido del rey, que trasunta sobriedad, piedad y humilde grandeza.

San Pío V y Felipe II son dos grandes figuras fundacionales de la civilización cristiana del Tucumán. En sus respectivas esferas encarnan las "dos majestades", la espiritual y la temporal, que tenían a pecho servir los hombres de aquellos tiempos, "como fieles y leales vasallos". A ambas majestades les debemos el haber tenido Gobernadores y Obispos propios, pilares del desenvolvimiento institucional y espiritual de la Argentina naciente.

Grandezas auténticas

Esas ciudades del Tucumán, que los conquistadores con visión superior de las cosas consideraron "de promisión", vieron sucederse hechos notables -aunque algunos escriban que nada de grande se vio aquí, como en oportunidad de la última celebración de la fundación de la ciudad de La Rioja (mayo de 2003). Habría que ver a qué llaman grande.

Por ejemplo,¿qué calificativo le corresponde a un hombre que resucita muertos, abre el paso de ríos crecidos, da de comer a pobres viajeros perdidos en los 700.000 km cuadrados de la Gobernación los pescados que saca del agua con un hilito y un anzuelo que siempre lleva encima? Un hombre que aprende en meses las complejas lenguas indígenas y las habla mejor que ellos. Un hombre que predice cosas futuras y ve ocurrir otras que están fuera de su alcance. Un hombre que frena a 9.000 indios de guerra, que vienen a saquear y a destruir la Ciudad de Todos-Santos, con la fuerza sobrenatural de su palabra. Que es entendido por indios y españoles, aunque hablan distinto idioma. Que esos miles de indios, aproximadamente la mitad de habitantes de la actual provincia de La Rioja, tocados por una gracia especial, se hacen cristianos, permanecen tres días en la ciudad, sin desmanes, sin conflictos, para disfrutar de la compañía de este taumaturgo, Padre Francisco Solano, lo que cada año evoca el pueblo riojano en la famosa ceremonia del Tinkunaco [4].

[4] Lamentablemente, el desconocimiento de la historia del período hispánico se presta para grandes omisiones y tergiversaciones. Muchos desconocen la relación entre San Francisco Solano y la celebración del Tinkunaco; y hay quien sostenta que no está probada la presencia del santo en La Rioja (¡!!). Felizmente, son abundantes los testimonios del proceso de canonización, transcriptos en obras como "El Apóstol de América, San Francisco Solano" de Fray Luis Julián Plandolit, O.F.M., Ed. Cisneros, Madrid, 1963 . Sobre la presencia del Apóstol de América en La Rioja, dice Fray Contardo Miglioranza, O.F.M.: "La Rioja (...) fue la ciudad que más mercedes espirituales y temporales recibió del siervo de Dios y que mejor memoria guardó de ellas en el proceso de beatificación, gracias, sobre todo, a los testimonios del licenciado Manuel Núñez, cura y vicario en La Rioja.

Ante la posible circulación de esta grave omisión histórica, nos permitimos transcribir palabras de la mayor autoridad en la materia, Cayetano Bruno, S.D.B., autor de la "Historia de la Iglesia en Argentina" (12 tomos), comentando una fotografía de la ceremonia del Tinkunaco, que se realiza el 31 de diciembre, al mediodía, correspondiendo a la antigua renovación de autoridades, durante el período hispánico: "La Rioja. Procesión de San Nicolás de Bari. Los alféreces o bando español van al encuentro de los ayllis o parcialidad de naturales, portadores del Niño Alcalde, para conmemorar el encuentro de San Francisco Solano con los nueve mil indios infieles" (o.c., t. I, p. 511).

Esta es grandeza auténtica, que debemos asumir con "humilde grandeza", parafraseando a Pío XII, si queremos aceptar el legado de la historia y conectarnos con la tradición viva, cuya permanencia es toda una lección, de esas que Dios revela a los pequeños y niega a los soberbios.

Y ocurrió en esta ciudad, señores, en que tenemos el gusto de encontrarnos para evocar estos acontecimientos olvidados o malinterpretados, cuando uno piensa con la mentalidad actual y no se pone en la perspectiva de los hombres que vivieron los sucesos de la Semana Santa de 1592.

En esos tiempos, también se había secado un río. Podemos imaginar lo angustioso de la situación, de por sí precaria, de la ciudad nueva que intentaba afianzarse, sin agua para regar los incipientes cultivos. El Cabildo y los vecinos salen a buscar agua. Todos "iban casi desconfiados -dice un testigo- porque no hallando agua habían de despoblar la ciudad". Estaba en juego nada menos que la subsistencia de La Rioja.

Fray Francisco Solano, sumándose a la comitiva, los anima e invita a la confianza. Al llegar a una quebrada, hiere con un palo la tierra y anuncia: "Ya viene al agua que Dios nos la envía". El portentoso evento fue narrado por fray Juan de Castilla en los Reyes, el 23 de octubre de 1610 y corroborado por "multitud de contemporáneos" que "refirieron el mismo prodigio de 'la fuente del padre Solano' [xxx]". Prodigios similares consta por testimonios y tradición oral que obró el santo en lugares como Trancas Viejo (Tucumán), cerca de Metán (Salta), y en Río Hondo (Santiago del Estero). Este último lugar, al parecer, fue bautizado por él, cuando, venciendo el río dijo: "Hay tenéis a vuestro Río Hondo"; en el paraje de Agua Santa, mana la vertiente que él hizo brotar, como lo cuentan a coro, en graciosa competencia, los niños del lugar.

Estos acontecimientos sucedieron a un año de fundación de la ciudad, en los tiempos del General Juan Ramírez de Velasco, otro varón de quien tanto habría para contar y aún para cantar, si hubiera más bardos con sensibilidad por lo argentino y menos adictos a la propaganda masificante.

Ramírez de Velasco representa un tipo humano que es necesario evocar, el del gobernante justiciero y efectivo, dedicado y emprendedor, amigo de los indios, que sabe utilizar la fuerza y la dulzura, con visión de futuro, ya que fue el primero en concebir la Argentina en su forma actual.

Los Santos Patronos y la vida de los pueblos -

El incendio de Ibatín, 28 de octubre de 1578

La intervención de los santos patronos, cuando no los de carne y hueso, era parte de la vida cotidiana de los pueblos del Tucumán. Confianza y devoción que se mantienen hasta el día de hoy, como testimonio de un gran "flash", de una gran manifestación original.

Nuestra tradición histórica, en ciertos casos, atribuye la subsistencia de las ciudades a la protección especial de los patronos. Así como San Francisco salvó a La Rioja de ser arrasada por los diaguitas y de la sequía, a los Apóstoles San Simón y San Judas se atribuyó intervención decisiva en la defensa de la ciudad de San Miguel, en Ibatín. El suceso fue relatado por diferentes cronistas, y lo cita Celia Terán en su libro sobre "Arte y Patrimonio en Tucumán: Siglos XVI y XVII" [xxxi] .

"(...) el 28 de octubre de 1578, el día de la fiesta de dichos Apóstoles, se produce una brutal acometida de los aborígenes, liderados por el cacique Gualán, indio de talla descomunal, quien en horas de noche 'mató parte de los habitantes, pegó fuego a las casas, que todas hubieran quedado reducidas a cenizas a no haberse aparecido (...) los Apóstoles San Simón y San Judas, cuya fiesta se celebraba aquel día, en un torbellino de relámpagos que espantó a los bárbaros y los obligó a huir precipitadamente. Gualán fue del número de los muertos y los dos Santos Apóstoles fueron reconocidos solemnemente por patrones de la ciudad'. Y el cronista (nota: el P. Francisco Charlevoix) prosigue diciendo que 'más tarde, trataron varias veces los Calchaquíes de arruinarla, pero siempre inútilmente; y la piedad de los habitantes les ha hecho atribuir perpetuamente su conservación a la asistencia de sus santos protectores'.

"El gran predicamento que tuvieran estos Santos, que la tradición popular nominaba, cariñosamente, como 'Los Galleguitos', hizo que merecieran un oratorio especialmente dedicado a ellos en la vieja Ibatín. En efecto, en 1637, se documenta el hecho de que a un reo se le condona su pena por haber elegido a la Ermita de estos Santos tan venerados, como refugio. Con este simple acto, se demuestra la gran devoción que la comunidad les tenía, lo que le vale su inmunidad ante la justicia ordinaria."

Es pintoresco lo del reo que se salva en la ermita de los Santos y pinta el ambiente del Tucumán de entonces.

"(...) en 1678 y 1679 -continúa el texto de Celia Terán- dos potentes crecientes prácticamente terminarán con su estructura, por lo que los Santos debieron ser trasladados a la Matriz, desde donde se lo llevará al nuevo sitio de San Miguel de Tucumán en La Toma. Es de destacar que el dato de la inundación de dicha Ermita fue muy esgrimido por los gestores del traslado, como un valedero argumento a su favor".

Estas sagradas imágenes de los Patronos se veneran en la Catedral de San Miguel de Tucumán.

El amparo de la Virgen al Tucumán -

Testimonios de autoridades y actas capitulares

El rol de Nuestra Señora en los planes de Dios

Al invitar a los amigos a esta Jornada, aludimos al surgimiento de una civilización cristiana al amparo de la Virgen. A primera vista puede parecer un mero gesto de piedad, pero tiene su fundamento en la tradición y en la historia.

Dios, como Autor del alma humana, sabe que nuestra pequeñez necesita llegar a su infinita Grandeza por medio de una Madre. En la Cruz, al morir, Nuestro Señor Jesucristo le dice a San Juan, y en él a todos los hombres: "Hijo, he ahí a tu Madre".

Dios es perfecto y no necesita de nadie, pero quiso en su Sabiduría poner como intercesora a esa Mujer que el Apocalipsis nos presenta coronada con 12 estrellas.

Dios, que hizo el firmamento y las estrellas, las flores delicadas y los océanos inmensos, las cascadas y los cerros de inaccesibles cumbres nevadas, que hizo Angeles y almas humanas capaces de arte y pensamiento, de organizar un estado, de fundar una civilización, quiso coronar todo eso con una obra maestra. Esa obra maestra es la Virgen, a quien puso como Reina y Señora de todo lo creado. Y todo lo creado es gobernado por Ella. Cuando las naciones se abren a su influencia, florecen; y cuando se cierran, entran en desgracia y decaen.

Los conquistadores y pobladores del siglo XVI bien lo sabían. En sus glorias y miserias, en sus grandes actos de virtud o en sus caídas, no dejaban de acudir a Ella.

Sobre el rol de la Madre de Dios en la historia de la región hay mucho para decir. El Dr. Muñoz Moraleda, de la Universidad de Tucumán, en su estudio de "El culto mariano y la evangelización del Tucumán - Siglo XVI" , afirma que (...) las fundaciones de ciudades pusieron a María bajo diversas advocaciones, como expresión de fe y confianza de la tarea iniciada" [xxxii].

El Milagro en Salta

Una de sus intervenciones más notorias y memorables fue en oportunidad del terremoto del 13 de septiembre de 1692, que destruyó a Esteco y repercutió fragorosamente en Salta [xxxiii], que suscitó el culto especial de "la Limpia y Pura Concepción".

La imagen de la Virgen que estaba en lo alto de la Iglesia matriz, se halló caída al pie del altar mayor -según refiere el acta labrada entonces-, "con la cara para arriba, como mirando hacia el sagrario, sin habérsele lastimado las manos ni el rostro ...".

La delicada imagen quedó incólume al caer de lo alto en posición expresiva, implorando la misericordia de Dios, "puestas las manos a la parte del sagrario, por modo de deprecación".

El hecho "de que esta divina Señora se puso a los pies de su Santísimo Hijo pidiendo no destruyese esta ciudad" fue considerado un "milagro manifìesto", como así también los cambios de expresión y de color que se notaron en su fisonomía [5] . Así nació la devoción a la Virgen del Milagro, una de las más bellas luces del Tucumán, cuyas festividades, con las del Señor del Milagro -que ambos salvaron la ciudad- son un acontecimiento de fe que mueve multitudes.

[5] Quien haya tenido el privilegio de contemplar los cambios fisonómicos de la Imagen Peregrina Internacional de la Virgen de Fátima, tan evidentes hasta en las fotografías, y que tan honda impresión dejó en el pueblo riojano a fines de 2001, podrá imaginar con facilidad los cambios de fisonomía de la Señora del Milagro.

Las actas capitulares hicieron constar que, un mes más tarde, la población juró solemnemente "el día 13 de septiembre por [fiesta] de guardar ... y por tal patrona y abogada a la Purísíma Vìrgen de la Concepción del Milagro".

El florecimiento de Córdoba - "La tierra más abundosa de fertilidad de las Indias".

La ciudad de Córdoba desde temprano se pone bajo la protección de la Virgen y le atribuye su progreso.

El Padre Morillo propuso a los cabildantes considerar cómo "en nuestras tribulaciones, para mitigar y desenojar a Dios Nuestro Señor, tenemos de costumbre ocurrir con la intercesión de su bendita Madre, Nuestra Señora la Virgen María, por quien es cierto se alcanzan todos los más beneficios y mercedes que Dios Nuestro Señor ha comunicado y comunica a los fieles".

"Por tanto (...) suplicaba a los señores Cabildo, Justicia e Regimiento desta ciudad y al (...) vicario desta santa iglesia desta ciudad, tuviese por bien de constituir una cofradía con la advocación de Nuestra Señora de la Presentación, (...), a la cual encomendasen la protección y amparo desta tierra, que él tenía por cierto que con este fundamento Dios Nuestro Señor mitigaría su ira y nos haría merced."

El asentimiento que, sin mucho deliberar, dio el Cabildo cordobés debiera estamparse en letras de molde para común edificación, dice el historiador Cayetano Bruno. No sólo aceptaron Sus Mercedes por unanimidad la iniciativa, sino que todos se inscribieron, sin excusarse ninguno, como cofrades de la naciente asociación.

"E luego los señores Cabildo, Justicia e Regimiento desta dicha ciudad (...) [dijeron] que, como obra santa y en servicio de Dios Nuestro Señor (...) se asentaban y asentaron por cofrades de la dicha santa cofradía."

El efecto, dice el P. Bruno, tuvo todos los caracteres de auténtico prodigio. Trece años después, en 19 de diciembre de 1602, estampaban las actas del mencionado Cabildo una comprobación justiciera :

"Por cuanto esta ciudad padecía mucha hambre y necesidad por falta de aguas, y acudiendo a pedir misericordia a Dios, con inspiración del Cielo se acordó de que se fundase, como se fundó, una cofradía de Nuestra Señora de las cinco letras [por el nombre de María], desde entonces fue Dios servido de hacer, como ha hecho y hace tantas mercedes a esta tierra, que donde morían muchos naturales y españoles de hambre, el día de hoy es la tierra más abundosa de fertilidad de las Indias".

Quedó así asentado, para que en todo tiempo conste, que la prosperidad de Córdoba se debió a la intervención de la Virgen. Así, y no de otro modo, se desarrolló nuestra historia, aunque no lo entiendan los "esprits forts" (¿?) de nuestros días, que creen que ciencia es el naturalismo y el positivismo craso.

Allí nos señala la tradición el secreto para enfrentar las crisis de hoy y de siempre. Poner todo de nuestra parte, como si Dios no existiera; esperar el éxito de la ayuda de Dios por intercesión de la Mediadora que El instituyó. Es la equilibrada y sabia fórmula de San Ignacio, que sus hijos, grandes misioneros y educadores, trajeron a estas tierras.

Era este el espíritu con que se fundaban y conservaban las ciudades.

En el acta de fundación, con la Santísima Trinidad, se invoca el patrocinio de la gloriosa Virgen Nuestra Señora, a quien la ciudad "toma por abogada".

Fundada la ciudad, dice Cayetano Bruno, prestan juramento sus alcaldes y regidores "por Dios Nuestro Señor e por Santa María, e por los santos Evangelios, e por la señal de la cruz en que pusieron sus manos".

Presta juramento el gobernador y fundador don Jerónimo Luis de Cabrera, y lo hace en los términos de estilo :

"Dijo que juraba y juró por Dios Nuestro Señor, e por Santa María, y por las palabras de los sagrados Evangelios y señal de la cruz, en que puso su mano derecha, que guardará y cumplirá a esta dicha ciudad de Córdoba todas las gracias, franquezas y libertades".

Se trata de las libertades concretas de nuestra primera tradición jurídica, típicas de la sociedad de entonces, por contraposición a las libertades teóricas declamadas por la Revolución Francesa [xxxiv].

Entra un aire fresco en los pulmones cuando vemos a un hombre como Cabrera jurando por la Virgen cumplir a la ciudad todas las gracias, franquezas y libertades.

Este juramento "por Dios Nuestro Señor e por Santa María", es de regla, dice Bruno. Las actas del Cabildo lo van repitiendo entero a cada paso, recalcando el significado que para la ciudad guardan tan augustos nombres.

Anualmente, el 1° de enero, se renueva el Cabildo secular con la elección de sus componentes. Las actas llevan un tinte de solemnidad y van encabezadas, por ejemplo, así :

"En el nombre de Nuestro Señor Jesucristo y de su gloriosa Madre, en esta ciudad de Córdoba, hoy lunes, día de la Circuncisión de Nuestro Señor Jesucristo, primero día del mes de enero de mil e quinientos e noventa."

En otra oportunidad, el Cabildo se propone reparar el no haberse podido organizar la festividad dispuesta por el fundador. Son interesantes los criterios que trasuntan estos testimonios:

(...) y porque las cosas del servicio de Dios y honra y gloria suya y de su Madre no es justo que se olviden, sino que se lleven en aumento" mandaron se cumpla lo ordenado por el dicho fundador y de hoy en adelante, por siempre jamás se haga la dicha fiesta el día de Nuestra Sra. de la Limpia Concepción...

Más tarde, el ilustre cuerpo pide al Sumo Pontífice para esta festividad "jubileo solemnísimo y remisión de pecados" (AMC, III, 223, 224 y 231 [xxxv].

Una magna obra

Cuando pensamos dónde tenían vigencia esas costumbres, era en una patria, en una tierra, que es la nuestra. Lo hicieron los hombres prominentes que la fundaron y mantuvieron, con sus luces y sombras, sus virtudes y flaquezas, y con ingentes sacrificios. Justamente por saberse inclinados a cosas indebidas, que es la infeliz condición del hombre nacido en pecado original, más recurrían a la intercesión de los santos, a la Madre de Dios, que iba haciendo el milagro constante de que el Tucumán fuese creciendo y multiplicándose.

Para ello contó con hombres de la jerarquía del Fray Hernando de Trejo y Sanabria, que tenía sangre de conquistador y alma de apóstol y de formador, padre de la Universidad que hizo a Córdoba célebre en el Virreinato del Perú, y continuador en el inmenso ámbito de su Diócesis, de la obra de Santo Toribio de Mogrovejo, cabeza de la Iglesia del Virreinato, cuyo vital papel civilizador describe con precisión Levillier en su "Nueva Crónica de la Conquista del Tucumán".

"La consolidación, iniciada en el Perú por Toledo, fortalecida en sus 25 años de apostolado por el Arzobispo Mogrovejo, prolongada por Velasco en Tucumán, hallaría el alma enérgica y entusiasta de Hernando de Trejo para estabilizarse en los sínodos de Santiago y difundirse en toda la diócesis por su propio ejemplo y la actividad evangelista que él fomentara. Fue pues una magna obra de conjunto, ésta en que participara el gobernador. Había comenzado en el Perú antes de su llegada, (y) continuaría en Tucumán después de su partida..." [xxxvi].

"La ciudad que se formó María"

Un auge dentro de intervención de la Virgen en la historia del Tucumán fue la fundación de la ciudad de San Fernando del Valle de Catamarca, hecho que, del punto de vista religioso, tuvo y siguió teniendo repercusión nacional. Así lo expresa el P. Cayetano Bruno, recientemente desaparecido, autoridad en historiografía eclesiástica:

"La traslación de la ciudad de San Juan Bautista de la Rivera de Londres al valle de Catamarca, tiene excepcional importancia para la historia eclesiástica argentina, por la serena fe religiosa que irradia el santuario de Nuestra Señora del Valle, causa y origen de la población. En Catamarca, junto a la Virgen, se mantiene incontaminada, y con buenos puntos de ventaja sobre el resto del país, la tradición religiosa de nuestro pasado mejor [xxxvii].

La alusión a los "buenos puntos de ventaja sobre el resto del país" algo nos dice sobre el rol de esta región como fuente irradiadora de fe y tradición, lo que constituye, a nuestro juicio, la más luminosa de sus luces, y, una vez más, una luz mariana.

La ciudad de Londres, su antecesora, fue fundada por Zurita en el valle de Quinmivil en honor de Felipe II, rey de Inglaterra por su casamiento con María Tudor. En 1607, es refundada en el valle de Famayfil. 5 años después se la emplaza en su lugar originario como San Juan Bautista de la Paz. El ataque calchaquí en el Gran Alzamiento obliga a desampararla en 1632, pero es refundada por Jerónimo Luis de Cabrera en Pomán, con el nombre de San Juan Bautista de la Rivera de Londres. Pese a los esfuerzos, no alcanza a prosperar.

Su cura y vicario, maestro don Bartolomé de Olmos y Aguilera, hace enormes esfuerzos por darle vida. ¿Cómo lo hace? intenta hacer de ella un centro de culto a Nuestra Señora de Belén. El episodio nos descubre pintorescos aspectos sociales de la época. Las instituciones y los valores espirituales y temporales se entrelazan y se unen, como la ojiva de una catedral.

Olmos y Aguilera consigue del Gobernador Garro la donación de tierras para la futura población allá por el 1678. A los 3 años, había construido en el dicho paraje de Nuestra Señora de Belén, "iglesia decente, sacado acequia costosa, puesto arboledas y entrado ganados, (y) fabricado casas". Y disponía de ello como sigue:

"Que daba las tierras susodichas a la Santísima Virgen de Belén y al Rey nuestro Señor", para "que se repartan entre pobres...".

Los beneficiados se obligaban a dar dos pesos cada año a la Virgen "en señal de tributo, para que a la Reina de cielos y tierra se le compren ornamentos y adornos", se celebren las fiestas y cada pobre contribuya con 4 reales de limosna al sacerdote.

La iglesia debía tener mayordomos de cofradías y diputados, con libro "donde se anoten los intereses de la Virgen Santísima Señora Nuestra".

Es como ver nacer esa población, con sus acequias y arboledas, recreando personajes, instituciones y expresiones aún vivas en el Tucumán: el sacerdote mariano y celoso de las almas, el gobernante cristiano y accesible, los pobres que se acogen al amparo de la Virgen.

El apoyo del Padre Olmos y Aguilera era el gobernador del Tucumán, don Fernando de Mendoza Mate de Luna, hombre de fe y piedad. Sus antecesores habían promovido con esplendidez los santuarios de Sumampa y Catamarca, "que Su Majestad ha honrado formando en ella ciudad". "(...) no ha de ser menos el patriotismo que deseamos en el muy ilustre señor Gobernador", le decía.

Vemos el concepto de patriotismo realzado e identificado con la promoción de la civilización cristiana. Se respira el ambiente del Tucumán de los Austrias, y en él naciendo el concepto de patria [xxxviii].

Este lindo antecedente es un escalón para llegar al caso más notable , el de la ciudad de Catamarca. Ella "no surgió -dice Bruno- como las otras ciudades españolas, por real disposición, sino por la presencia, en el Valle, de la milagrosa imagen". Las autoridades reconocieron el hecho y le dieron sanción legal.

Romualdo Ardizzone destaca que la influencia decisiva del factor religioso: "En el valle se origina y desarrolla un culto que va echando hondas raíces, embebe la vida de todos sus habitantes, y bien pronto trasciende para convertirse en un centro de atracción religiosa de una zona muy extensa", cuya localización determina la ubicación de la ciudad.

El hallazgo de la imagen se debió a un indio, criado del vecino Manuel de Salazar. Se dirigía al pueblito de Choya cuando vio a otros indios que llevaban a escondidas una lamparita hacia una quebrada vecina. Imaginemos la escena. El indio que espera al día siguiente y "corta huella" hasta descubrir la imagen en una gruta entre las peñas.

El propio Salazar, "se quedó de sacristán de su iglesia hasta que murió", recordaba un descendiente en 1764.

Debemos a los documentos la posibilidad de reconstruir la época y sus costumbres, tan diferentes. El primer documento en que consta el culto público de la milagrosa imagen de la Virgen del Valle se debe al Teniente de Gobernador de La Rioja, don Bernardo Ordóñez de Villaquirán, quien delega el mando con licencia del gobernador para ir "al valle de Catamarca, a visitar y hacer unas novenas en la iglesia de Nuestra Señora de la Limpia Concepción".

En junio de 1648, el alcalde del Cabildo de Santiago del Estero, Pérez de Arce, atestigua que, "por los muchos milagros de la santa Imagen, el mayor número de sus habitantes es toda gente española, vecinos de la ciudad de La Rioja y Londres, y muchos de ellos naturales del dicho valle de Catamarca".

Le tocó al nieto del fundador de Buenos Aires, el provincial Juan de Garay, completar la obra del convento franciscano, al que se le confió la milagrosa imagen.

"Tales atractivos ejercía sobre los españoles la región y el santuario de la Virgen -dice el P. Bruno-, que el gobernador don Angel de Peredo, en 29 de marzo de 1671, describió el valle como tierra de promisión. "Tiene una devota y muy milagrosa imagen de la Concepción Purísima, que parece los ha traído a que la asistan en aquel paraje". Por entonces había más de 150 vecinos y unos 600 indios traídos de Calchaquí y del Chaco. Todos se beneficiaron del asentamiento en esta "tierra de promisión", y así nació Catamarca.

El gobernador Joseph de Garro tampoco fue otro que admiró "la vista de aquel donoso santuario", y el "fervoroso amor" de los vecinos. La devoción a "la milagrosa inmaculada imagen de Nuestra Señora de la Concepción" había crecido de tal manera, que el gobernador daba cuenta al rey de que al "santuario acuden de varias partes y por dilatados caminos en romería innumerables gentes" (carta del 10 de junio de 1678).

Todo fue tomando cuerpo y vuelo. Un 30 de mayo de 1683, fiesta de San Fernando III, rey de Castilla, don Fernando de Mendoza Mate de Luna, Gobernador del Tucumán, llegó al Valle y convocó a Cabildo abierto para determinar el sitio al que había de trasladarse la ciudad de San Juan Bautista de la Rivera. El mismo cuenta que, luego de la junta de vecinos, fue "con todo el pueblo". Primero reconoció el sitio de Los Mistoles, pero no le pareció conveniente por ser proclive a anegamientos, y determinó "pasar la ciudad al pueblo viejo que llaman Choya, sitio muy capaz, hermoso y seguro de toda inundación". Entre los días 21 y 22 de junio de 1683 puso "el árbol de justicia, con las demás circunstancias que se hacen, para que quedase hecha la ciudad, dando orden para que se abriesen las calles y se fabricase iglesia" -primeros elementos que se mencionan. Concluye el documento afirmando que: "Por ser día del glorioso Santo (San Fernando) el que entré en ella, me pareció preciso ponerle ese nombre". Que era, además, su patrono.

A fines del siglo XVII, tuvo lugar un hecho trascendente: la jura de la Virgen como Patrona.